Conmemorantes

Obra en un acto de Emilio Carballido

Concebida a partir de Sumida Gawa, drama noh

Personajes

La madre

El muchacho

La muchacha

Un joven mayor

La joven I

La joven II

El joven de gris

Muchacho I

Muchacho II

Espacio vacío y oscuro. Quena, flauta y tambor tocan una melodía que podría ser de danzantes.

••• Entran dos jóvenes: encienden sendas veladoras en el suelo, riegan flores amarillas. Única luz, las veladoras. Con ella entra la Madre y empieza a hablar. Conforme sigue, van entrando más jóvenes: en grupos, en parejas, de uno en uno: encienden veladoras, las dejan en el suelo. Llega a haber 30, 40. Serán la única luz hasta que se indique otra cosa. Todos riegan flores y hojas.

La madre: Con estos trapos negros he cruzado calles, umbrales, patios, vestíbulos. Y me he sentado a esperar, días enteros, en bancas duras, labradas por la desdicha. Marcadas a navajazos con esas palabras torpes que dan forma a la burla y al desprecio, o al dolor, o al recuerdo amoroso: letras y rayas, corazones y formas que imitan sexos, rasgos como de niños, tallados a punta de cuchillo y de clavo. La desgracia nos vuelve niños. Allí sentada, sin que me den razón, tratando de mostrarme bien compuesta, respetuosa, viendo pasar los uniformes de militares o de policías… O los trajes raídos de los burócratas. Y me vuelvo como una niña sumisa: verán que me porto bien, verán que no insulto, ni grito, ni exijo, nada más espero que me den razón, que alguien me diga algo. Me vuelvo niña buena para encontrar a mi hijo. Cubierta con estos trapos negros he observado cadáveres grisáceos que salen de gavetas, o que yacen en planchas, y he murmurado “No, no es”, como una niña… ¡Niña! Un pajarraco negro, una máscara de arrugas, un greñero blanco si me descubro la cabeza. Era gris, era negra, me la pintaba yo. Ya para qué. Salió esa tarde: no regresó. Se me perdió en la noche, entre la gente que gritaba y corría, que rodaba por escaleras de piedra, que buscaba salida y encontraba fusiles y balas y bayonetas. Sus amigos dijeron que no murió. Que estaba lastimado. ¡Lo secuestraron vivo! Y lo he buscado desde entonces… Cruzando umbrales sucios, ante escritorios desordenados, preguntando a secretarias pintarrajeadas y a hombrecillos amorfos, evasivos, de rostros abotagados. Tantas calles cruzadas, como ríos… Calles violentas, de corrientes adversas, donde las fuerzas polvosas que circulan y el peso sucio y opaco del sol resienten la presencia de esta sombra despaciosa, de estos trapajos, de esta mirada que hurga en cada rostro joven, esperando ver a mi niño… Mi niño, mi niño, porque era un niño, largo, crecido, peludo, loco, tierno… Ay, ay, mi niño, secuestrado como otros tantos, en los camiones verdes, camiones enrejados para animales, para gallinas, camiones verdes del ejército, revuelto con muertos, con heridos, ay, con tantos otros… No fui la única: somos muchas mujeres flacas, entrapajadas, buscadoras humildes… Nos topamos a veces. Nos murmuramos cosas, queriendo darnos ánimo… Pero evitamos vernos a los ojos, para no leer allí la desesperanza. Luces, fanales y relámpagos líquidos, carreras de esas luces. Crucé calles como ríos, esa avenida ancha y lustrosa, ese torrente con las riberas arboladas. Y vine a dar a esta playa negra, a este pantano viejo y seco de piedras… Lleno de luciérnagas temblorosas, custodiado de nuevo por ametralladoras y por rifles. ¿Y por qué lo custodian? ¿Qué esperan que suceda? ¿Qué creerán que venimos a hacer? ¿Qué piensan que diremos, que no haya sido dicho antes? Conmemorantes nos encontramos donde ocurrió aquello. Veré tal vez a sus amigos. ¡Sabrán algo! Los jóvenes saben mejor que una. Andan más, entienden más, tienen los ojos rápidos, los oídos agudos, son ingeniosos, inventan cosas… Los jóvenes… ¡Como él! ¡Como era él! Como es él. Ya hay muchas veladoras.

Ella observa una pareja de muchachos. Duda. Los ve encender veladoras. Riegan flores.

La madre: Eloísa… Lalo… ¡Lalo, Eloísa!

Se les acerca.

Ella: Perdón… No me llamo Eloísa.

La madre: ¿No? ¿Eloísa? ¡Lalo!

Él: No, señora. Me llamo Pedro.

La madre: Perdón. Creí… Tenía mi hijo tantos amigos, de su edad… iban a la casa… Y ustedes… Tienen 17 años, o poco menos, o… ¿poco más?

Ella: Yo, dieciséis.

Él: Yo, diecisiete.

La madre: ¡Claro! Por eso dije: son amigos suyos. Preparatoria 5. ¿Allí estudian ustedes?

Ella: Preparatoria, pero en la 11.

