Las trapacerías de Scapin
De Moliere
Personajes
Arganto, padre de Octavio y de Cerbineta
Geronte, padre de Leandro y de Jacinta
Octavio, hijo de Arganto y amante de Jacinta
Leandro, hijo de Geronte y amante de Cerbineta
Cerbineta, presunta egipcia, verdadera hija de Arganto y amante de Leandro
Jacinta, hija de Geronte y amante de Octavio
Scapin, criado de Leandro y trapacero
Silvestre, criado de Octavio
Nerina, nodriza de Jacinta
Carlo, pícaro
Dos portadores de Angarillas
Acto primero
Escena Primera
Octavio. – Ah ingratas noticias para un corazón enamorado! ¡Crueles extremos a los que me veo reducido! ¿Acabas entonces, Silvestre, de enterarte en el puerto que mi padre retorna?
Silvestre. – Sí
Octavio. – ¿Y de que llega esta mañana justamente?
Silvestre. – Esta misma mañana
Octavio. – ¿Y de que vuelve resuelto a casarme?
Silvestre. – Sí
Octavio. – ¿Con una hija del señor Geronte?
Silvestre. – Del mismo
Octavio. – ¿Y de que esa joven ha venido aquí de Tarento para eso?
Silvestre. – Sí
Octavio. – ¿Y sabes esas noticias por mi tío?
Silvestre. – Por tu tío.
Octavio. – ¿A quién se las ha comunicado mi padre en una carta?
Silvestre. – En una carta, sí.
Octavio. – ¿Y mi tío dices que conoce todos nuestros asuntos?
Silvestre. – Todos
Octavio. – Ah! Habla, si quieres, y no te hagas arrancar las palabras de la boca.
Silvestre. – ¿Qué más puedo decirte? No te olvidas de ningún detalle, y dices las cosas tal como son.
Octavio. – Aconséjame, al menos, y dime o que debo hacer en estas crueles circunstancias.
Silvestre. – A fe mía, estoy tan preocupado como tú, y necesitaría que me aconsejaras a mí.
Octavio. – Me mata ese maldito regreso.
Silvestre. – A mí también.
Octavio. – Cuando mi padre se entere de las cosas, va a descargar sobre mí una tormenta repentina de impetuosas reprimendas.
Silvestre. – ¡Las reprimendas no son nada, y quiera el cielo que me vea libre a ese precio! Mas tengo la mala suerte, por mi parte, de pagar más caras mis locuras y veo formarse, a lo lejos, una nube de palos que reventarán sobre mis espaldas.
Octavio. – ¡Oh, cielos! ¿Cómo salgo del enredo en el que me encuentro?
Silvestre. – Debiste pensar en ello antes de meterte en él.
Octavio. – ¡Ah, me das la muerte con tus lecciones inoportunas!
Silvestre. – Más me la das a mí con tus acciones desatinadas.
Octavio. – Qué debo hacer? ¿Qué decisión tomar? ¿A qué remedio recurrir?
Escena II
Scapin. – Qué hay, señor Octavio? ¿Qué tiene? ¿Qué pasa? ¿Qué trastorno es este? Lo veo todo turbado.
Octavio. – Ah mi pobre Scapin! Estoy perdido y desesperado, soy el más desventurado de los hombres.
Scapin. – Cómo!
Octavio. – No te has enterado de lo que me sucede?
Scapin. – No
Octavio. – Mi padre llega con el señor Geronte y quiere casarme.
Scapín. – Y qué! ¿Que hay en eso de funesto?
Octavio. – Ay! No sabes la causa de mi inquietud.
Scapin. – No, más solo de usted depende que la sepa prontamente, y soy hombre consolador, hombre que se interesa por los asuntos de los jóvenes.
Octavio. – ¡Ah, Scapin! Si pudieras inventar algo, forjar alguna maquinación para sacarme del pesar en que me hallo, te sería deudor de algo más que de la vida.
Scapin. – A decir verdad, hay pocas cosas imposibles para mí cuando quiero entremeterme en ellas. El cielo me ha dado, indudablemente, un talento bastante grande para idear todas esas mañas hábiles, todas esas galanterías ingeniosas, a las que el vulgo llama trapacerías, y puedo decir, sin vanidad, que no se ha visto nunca un hombre más diestro forjador de recursos y de intrigas que haya logrado mayor gloria que yo en este noble oficio. Más, a fe mía, el mérito se ve harto maltratado hoy, y ha renunciado a todo desde que tuve cierto disgusto en un asunto.
Octavio. – Cómo! ¿En qué asunto, Scapin?
Scapin. – Una aventura en que reñí con la justicia.
Octavio. – Con la justicia?
Scapin. – Sí, hubo entre nosotros una desavenencia.
Silvestre. – Entre la justicia y tú?
Scapin. – Sí, se portó muy mal conmigo, y me enojé de tal suerte contra la ingratitud de este siglo, que decidí no volver a intervenir en nada. ¡Basta! No dejen de contarme su aventura.
Octavio. – Ya sabes, Scapin, que hace dos meses que el señor Geronte y mi padre embarcaron juntos para un viaje relacionado con cierto negocio en el que sus intereses van unidos.
Scapin. – Ya lo veo
Octavio. – Y que nuestros padres nos dejaron, a mí bajo la vigilancia de Silvestre, y a Leandro, a tu cuidado.
Scapin. – Sí. Y yo he desempeñado muy bien mi misión.
Octavio. – Y que algún tiempo después, Leandro conoció a una joven egipcia, de la que se enamoró.
Scapín. – También lo sé.
