Panorama general de la escena europea en el siglo XVIII

El siglo XVIII encuentra su género escénico peculiar en el drama, que ocupa un espacio entre la tragedia y la comedia tradicionales. El desarrollo de la puesta en escena aporta aspectos realistas al teatro, al tiempo que las inquietudes contemporáneas se expresan mediante técnicas que tienden a una mayor naturalidad en la interpretación y en la presentación escénicas. 

A lo largo del siglo XVIII nos encontramos ante la pretensión de hacer evolucionar el espectáculo cortesano y aristocrático hacia otros modos, de tonos más populares, que reflejen en escena los problemas de las masas, con el fin de conseguir que el gran público frecuente las salas de teatro. 

La escena en Francia 

Entre los dramaturgos de este siglo tenemos a 

Marivaux (1688-1763) no podrá, en un principio, escapar al clasicismo francés. Abandona la farsa francesa para adoptar más bien las técnicas de la commedia dell´arte y sus obras se acomodraán a los repartos del teatro italiano. 

Beaumarchais (1732-1799) es un predecesor del melodrama.

Volteire (1694-1778) dotó a la tragedia de nuevos horizontes, temas y personajes, enriqueció considerablemente la puesta en escena y la escenografía, ideó cuadros ponposos, momentos de terror y de sospecha, apariciones fantásticas, reconocimientos, quid pro quo.. elementos y recursos que desviaron la composición trágica hacia el drama romántico francés. 

La situación en Italia

El género melodramático gana esplendor al consolidarse como ópera. Entre los dramaturgos tenemos a Pietro Trapassi (1698-1782) es uno de los más significativos autores de melodramas de la Italia dieciochesca, sobre todo en la vertiente erudita.  Pero la figura italiana por excelencia es Carlo Goldoni (1707-1793) tanto en su vertiente práctica como teórica. Sus máximos logros los consigue con la conjunción de diferentes tipos de personajes, es un perfecto pintor de ambientes, nunca excentos de una fina sátira, dentro del espíritu moralizante del siglo. 

Las teorías alemanas

Destaca la labor de Gotthold Eprhaim Lessing (1729-1781) Minna van Barnhelm es quizá el primer drama de reivindicaciones femeninas, pese a que la elaboración haya una relación con los clásicos. Se preocupó por la interpretación, recogiendo algunas ideas de Diderot sobre el sentido realista que debía poseer la moderna actuación escénica. Lessing será el gran propulsor del teatro alemán.

 

El neoclasicismo teatral español

Ignacio de Luzán (1702-1754) procura, con su Poérica, dejar sentadas las normas de preceptiva literaria con las que revitalizar las estéticas de las letras españolas, sin olvidar el teatro, al que dedica la Parte Tercera del Tratado. Nicolás Fernandéz de Moratín (1737-1780) censura los defectos de la escena del Siglo de Oro, en especial de los Autos Sacramentales, inaceptables para la sensibilidad neoclásica.

Vicente García de la Huerta (1734-1787) su tragedia, Raquel, viola la unidad de tiempo, procura mantenerse no demasiado lejos de los gustos intelectuales de la época, pese a su postura contraria.  Ramón de la Cruz (1731-1794) reconvirtió el género del entremés en piezas de mayor extensión y envergadura, los sainetes, de los cuales estrenó con enorme éxito cerca de 400.

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