A principios del siglo XX la escena española estaba domindad por grandes compañías que dictaban la ley de la programación. Tragedias rurales, alta comedia, dramas modernistas en verso o algún clásico refundido constituían la gran oferta del teatro profesional de entonces. Habría que llegar a la figura de Gregorio Martínez Sierra para encontrar un tipo de empresario que buscó en lugares no comunes.
El panorama de los escenarios españoles a finales del siglo XIX, a agrandes rasgos, está constituido por un teatro «de calidad», propio de la burguesía que lo ampara y protege, que sigue las líneas generales de la ALTA COMEDIA, y un teatro menor, de consumo fácil y baja condición social de sus protagonistas que, de alguna manera, representa a sus espectadores. El primero, verdadero «teatro de la declamación», supone el gran pacto entre escenario y público, aunque ello no signifique, ni mucho menos, la ausencia de crítica ni la posibilidad de atacar los mismos principios de ese espectador, algo que está implícito en toda literatura burguesa. Su temática refleja las dificultades de la clase media y sus problemas proceden muchos de ellos de un querer vencer viejos hábitos decimonómicos. El teatro menor tuvo su época dorada tras la revolución de 1868, con el sistema que se llamó «TEATRO POR HORAS», que consistía en la oferta continuada de piezas en un acto, sátiras, parodias de éxitos dramáticos, que podrían tener música o no, dentro de un cerrado carácter urbano con caracterización similar a la de los sainetes.
La continuidad de la ALTA COMEDIA
Al considerar el teatro burgués español de este periodo, hemos de partir del reinado de José Echegaray (1832-1916), representante de un drama postromántico lleno de conflictos melodramáticos y habla grandilocuente, que se había instalado en la confortable audiencia de este tiempo. Sus obras eran auténticos dramas de chistera.
La obra de Benito Pérez Galdós (1843-1920) anuncia una nueva sociedad, muestra la existencia de un precapitalismo, con heroínas capaces de amar y defender sus causas con la misma terquedad.
El auténtico rupturista fue Jacinto Benavente (1866-1954) mucho más en el estilo escénico que en la forma. Las bases de su dramaturgia son un conflicto amoroso con clásico triángulo, estilo naturalista y habilidad verbal. Todo ello ofrecido en prosa, con lo que el díalogo era mucho más apto para sus necesidades temáticas, despojado de la retórica de aquel verso escénico. Dramatúrgicamente, este tipo de obras dispone de una tradicional segmentación. Tanto sus habituales tres actos, como las secuencias que encierran, están en la línea de los autores del momento. Lo que significa un esfuerzo por condesar el argumento en tres conjuntos de tiempo determinados, así como la habilidad necesaria para presentar los materiales escénicos en un orden y conciero dados. Estos mecanismos dotan a este tipo de comedias de un evidente convencionalismo teatral.
Sus contempóraneos Manuel Linares Rivas (1867-1938) y Gregorio Martínez Sierra (1881-1947) se enmarcan en niveles de expresión dramática similares. El primero tiende a acentuar su mirada crítica al medio burgués, con burdos perfiles mientras qu el segundo presenta una sociedad mucho más mistificada, ahondada en su vertiene más amable. Los últimos restos de romanticismo se deben a Eduardo Marquina (1879-1946).
El teatro de la generación del 98 -La aportación de Valle Inclán
Las fuentes del teatro de Valle Inclán eran la propia realidad, la historia diaria que veía reflejada en la prensa e incluso en la parodia literaria. Lao originalidad del teatro valleinclanesco pudo proceder, sin duda de la ausencia de obligaciones comerciales, materializadas en su manifiesta oposición al actor español, al que menospreció de continuo. En el aspecto dramatúrgico, la gran aportación viene del alejamiento de la escena convencional.
Federico García Lorca (1898-1936)
Fue parte de la llamada Generación del 27, en él se dan las dos verientes en continuo conflicto: la renovadora y la tradicional. De la primera cabe citar el estreno de El maleficio de la mariposa, es un Lorca imaginativo y renovador, que tuvo salida gracias al Club Anfistora. La segunda vertiente muestra al Lorca profesional, conocedor de su veta popular tradicional y del enorme juego que daba la misma en los escenarios. Es el Federico de Mariana Pineda, Bodas de Sangre, Yerma, Doña Rosita la soltera.
Aunque en toda su trayectoria la utilización de los tres actos se mantiene regular, la manera de exponer la acción varía.
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