Octavio. – Como somos muy amigos, me confesó en seguida su amor, y me llevó a ver a esa joven, a quien encontré bella, en verdad, más no tanto como él pretendía. Solo me hablaba de ella a diario, exagerando constantemente su belleza y su gracia, alabando su talento y hablándome arrobado del encanto de su conversación, cuyas menores palabras me repetía, esforzándose siempre en hacerme ver que eran las más ingeniosas del mundo. A veces me reñía por no ser yo lo bastante sensible a las cosas que venía a decirme, censurándome sin cesar por la indiferencia que mostraba ante el fuego del amor.
Scapin. – No sé todavía adonde va a parar esto.
Octavio. – Un día en que le acompañaba para ir a casa de las gentes que custodiaban el objeto de sus ansias, oímos, en una casita de una calle apartada, unos lamentos mezclados con sollozos. Preguntamos lo que era, y una mujer nos dijo, suspirando, que podíamos presenciar allí algo lamentable para personas extrañas y que, de no ser insensibles, nos conmovería.
Scapin. – A dónde nos lleva esto?
Octavio. – La curiosidad me hizo apremiar a Leandro para ver lo que era. Entramos en una estancia, en la que vimos a una anciana moribunda asistida por una sirvienta llena de pesar y por una joven deshecha en llanto, que era la más bella y enternecedora que se haya visto nunca.
Scapin. – ¡Ah, ah!
Octavio. – Otra cualquiera hubiera parecido horrorosa en el estado en que se hallaba, pues no tenía más vestido que una mala faldilla, con un corpiño de noche que era de sencillo fustán, y su tocado consistía en una cofia amarilla, recogida en lo alto de la cabeza, que dejaba caer en desorden su pelo sobres sus hombros, y sin embargo, tal como se mostraba, resplandecía con mil atractivos y toda su persona rebosaba gracia y encanto.
Scapin. – Veo venir la cosa.
Octavio. – Si la hubieras contemplado, Scapin, en el estado que te cuento, la habrías encontrado admirable.
Scapin. – ¡Oh, no lo dudo! Y sin haberla visto, presiento que resulta completamente hechicera.
Octavio. – Sus lágrimas no eran esas lágrimas desagradables que desfiguran un rostro, tenía su llanto una gracia conmovedora, y su dolor era el más bello del mundo.
Scapin. – Me parece verlo.
Octavio. – Hacía llorar a todos, arrojándose tiernamente sobre el cuerpo de aquella moribunda, a la que llamaba su querida madre, y todos teníamos el alma traspasada al ver tan buenos sentimientos.
Scapin. – En efecto: eso es conmovedor: y ya veo que esos buenos sentimientos os hicieron quererla.
Octavio. – ¡Ah, Scapin! Hasta un bárbaro la hubiese amado.
Scapin. – Con seguridad. ¿Quién iba a resistirse?
Octavio. – Después de unas palabras con las que intenté mitigar el dolor de aquella seductora afligida, salimos de allí y al preguntarle a Leandro qué le parecía aquella persona, me respondió fríamente que la encontraba bastante linda. Me irritó la frialdad con que me hablaba de ella, y no quise revelarle el efecto que sus encantos habían causado en mi alma.
Silvestre. – (A Octavio) Si no abrevias este relato, tendremos hasta mañana.
Octavio. – Déjame acabar en dos palabras. (a Scapin) Su corazón se inflamó desde aquel momento, no hubiese podido vivir sin ir a consolar a su adorable afligida. Sus frecuentes visitas son rechazadas por la sirvienta, convertida en dueña por la muerte de la madre. Y he aquí a mi hombre desesperado, apremia, suplica, conjura, todo inútil. Le dicen que la joven, aunque sin fortuna ni apoyo, es de una honrada familia y que, de no casarse con ella, no pueden tolerar esa persecución. Las dificultades acrecientan su amor. Medita, se agita, razona, lo pesa todo y toma una resolución: y aquí le tienes casado con ella desde hace tres días.
Scapin. – Ya entiendo
Silvestre. – Ahora, añade a esto el regreso imprevisto del padre, al que no se esperaba hasta dentro de dos meses, el descubrimiento que hace el tío del secreto de nuestro casamiento, y el otro casamiento que quieren que haga él con la hija que el señor Geronte ha tenido de una segunda mujer, con la, según dice, se ha casado en Tarento.
Octavio. – Y añade también a todo esto la indigencia en la que se halla esa amable persona y la impotencia en que me veo para tener con qué socorrerla.
Scapin. – Eso es todo? ¡Pues están preocupados por tonterías! ¿Y eso los alarma tanto? ¿No te avergüenza quedarte pasmado por tan poca cosa? ¡Qué diablo! Eres ya muy grandecito. Y no sabes idear alguna artimaña galante, alguna honesta y pequeña estratagema, ¿para arreglar tus asuntos? ¡Bah! Bien quisiera haber tenido yo que engañar antaño a nuestros viejos: los hubiera burlado a los dos, aventajándolos, no levantaba yo tanto así del suelo y me distinguía ya por cien lindas tretas.
Silvestre. – Confieso que el cielo no me ha concedido talento y que no tengo estas dotes tuyas para pelearme con la Justicia.
Octavio. – Aquí llega mi amable Jacinta.
Escena III
Jacinta. – ¡Ah, Octavio! Es cierto lo que Silvestre acaba de decir a Nerina, ¿que ha regresado tu padre y quiere casarte?
Octavio. – Sí, bella Jacinta, y esas noticias me han producido una cruel impresión. Más, ¿qué veo? ¿Lloras? ¿Por qué esas lágrimas? ¿Me crees capaz de alguna infidelidad y no estás segura del amor que te profeso?
