3 días no son suficientes para conocer una ciudad, pero sí bastan para enamorarte de ella. Me enamoré de Morelia, de sus muros de cantera, de su Catedral, de su biblioteca con textos que parecen a punto de desintegrarse, de su mercado de dulces, de su Acueducto. Me enamoré de sus museos y de sus sabores.

Podría vivir ahí, sin salir del centro, sin enfrentarme a la civilización y a la modernidad de la gran ciudad. Podría recorrer esas calles cargadas de historia, tomar la carretera y disfrutar de los bosques, de los lagos, de las montañas y el mar que hay en el estado de Michoacán.

Morelia es el lugar perfecto para escaparte de la rutina por un fin de semana.
¿Qué hace bella a una ciudad: la arquitectura, la gente, la naturaleza que la rodea, las experiencias que vives en ella?

De Morelia amé su arquitectura, el contraste entre la sólida cantera del siglo XVI y las calles llenas de personas que viven con los ojos pegados a un objeto tan frágil como el celular.

Eso es Michoacán, el contraste entre el pasado y el presente, entre el mar y la montaña, entre la riqueza y la pobreza.

Caminando por Morelia pude sentirme orgullosa de mi México, de ese México que nos esconden en las noticias, de ese México honesto, sincero, solidario, con ideales, con sueños y deseos de prosperidad.

Siento que hay una Tania que hoy camina por las iluminadas calles de Morelia, que toca esas paredes con tantos años de vida. Siento que hay otra Tania en Cuyutlán, mirando el mar, nadando en la piscina, mirando por la ventana a las ardillas y agradeciendo a Dios por la maravilla de estar viva.

El mar cura corazones y revitaliza la mente, la ciudad despierta deseos y caprichos.

Por tres días recorrí las calles de Morelia, las hice mías paso a paso. Algo cambió en mis pies al recorrerlas, algo se movió en mi corazón al escuchar el himno de México después de oír a un Morelos que vivirá para siempre, algo se despertó en mi mente: el deseo de seguir un camino con destino a ninguna parte para no dejar nunca de andar.

Morelia sabe a corundas, a gazpacho, a chocolate de Uruapan, a café de olla, a jugos recién hechos…

A partir de hoy agosto del 2015 se convierte en “el agosto que fui a Morelia” como el 2013-2014 se convirtió en “el año que viví en Cuyutlán”. Quiero tener un calendario formado por recuerdos y no por meses ni días.