La madre: Ah… Él ya habría terminado… Ya habría estudiado su carrera… Más aún, ya se habría recibido… Dios mío, ya tendría hijos… ¡Han pasado los años! ¿Qué edad tenían ustedes en 1968? No, no me digan. Ustedes no pudieron ser amigos de él, ni conocerlo. Ay. Ay, ay, ay… Ay…

Él: ¿Se siente mal señora?

La madre: No. Perdón. Perdí a mi hijo. ¿Por qué vienen aquí?

Él: Vinimos muchos de la escuela. Para que vean que nos acordamos.

Ella: No olvidamos.

Él: No olvidamos.

La madre: No, no olviden. No olviden.

Ellos salen.

La madre: Pero recuerdan, ¿qué? No vieron nada. No supieron. Les han contado, saben, pero…

Entra un Joven de más edad. Prende la luz.

La madre: Señor… Joven… Usted… ¿No estaba en la Preparatoria 5?

Joven: No, señora.

La madre: Mi hijo estaba allí. ¡Lo secuestraron!

Joven: A tantos… Y no se supo más de ellos…

La madre: Usted… ¿estuvo aquí?

Joven: Sí, señora. Vine con mi amigo. Mi compañero. Cuando se oyeron los disparos, algunos empezaron a caer, a caer… Nos arrastraron a empujones, todos corrían, no sé dónde fue a dar. Nos separó la gente… Se lo llevaron.

Sale.

La madre: ¿Y lo ha buscado usted? ¿Ha investigado? ¿Ha preguntado? Ya no veo más a sus amigos. Tal vez ya no vienen. Se les irá olvidando.

Entran dos Jóvenes.

La joven I: No quiere que yo venga. Pienso que le dan celos.

La joven II: Pues no habías de venir.

La joven I: Era mi marido. Y el niño es suyo y lo traigo porque no quiero que lo olvide.

La joven II: ¿Pero tu hijo piensa seguramente que su papá es Horacio?

La joven I: No. Yo se lo he dicho: es como tu padre, es muy bueno y nos quiere. Respétalo y quiérelo. Pero tu padre murió en estas piedras y se robaron su cuerpo. Por eso le ofrecemos veladoras y flores. Si por aquí regresa, verá que nos acordamos.

La joven II: ¿Y qué dice Horacio?

La joven I: Se enoja, no está de acuerdo. No lo dejó acompañarme. Pero no importa: antes de ir a la escuela, mañana en la mañana, él vendrá a regar flores y a prender una veladora.

La madre: Señoritas, ¿ustedes no estuvieron entonces en la Preparatoria 5?

La joven II: No, señora. Éramos politécnicas.

La madre: Ay. Ya nadie viene de sus amigos. O ya no los recuerdo. Dígame, señorita: ¿por qué hay tantos soldados? Por allá vi unos tanques de guerra.

La joven II: Cuando es conmemoración, vienen.

La joven I: Quieren reprimir hasta la sombra de los muertos. Hasta el recuerdo. (Se ríe.) ¡Que disparen contra el recuerdo!

Enciende una veladora. La segunda riega flores.

La madre: Busco a mi hijo.

La joven I: Ay, señora… ¿Desde entonces?

La madre: Desde entonces. Lo secuestraron. Vivo.

La joven I: Ay, señora. A mi marido lo secuestraron muerto para quemarlo. Con esta flama que enciendo les demuestro lo estúpidos que fueron. Y mañana vendrá mi hijo a regar flores.

La joven II: Ya no busque, señora. Se va a volver loca. Ha pasado…

La otra le jala el brazo.

La joven I: No aconsejes a la señora. Que haga lo que mejor crea. ¿No trajo veladora?

La madre: No, no pensé. Las veladoras son para… (Calla.)

La joven I: Tenga. Ya encendí una. Le regalo ésta.

La madre: Gracias. Pero mi hijo no… Las veladoras…

Se van las dos. La Madre duda, con la veladora en la mano. Al fin se arrodilla, la enciende.

La madre: Hijo querido de mi vida: voy a ofrecerte una flamita, una luz pequeñita que parpadee, casi invisible, en el corazón de la noche. Pero mira cuántas más hay. Conmemoramos tu ausencia, que es la de todos. Tu vida, que es la de muchos. No supe más de ti; aún pregunto y espero. Hijo, eras así, una llamita entre las sombras, y querías que todo brillara. Todos ustedes juntos eran un desfile de antorchas. Los apagaron. Pero si guardo así, entre mis manos, esta luz, si miro sonrosarse mis dedos en esta flama, yo también brillo. Eras único. No volverás a repetirte. Y por eso no hallo consuelo. Ay, la diversidad del mundo es la dicha de tantos… Para mí, es enloquecedora. Tantos millones de rostros y el tuyo no se repite. ¡Odio la diversidad del mundo!

Un Joven de gris está de pie, a un lado de ella: no se acerca. Ella lo advierte. Va a voltear.

Joven de gris: No se mueva. No voltee. Siga viendo de frente.