Jacinta. – Sí, Octavio; estoy segura de que me amas, pero no lo estoy de que me ames siempre.
Octavio. – Eh! ¿Puede uno acaso amar no siendo para toda la vida?
Jacinta. – He oído decir, Octavio, que tu sexo ama menos tiempo que el nuestro y que las pasiones que manifiestan los hombres son fuegos que extinguen con tanta facilidad como nacen.
Octavio. – ¡Ah, mi querida Jacinta! Entonces mi corazón no es como el de los demás hombres y siento, por mi parte, que te amaré hasta la tumba.
Jacinta. – Quiero creer que sientes lo que afirmas y no dudo que tus palabras sean sinceras, más temo a una fuerza que batallará en tu corazón contra los tiernos sentimientos que puedes experimentar hacia mí. Dependes de un padre que quiere casarte con otra persona y estoy segura de que moriré si me sucede esta desgracia.
Octavio. – No, bella Jacinta; no hay padre que pueda obligarme a serte infiel y estoy decidido a abandonar mi país ese mismo día antes que dejarte. Sinto ya, sin haberla visto, una aversión atroz por la que me destinan, y sin ser cruel, desearía que el mar la apartara de aquí para siempre. No llores, pues, te lo ruego, mi amable Jacinta, porque tus lágrimas me matan y no puedo verlas sin sentir mi corazón traspasado.
Jacinta. – Ya que lo quieres, accedo a secar mi llanto y esperaré con mirada constante lo que al cielo le plazca que sea para mí.
Octavio. – El cielo nos será propicio.
Jacinta. – No podrá serme adverso si me eres fiel.
Octavio. – Lo seré con seguridad.
Jacinta. – Entonces me sentiré feliz
Scapin. – (Aparte) No es tan necia, a fe mía; y la encuentro bastante aceptable.
Octavio. – (Señalando a Scapin) He aquí un hombre que podría realmente, si quisiera, sernos en todas nuestras necesidades de una ayuda maravillosa.
Scapin. – He jurado repetidamente que no me metería en nada que no me incumba, más, si me lo ruegan ambos con insistencia, acaso…
Octavio. – Ah! Si solo depende de que te roguemos encarecidamente para lograr tu ayuda, te emplazo de todo corazón a que tomes nuestro caso.
Scapin. – (A Jacinta) ¿Y usted, no me dice nada?
Jacinta. – Te ruego, también, por todo lo que más quieras en el mundo, que nos ayudes a lograr nuestro amor.
Scapin. – Hay que dejarse vencer y tener humildad. Vaya, voy a actuar a su favor.
Octavio. – Puedes creer que…
Scapin. – (A Octavio) Shh! (A Jacinta) Puede retirarse y quédese tranquila.
Escena IV
Scapin. – (A Octavio) Y usted, Prepárese para afrontar con firmeza la llegada de su padre.
Octavio. – Te confieso que esta llegada me hace temblar por adelantado y tengo una timidez natural que no logro vencer.
Scapin. – Hay que mostrarse firme en el primer encuentro para que no lo trate como a un niño. Vamos, un poco de osadía y piense en contestar resueltamente a todo lo que le pueda decir.
Octavio. – Haré lo mejor que pueda.
Scapin. – Veamos, ensayemos un poco, para que se acostumbre. Repasemos su papel para ver si lo haces bien. Vamos: la cara, resuelta, la cabeza, erguida. La mirada, firme.
Octavio. – Cómo? ¿Así?
Scapin. – Un poco más
Octavio. – Así?
Scapin. – Un poco más
Octavio. – Así?
Scapín. – Bien. Imagínese que soy su padre que llega, y contésteme con firmeza, como si se dirigiera a él. ¡Cómo! Bergante, pillo, infame hijo, ¡indigno de un padre como yo! ¿Te atreves a comparecer ante mis ojos después de tu comportamiento y de la cobarde jugarreta que me has hecho durante mi ausencia? ¿Es este el fruto de mis desvelos? ¿El respeto que se me debe? ¿El respeto que me guardas? Venga ya. ¿Tienes la insolencia, truhan, de comprometerte sin el consentimiento de tu padre, de contraer un matrimonio clandestino? Respóndeme, bribón, respóndeme. Veamos tus lindas razones… Oh, qué diablos. Te quedas mudo.
Octavio. – Es que me imagino que estoy oyendo a mi padre.
Scapin. – Pues claro! Por eso no debes permanecer asustado.
Octavio. – Haré acopio de energía y contestaré con firmeza.
Scapin. – Seguro?
Octavio. – Seguro
Silvestre. – Aquí llega tu padre
Octavio. – Oh cielos! Estoy perdido
Escena V
Scapin. – Octavio! ¡No te vayas, Octavio! ¡Ha huido! ¡Qué pobre hombre! No hagamos esperar al viejo.
Silvestre. – Qué voy a decirle?
Scapin. – Déjame hablar a mí y no hagas más que seguirme.
Escena VI
Arganto. – (Creyéndose solo) Se ha oído hablar nunca de una acción semejante?
Scapin. – (A Silvestre) Se ha enterado ya del negocio, y le preocupa con tal vehemencia, que habla de ello en voz alta a solas.
Arganto. – (creyéndose solo) Es una gran temeridad!
Scapin. – (A Silvestre) Escuchémosle un poco.
Arganto. – (creyéndose solo) Quisiera yo saber qué podrán decirme de este bonito casamiento.
Scapin. – (Aparte) Ya lo hemos pensado
Arganto. – (creyéndose solo) Intentarán negarme la cosa?
Scapin. – (aparte) No, no pensamos hacerlo
Arganto. – (creyéndose solo) O procurarán disculparla?
