Sal de la ciudad, escapa de sus muros de hormigón, libérate del smog, deja el ruido atrás, haz las maletas y vete a la orilla del mar.

De preferencia ve a un pueblito perdido en la costa, a un sitio pequeño y no turístico en donde no pasa el tiempo.

Instálate ahí a la orilla de la playa y túmbate en la arena para ver el atardecer. El mar se incendia y el cielo se viste de rojo, el monstruo salado se come al sol, lo aniquila con su inmensidad y toma posesión de la tierra. La marea sube y la vida nocturna se despierta en la playa. Te rodeará la oscuridad y te sentirás indefenso, muy pequeño ante tanta vida.

Despierta antes del amanecer y escucha los sonidos del silencio, saborea la fruta más dulce, la ambrosía del trópico.

Saluda a los cangrejos, camina al lado de una tortuga y deja que tus sueños vuelen junto a los pelícanos. No le temas a los moscos, no hay manera de escapar de ellos. Resígnate a perder un poco de tu sangre es mejor que perder el alma en la gran ciudad.

Deja que el viento peine tu cabello, olvida el maquillaje y los zapatos de tacón. Deja tus huellas efímeras en la arena y aprende a disfrutar del presente.

Ten miedo, mucho miedo cuando se acerque un huracán, el viento arrasa con todo, el mar ruge y los relámpagos se convierten en los reyes del cielo. Desearás estar lejos de ahí, lejos de esa fuerza poderosa e invisible, pero al mismo tiempo te sentirás más vivo que nunca.

Haz el amor en la playa bajo un cielo cubierto de estrellas o cántale al mar tus penas y deja que el agua salada se lleve la mala suerte.

Instálate a la orilla del mar, ahí donde la vida es abundante, maravillosa, indomable, mágica, misteriosa y perfecta.