La madre: ¿Quién es? ¿Me dice a mí?

Joven de gris: Así. Véame de reojo.

La madre: Tengo miedo. Dígame otra cosa. Hable de nuevo.

Joven de gris: Pero no voltee.

La madre: ¡Ésa es tu voz! ¿Verdad que ésa es tu voz?

Joven de gris: Sí. Es mi voz. No te muevas. Con el filo de tu mirada puedes percibirme.

La madre (grita y solloza): ¡Eres… tú!

Joven de gris: Ya no llores. Cálmate. Cierra un poco los ojos. No pienses. Óyeme. Quédate allí. No te levantes. No te acerques.

La madre: ¡No vayas a marcharte!

Joven de gris: Sécate tanta lágrima. Ahora puedes mirarme un poco más de frente. Ya. Así. ¿Me reconociste?

La madre: Sin verte. Te sentí. Con toda la piel. Un ramalazo del alma. Y allí, esa forma inmóvil, esa sombra… Ay. Dime algo. Habla para que crea que aquí estás. (Silencio largo.) ¡Háblame! Qué crueldad. Tantos años… Sin decirme nada, algún mensaje, alguna frase, una noticia, algo. ¡Qué crueldad!

Joven de gris: No fue crueldad.

La madre: Sí, sí. Horrible. ¿Cómo viniste aquí?

Joven de gris: Las luces. La conmemoración. Venimos muchos a calentarnos en las luces. Te has de acordar, siempre fui friolento. Cuando en la escuela hacíamos guardias, encendíamos hogueras. Nos echábamos tragos de tequila, pasaba mejor la velada. Hablábamos mucho: esperanzas, conjeturas… había muchachas con nosotros, que también pasaban la noche… ¡Me gustaba estar vivo!

La madre: ¿Qué dijiste?

Joven de gris: Nada. Olvídate.

La madre: ¡¡Qué dijiste!!

Joven de gris: Eso. Lo sabías. Ya no me busques. Cómo creías, después de tanto tiempo… ¿Te gusta atormentarte, sufrir, andar de aquí para allá, que te maltraten?

La madre: Me gusta la esperanza.

Joven de gris: Ya no me busques.

La madre: ¿Cómo fue?

Joven de gris: No te voy a contar esas cosas.

La madre: Quiero saber. Dímelo.

Joven de gris: Trato de no recordarlo. Fue… Me hirieron, me llevaron. Entumido, dolido… pero eso pasa pronto. Me interrogaron… poco. La herida estaba mal. Nos insultaban… Luego, ya no tuve conciencia. Fue por la herida. Nos pusieron en un montón… y nos quemaron. No llores así, no grites. Eso es ya lo de menos, palabra. Lo peor fue aquí. Ver caer a la gente, a los pobres vecinos de este barrio, que habían venido para oírnos. Pero no pienso en eso; me acuerdo de las marchas, cuando éramos un río de muchachos y llenábamos avenidas y avenidas, nos desbordábamos en las plazas… Y cantábamos y gritábamos… Tantos como uno solo, cada uno distinto, diferente, cada uno un amigo, miles y miles de rostros… De eso me acuerdo, de discursos, de discursos que dije, de las noches de guardia con el trago y los cigarros y las hogueras… Y me acuerdo de cada día, lleno de cosas diferentes… ¡La variedad del mundo! Me gustaba estar vivo. Ya no me busques.

Empezó a amanecer. Una luz grisácea va opacando poco a poco las flamas. La Madre trata de tocar al Joven.

Joven de gris: No me toques. No se puede.

La madre: ¡Ya no te veo bien! ¡No me dejes así!

Joven de gris: No sé para qué vine… Ya ves, no tenía caso. Aquí va un beso. Toma.

La besa en la frente. Una racha de viento apaga las veladoras y desvanece entre el humo la figura del hijo. Grito de la Madre. Queda tirada sollozando. Vienen dos Muchachos. La incorporan.

Muchacho I: Señora… ¿Qué le sucede, señora?

Muchacho II: Se puso mal. ¿Quiere que la llevemos a su casa? Ella los ve. Les toca las caras. La madre: Nunca más. Ardido. Derretido. Como estas flamas. El rostro de él, de mi hijo. Ceniza. ¡Humo! Nunca más. Era único. Nunca más.

Muchacho I: Hace frío, señora. Está amaneciendo. ¿La llevamos a su casa?

La madre: Mi casa… Abandonada. Mi cueva polvosa de ropa rota y trastos sucios y papeles tirados. ¿Qué voy a hacer ahora, sin antesalas, sin cuarteles, sin bancas duras, sin esperanzas? ¿Qué voy a hacer con la luz de cada día? (Se arrodilla. Toma puños de flores. Las observa.) Marchitas todas… Todas distintas… ¡No hay dos flores iguales! (Con las manos llenas de flores, va saliendo, ayudada por los Muchachos. Aprieta las flores contra el pecho, grita.) ¿Qué voy a hacer con la diversidad del mundo?

Todo vacío. Un haz de luz a las flores marchitas, a las veladoras humeantes.

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