Scapin. – (aparte) Pudiera ser
Arganto. – (creyéndose solo) Pretenderán embaucarme con embustes?
Scapin. – (aparte) Tal vez
Arganto. – (creyéndose solo) Todos sus discursos serán inútiles
Scapin. – (aparte) Ya veremos
Arganto. – (creyéndose solo) No me harán comulgar con ruedas de molino.
Scapin. – (Aparte) no lo juremos
Arganto. – (creyéndose solo) Ya sabré poner a buen recaudo al bribón de mi hijo
Scapin. – (aparte) Ya veremos eso.
Arganto. – (creyéndose solo) Y en cuanto al pillo de Silvestre, lo voy a moler a palos
Silvestre. – (A Scapin) Ya me extrañaba que se olvidara de mi
Arganto. – (Viendo a Silvestre) ¡Ah, ah! Mira quién está aquí, buen rector de familia, ¡discreto guía de jóvenes!
Scapin. – Señor, estoy encantado de verlo de regreso.
Arganto. – Buenos días, Scapin. (A Silvestre) Has cumplido mis órdenes, realmente, ¡de bonita manera! ¡Y Mi hijo se ha comportado muy cuerdamente durante mi ausencia!
Scapin. – Está bien, por lo que veo.
Arganto. – Bastante bien (A Silvestre) No dices ni palabra, bergante; no dices ni palabra.
Scapin. – Ha tenido un buen viaje?
Arganto. – Muy bueno a Dios gracias! Déjame reñir un poco con tranquilidad.
Scapin. – Quiere reñir?
Arganto. – Sí, quiero reñir.
Scapin. – Eh! ¿Y a quién, señor?
Arganto. – (Señalando a Silvestre) A ese pícaro.
Scapin. – Por qué?
Arganto. – No has oído hablar de lo ocurrido durante mi ausencia?
Scapin. – He oído hablar de cierta cosilla.
Arganto. – Cómo cosilla? ¡Una acción de esa naturaleza!
Scapin. – Sí, tiene cierta razón.
Arganto. – Una osadía semejante a esa!
Scapin. – Eso es cierto
Arganto. – Un hijo que se casa sin el consentimiento de su padre!
Scapin. – Sí, hay algo que decir a eso. Más yo soy de la opinión de que no haga tanto alboroto.
Arganto. – No soy de esa opinión y quiero armar todo el alboroto que me plazca. ¡Cómo! ¿A ti no te parece que tengo todos los motivos del mundo para encolerizarme?
Scapin. – Sí, claro. También yo me enojé, al principio, cuando supe la cosa y hasta regañé a su hijo por usted. Pregúntele las buenas reprimendas que le dirigí y cómo lo regañé por el escaso respeto que tenía a un padre cuyos pasos debía besar. No se puede hablar mejor ni siendo usted mismo. ¡Pero qué! He vuelto a la razón y he reflexionado que, en el fondo, no tiene él tanta culpa como puede creerse.
Arganto. – Pero ¿qué dices? ¿Cómo no va a tener culpa si se fue a casar atolondradamente con una desconocida?
Scapin. – Qué quiere! Lo ha empujado su destino.
Arganto. – ¡Ah, ah! Esta es la más hermosa razón del mundo. No tiene uno más que cometer todos los crímenes imaginables, engañar, robar, asesinar y decir a modo de disculpas que se ha visto uno empujado por su destino.
Scapin. – Dios mío! Quiero decir que se ha visto enredado fatalmente en este negocio.
Arganto. – Y por qué se enredó?
Scapin. – No puede ser tan sensato como usted. Los jóvenes son jóvenes y no poseen toda la prudencia que necesitarían para hacer cosas razonables, prueba de ello es nuestro Leandro, que, pese a todas mis lecciones y reprimendas, ha ido a hacer una cosa, por su parte, pero todavía que su hijo. Quisiera yo saber si usted mismo no ha sido joven y si no hizo, en su tiempo, desatinos como los demás. He oído decir que ha sido un compañero galante con las mujeres, que la emprendía osadamente con las más seductoras de aquella época y que, cuando se acercaba a alguna, llevaba hasta el final su empeño.
Arganto. – Eso es cierto, estoy conforme, pero siempre me limité a la galantería y no hice nunca lo que él hizo.
Scapin. – Qué quería que hiciera? Ve a una joven que le quiere bien, porque heredó de usted esa fatalidad de ser amado por todas las mujeres, la encuentra encantadora, la visita, le cuenta historias tiernas, suspira galantemente, se muestra apasionado. Ella se rinde a su afán, él apura su suerte. Y helo aquí, que se ve sorprendido por los padres, quienes, amparados por la fuerza, lo obligan a casarse con ella.
Silvestre. – (Aparte) Vaya que es hábil!
Scapin. – Quería que se dejara matar? Más vale casado que difunto.
Arganto. – No me habían contado así la cosa
Scapin. – (Señalando a Silvestre) pregúntele a este, no le dirá lo contrario.
Arganto. – (A Silvestre) Lo casaron a la fuerza?
Silvestre. – Sí, señor
Scapin. – Iba yo a mentir?
Arganto. – Debió haber ido en seguida a protestar ante un notario.
Scapin. – Es lo que no ha querido hacer.
Arganto. – Me hubiera sido más fácil anular el casamiento.
Scapin. – Anular el casamiento?
Arganto. – Sí
Scapin. – No lo anulará
Arganto. – Qué no lo anularé?
Scapin. – No
Arganto. – Cómo! ¿No tengo de mi parte los derechos de padre y el motivo de esa violencia empleada con mi hijo?
Scapin. – Es una cosa con la que él no estará conforme.
Arganto. – Qué no estará conforme?
Scapin. – No
Arganto. – Mi hijo?
Scapin. – Su hijo. ¿Quiere que confiese que ha sido capaz de tener miedo y que lo han obligado a hacer las cosas a la fuerza? No piensa ir a confesar eso, sería perjudicarse y mostrarse indigno de un padre como usted.
Arganto. – Me río de eso
Scapin. – Es preciso, por su honor y el de usted, que diga ante todo el mundo que se ha casado por gusto.
Arganto. – Pues yo quiero, por mi honor y por el suyo, que diga lo contrario.
Scapin. – No, estoy seguro de que no lo hará.
Arganto. – Yo lo obligaré a ello
Scapin. – No lo hará, se lo digo.
Arganto.– Lo hará o lo desheredaré.
Scapin. – Usted?
Arganto. – Yo
Scapin. – Bueno!
Arganto. – Cómo bueno?
Scapin. – No lo desheredará
Arganto. – Qué no lo desheredaré?
Scapin. – No
Arganto. – Esto sí que es divertido. Qué no desheredaré a mi hijo?
Scapin. – Le digo que no
Arganto. – Quién lo impedirá?
Scapin. – Usted mismo
Arganto. – Yo?
Scapin. – Sí, no tendrá el valor para eso.
Arganto. – Lo tendré
Scapin. – Bromea
Arganto. – No bromeo
Scapin. – El cariño paternal producirá sus efectos
Arganto. – No producirá nada
Scapin. – Lo conozco, es bueno por naturaleza
Arganto. – No soy bueno ni soy malo cuando quiero. Terminemos esta discusión que me revuelve la bilis. (A Silvestre) Vete, truhan, vete a buscar a ese bribón, mientras yo voy a reunirme con el señor Geronte para contarle mi desgracia.
Scapin. – Señor, si puedo serle útil en algo, no tiene más que mandarme.
Arganto. – Te lo agradezco. (Aparte) ¡Ah, por qué será hijo único! ¡Y por qué no tendré en este momento la hija que el Cielo me arrebató, para nombrarla mi heredera!
Escena VII
Silvestre. – Confieso que eres un gran hombre, ya está el negocio en marcha, más, por otro lado, nos urge el dinero para nuestro sustento, y nos rodean por todos lados gentes que nos persiguen ladrando.
Scapin. – Déjame hacer, ya tengo una idea. Ponte el gorro como si fueras un desalmado, apoyate sobre un pie, apoya la mano en el costado y pon ojos furibundos, Anda un poco como un rey de teatro. Así está bien. Sígueme, poseo secretos para desfigurar tu rostro y tu voz.
Silvestre. – Te apoyo, pero no quiero problemas con la Justicia.
Scapin. – ¡Bah, bah! Compartiremos los peligros como hermanos y tes años más o menos de cárcel no van a detener a un noble corazón.
Acto Segundo
Escena Primera
Geronte. – Con el tiempo que hace pronto tendremos aquí a nuestra gente, un marinero que llega a Tarento me ha asegurado que había visto a mi hombre a punto de embarcar. Mas la llegada de mi hija encontrará las cosas mal dispuestas para lo que nos proponemos y lo que acabas de saber de tu hijo desbarata extrañamente las medidas que habíamos tomado juntos.
Arganto. – No te preocupes, voy a superar ese obstáculo.
Geronte. – Mire, señor Arganto, para mí la educación de los hijos es cosa a la que hay que dedicarse de lleno.
Arganto. – Sin duda. ¿A qué viene eso?
Geronte. – A que la mala conducta de los jóvenes proviene, generalmente, de la mala educación que sus padres le dan.
Arganto. – Eso sucede a veces. ¿Pero qué quiere decir con ello?
Geronte. – Qué quiero decir?
Arganto. – Sí
Geronte. – Que, si hubieras, como buen padre, enseñado rectas costumbres a tu hijo, no hubiera hecho esta jugarreta.
Arganto. – Muy bien, entonces, ¿tú le has enseñado mejor al tuyo?
Geronte. – Sin duda y me enojaría mucho que me hubiera hecho algo semejante
Arganto. – Y si ese hijo que has educado tan rectamente, como un buen padre, ¿ha hecho algo peor que el mío eh?
Geronte. – Cómo?
Arganto. – Cómo?
Geronte. – Qué quiere decir eso?
Arganto. – Quiere decir, señor Geronte, que no hay que ser tan precipitado en condenar la conducta de los demás, y que quienes quieran murmurar deben ver si no hay nada en su casa que se bambolea
Geronte.- Has escuchado algo de mi hijo?
Arganto. – Pudiera ser
Geronte. – Qué es?
Arganto. – Scapin solo me mencionó vagamente la cosa, ya te lo contará con detalle. Por mi parte, iré a consultar a mi abogado. Hasta la vista.
Escena II
Geronte. – Qué será eso que hizo mi hijo? No veo qué cosa peor pueda hacerse, casarse sin el consentimiento de un padre es una acción que supera todo cuanto pueda imaginarse.
Escena III
Geronte. – Ah! Leandro!
Leandro. – (Corriendo a abrazarlo) Padre! ¡Qué alegría siento al verte de vuelta!
Geronte. – (Sin abrazarlo) Despacio. Hablemos un poco de negocios.
Leandro. – Cómo? ¿No puedo abrazarte?
Geronte. – Sí, pero tenemos algo que aclarar juntos.
Leandro. – El qué?
Geronte. – Ponte ahí, que te vea de frente. Mírame a los ojos. ¿Qué has hecho en mi ausencia?
Leandro. – Yo? Nada de lo que puedas quejarte.
Geronte. – Nada?
Leandro. – No
Geronte. – Seguro?
Leandro. – Seguro
Geronte. – Scapin me ha dicho otra cosa.
Leandro. – Scapin?
Geronte. – Ah! Te sonrojas, es el color de la vergüenza
Leandro. – Qué te dijo?
Geronte. – Este no es lugar apropiado para hablar de ello, ve a casa y te veré allá dentro de un rato. ¡Traidor, si vas a deshonrarme te repudio como hijo y ya puedes decidirte a huir de mi presencia para siempre!
Escena IV
Leandro. – (Solo) Traicionarme de esta manera! Un bribón que debía por cien razones, ser el primero en ocultar las cosas que le confío, ¡es el primero en ir a revelárselas a mi padre! ¡Ah, juro por el cielo que esta traición no quedará impune!
Escena V
Octavio. – Mi querido Scapin! ¡Qué no debo yo a tus afanes! ¡Eres un hombre admirable! ¡Y cuán propicio me es el cielo al enviarte en mi ayuda!
Leandro. – ¡Ah, estoy encantado de verte señor bergante!
Scapin. – Señor, soy su servidor, Me hace demasiado honor
Leandro. – (Sacando la espada) Te haces el gracioso! ¡Ah yo te enseñaré!
Scapin. – (cayendo de rodillas) Señor!
Octavio. – (Poniéndose entre los dos) Leandro!
Leandro. – No, Octavio, no te interpongas, te lo ruego.
Octavio. – Por favor!
Leandro. – Déjame satisfacer mi enojo.
Octavio. – En nombre de la amistad, Leandro, no lo maltrates.
Scapin. – Qué hice?
Leandro. – Qué has hecho? ¡Traidor!
Octavio. – ¡Eh, poco a poco!
Leandro. – No, Octavio, quiero que me confiese él mismo, sin dilación, su perfidia conmigo. Sí bribón, ya sé la jugarreta que me has hecho, acaban de decirme, y quiero escuchar la confesión de tu propia boca o te atravieso con esta espada.
Scapin. – Señor! Serías capaz de hacerlo?
Leandro. – Habla entonces.
Scapin. – Te he hecho algo?
Leandro. – Sí, sabes que sí
Scapin. – Te aseguro que lo ignoro
Leandro. – Lo ignoras?
Octavio. – Leandro!
Scapin. – Pues bien, señor le confieso que me he bebido con mis amigos de ese vino que te regalaron hace dos días y que hice un agujero en el tonel y puse agua alrededor para hacer creer que se había derramado.
Leandro. – ¿Eres tú el que se tomó el vino de España, y dejaste que regañara a la sirvienta creyendo que era ella la ladrona?
Scapin. – Sí, señor, le pido perdón por eso
Leandro. – Me alegro de saberlo, pero no se trata de eso.
Scapin. – No es eso?
Leandro. – No, es otro asunto que me afecta mucho más y quiero que me lo digas
Scapin. – Señor, no recuerdo haber hecho otra cosa
Leandro. – No quieres hablar? (queriendo golpearlo)
Octavio. – Tranquilo!
Scapin. – Bueno, hace tres semanas me mandaste llevar de noche un relojito a la joven egipcia que amas, volví a casa con mis ropas todas cubiertas de barro y la cara llena de sangre, y te dije que unos ladrones me habían golpeado y quitado el reloj. Fui yo, señor, el que se lo guardó.
Leandro. – Fuiste tú el ladrón?
Scapin. – Sí, señor, para ver la hora
Leandro. – Ah! Me entero de bonitas cosas, y tengo un servidor muy fiel, en verdad. Pero tampoco es eso lo que pregunto.
Scapin. – No es eso?
Leandro. – No, infame, otra cosa es la que quiero que me confieses.
Scapin. – Diablo!
Leandro. – Habla pronto, tengo prisa.
Scapin. – Eso es todo lo que he hecho
Leandro. – (Queriendo golpearlo) Seguro que es todo?
Octavio. – Eh!
Scapin. – ¿Ah, te acuerdas de ese espíritu que hace seis meses te golpeó en la noche y estuvo a punto de hacer que te rompieras el cuello en una cueva donde caíste al huir?
Leandro. – Y qué?
Scapin. – Era yo, disfrazado, para quitarte las ganas de hacernos correr todas las noches como acostumbras.
Leandro. – Me voy a acordar de todo a su debido tiempo, pero no es eso, dime lo que le dijiste a mi padre.
Scapin. – A tu padre?
Leandro. – Sí
Scapin. – No lo he visto después de su regreso.
Leandro. – De verdad?
Scapin. – Sí, es una cosa que te puede decir él mismo.
Leandro. – Pero él dijo que tú le contaste…
Scapin. – No le dijo la verdad.
Escena VI
Carlo. – Señor, los egipcios están a punto de quitarte a Cerbineta, ¡dice que vayas a pagar el dinero que te pidieron por ella o en dos horas la perderás para siempre!
Leandro. – Dos horas?
Carlo. – Dos horas.
Escena VII
Leandro. – Ah, mi buen Scapin, ¡imploro tu ayuda!
Scapin. – (Levantándose y paseando altivamente) ¡Ah, mi pobre Scapin! Soy “mi buen Scapin” ahora, cuando me necesitan.
Leandro. – Te perdono todo lo que acabas de contarme y cosas peores aún si me las has hecho.
Scapin. – No, eso no. No me perdones nada. Mátame, me encantaría que me mates
Leandro. – No, te perdono, solo da tu vida sirviendo a mi amor.
Scapin. – No, mejor mátame
Leandro. – Eres demasiado preciado para mí y te ruego que accedas a emplear en mi favor ese talento admirable que todo lo consigue.
Scapin. – No, mátame te digo.
Leandro. – Ay por favor! No pienses más en eso y ayúdame.
Octavio. – Scapin, hay que hacer algo por él
Scapin. – Cómo luego de semejante afrenta?
Leandro. – Te ruego que olvides mi arrebato y me prestes tu destreza
Octavio. – Uno mis ruegos a los suyos
Scapin. – Tengo ese insulto clavado en el corazón.
Octavio. -Olvida tu resentimiento.
Leandro. – Hice mal, lo confieso.
Scapin. – Querías matarme!
Leandro. – Te pido perdón con toda mi alma, mira, me arrodillo. Scapin, pero no me abandones.
Octavio. – Scapin, ayúdalo.
Scapin. – Levántate, pues. Y no vuelvas a portarte así
Leandro. – Me prometes trabajar a mi favor?
Scapin. – Ya veremos
Leandro. – Se está pasando el tiempo!
Scapin. – Está bien, no te preocupes, ¿cuánto necesitas?
Leandro. – Quinientos ducados
Scapin. – Y tú?
Octavio. – Doscientos
Scapin. – Muy bien, puedo obtener ese dinero de sus padres. (A Octavio) En lo que a su padre se refiere, ya sé cómo hacerlo. (A Leandro) Y en lo que al vuestro se refiere, aunque avaro, será fácil porque mucho ingenio no tiene, lo considero un hombre a quien se le puede hacer creer cualquier cosa. Eso no es ofenderte, no existe entre él y tú ni sombra ni parecido y sabes que todos dicen que él es solo tu padre en apariencia.
Leandro. – Scapin!
Scapin. – Bueno, eso no es importante. Aquí viene tu padre, Octavio. Márchense los dos, y avísenle a Silvestre que venga en seguida a representar su papel.
Escena VIII
Arganto. – (creyéndose solo) Tener tan poca continencia y consideración! Ir a meterme en un compromiso como este. ¡Ah! ¡Juventud impertinente!
Scapin. – ¿Señor, piensa en el asunto de su hijo?
Arganto. – Te confieso que me ocasiona una pena rabiosa. Este casamiento impertinente es una cosa que no puedo tolerar, acabo de consultar a unos abogados y voy a hacer que lo anulen.
Scapin. – Señor, hay que arreglar el asunto por otro medio, ya sabes cómo es la justicia en este país.
Arganto. – Pero ¿qué otra cosa puedo hacer?
Scapin. – Ya lo solucioné, fue a buscar al hermano de esa joven, es un bravucón de profesión, de esas gentes que solo hablan de deslomar y a quienes les da lo mismo matar a un hombre que tomar un vaso de vino. Le hablé del casamiento haciéndole ver que usted lo quiere anular y que está dispuesto a ir a un juicio. Le expliqué que no le conviene ese trámite y dará su consentimiento a la anulación si le da dinero.
Arganto. – Cuánto quiere?
Scapin. – ¡Oh, al principio pidió mucho!
Arganto. – Cuánto?
Scapin. – Seiscientos ducados
Arganto. – Qué?
Scapin. – Rechacé esa cantidad, le di a entender que usted no es ningún tonto y que de ninguna manera habría forma de que obtuviera ese dinero. Me contó que va a entrar al ejército, pero necesita dinero para comprar un caballo que cuesta sesenta ducados.
Arganto. – Bueno, si son sesenta ducados, se los daré
Scapin. – Necesitará el arnés y las armas, serán otros veinte.
Arganto. – Sesenta y veinte serían ochenta. Es mucho, pero accedo
Scapin. – También necesita un caballo para su criado, solo de treinta ducados
Arganto. – Cómo, que se vaya a pie, no tendrá nada.
Scapin. – Señor, no se fije en tan poca cosa, No hay que pelear.
Arganto. – Está bien, esas treinta más y ya
Scapin. – Necesita una mula para llevar…
Arganto. – Que se vaya al diablo con su mula! Es más, no le daré nada. Iremos con el juez
Scapin. – Señor, por piedad.
Arganto. – No, prefiero pelear
Scapin. – Pero, señor, tendrá que apelar, pelear con abogados, con jueces, con el procurador. El abogado le sacará mucho dinero, los jueves estarán predispuestos contra usted, evite ese infierno.
Arganto. – Cuánto quiere para la mula?
Scapin. – Para la mula, el caballo, el arnés, las armas, para pagar una deuda que debe… en total doscientos ducados.
Arganto. – Doscientos?
Scapin. – Sí
Arganto. – Vaya! Pelearemos en el juzgado.
Scapin. – Pero si va al juzgado también pagará mucho dinero, hay que pagar las notificaciones, la comparecencia, los consejos, los honorarios del procurador, las consultas de los abogados, los escritos, a los oficiales, mejor dele el dinero al hermano y ya.
Arganto. – No le daré ese dinero de ningún modo.
Scapin. – Aquí viene el hermano en cuestión.
Escena IX
Silvestre. – (Disfrazado) Scapin, muéstrame a ese Arganto, padre de Octavio.
Scapin. – ¿Para qué, señor?
Silvestre. – Sé que quiere ponerme pleito y anular judicialmente el matrimonio de mi hermana.
Scapin. – No sé si piensa hacerlo, más no accede a pagar los doscientos ducados que pide, dice que es demasiado.
Silvestre. – ¡Pues voy a deslomar a ese hombre, aunque luego me deslomen a mí! (Arganto se oculta detrás de Scapin)
Scapin. – Señor, el padre de Octavio es valiente y no le teme.
Silvestre. – Si estuviera aquí lo atravesaría ahora mismo con mi espada! (viendo a Arganto) Quién es este hombre?
Scapin. – No es él, señor, no es él.
Silvestre. – No será uno de sus amigos?
Scapin. – No, al contrario, es su enemigo mortal
Arganto. – Sí
Silvestre. – ¡Ah, eso me encanta! (a Arganto) ¿Es enemigo, señor, de ese bellaco de Arganto?
Scapin. – Sí, le aseguro que sí.
Silvestre. – (estrechando la mano de Arganto con fuerza) Chócala, le doy mi palabra y le juro que, por mi espada, por todos los juramentos posibles, que antes de acabar el día acabaré con ese pícaro consumado, confíe en mí.
Scapin. – Señor, en este país no se tolera la violencia
Silvestre. – Me río de todo y no tengo nada que perder
Scapin. – Estará prevenido, seguramente sus parientes, amigos y criados le prestarán ayuda contra usted.
Silvestre. – Eso es lo que deseo! (echando mano a la espada) Ah cuernos de Lucifer! ¿Por qué no puedo enlomarlo ahora mismo con todos sus amigos? ¡Que se presenten ante mí treinta personas, los veré caer sobre mí con armas en mano! (tirando estocadas) ¡Vamos, mátenme! ¡Nada de cuartel! ¡Canalla! ¡Así lo quieres, así se hará! ¡Vamos!
Scapin. – Tranquilo, señor, no somos esos.
Silvestre. – Eso les enseñará a no burlarse de mí.
Escena X
Scapin. – Ya vio qué cantidad de personas muertas por doscientos ducados?
Arganto. – (tembloroso) Scapin
Scapin. – Sí?
Arganto. – Me decido a darle los doscientos ducados
Scapin. – Bien por usted
Arganto. – Vamos a buscarlo, tengo el dinero conmigo
Scapin. – No, démelo. No debe, por su honor, aparecer allá después de haber pasado aquí por otro, además, temo que le quiera pedir más.
Arganto. – Sí, pero me hubiera gustado ver cómo entrego mi dinero
Scapin. – Desconfía de mí?
Arganto. – Nada de eso, pero…
Scapin. – Señor! O soy un ladrón o soy un hombre honrado, una de dos. ¿Acaso iba a querer engañarlo y a tener en todo esto otro interés que el de usted? Si soy sospechoso, no me vuelvo a mezclar en nada, y solo tiene que buscar quién arregle sus asuntos.
Arganto. – Toma, entonces
Scapin. – No, no me confíe su dinero. Me complacerá que le sirva alguien más
Arganto. – Dios mío! Toma, no discutimos más. Te esperaré en casa.
Scapin. – No faltaré. (Solo) Ya cayó uno, solo tengo que buscar al otro. Aquí viene! Parece que el cielo los hace caer en mis redes.
Escena XI
Scapin. – (Fingiendo no ver a Geronte) ¡Oh, cielos! ¡Oh desdicha imprevista! ¡Oh, padre miserable! ¿Qué vas a hacer, pobre Geronte?
Geronte. – (Aparte) Qué dice de mí con esa cara afligida?
Scapin. – No hay nadie que pueda decirme dónde está el señor Geronte?
Geronte. – Qué sucede, Scapin?
Scapin. – (Corriendo por la escena sin querer oír ni ver a Geronte) Dónde podría encontrarle para decirle esta desgracia?
Geronte. – (Corriendo detrás de Scapin) Qué es lo que pasa?
Scapin. – Corro en vano por todos lados sin poder encontrarlo.
Geronte. – Aquí estoy
Scapin. – Debe estar escondido en algún sitio que no se pueda adivinar
Geronte. – (Deteniendo a Scapin) Eres ciego para no verme?
Scapin. – ¡Ah, señor! No hay manera de encontrarlo.
Geronte. – Hace una hora que me tienes delante. ¿Qué ocurre?
Scapin. – Señor
Geronte. – Qué?
Scapin. – Su hijo, señor
Geronte. – Qué le pasa a mi hijo?
Scapin. – Ha sufrido la desgracia más extraña del mundo
Geronte. – Cual?
Scapin. – Le he visto hace poco muy triste por algo que le ha dicho usted, y en lo que me ha mezclado muy inoportunamente, intentando aliviar su tristeza, le propuse que camináramos por el puerto. Allí, entre otras cosas, nuestros ojos se han fijado en una galera turca bastante equipada, un joven turco, de buen aspecto, nos invitó a visitarla. Subimos a bordo, nos ofreció para merendar las frutas más excelentes que puedan encontrarse y el mejor vino del mundo.
Geronte. – Qué hay de triste en todo eso?
Scapin. – Pues que mientras comíamos, la galera se ha hecho a la mar y una vez lejos del puerto, me han dejado en una barca para decirle que, si no entrega quinientos ducados, se llevaran a su hijo a Argelia.
Geronte. – Cómo! ¡Quinientos ducados!
Scapin. – Sí, y solo me ha dado dos horas de plazo.
Geronte. – Ah! ¡El maldito turco, asesinarme de este modo!
Scapin. – ¡Señor, tiene que salvar a su hijo!
Geronte. – Y qué diablos iba a hacer a esa galera!
Scapin. – No sabía lo que iba a ocurrir.
Geronte. – Ve, Scapin, dile a ese turco que mandaré a la justicia en su persecución
Scapin. – La justicia en alta mar! ¿Bromea?
Geronte. – Qué diablos iba a hacer a esa galera?
Scapin. – A veces es mala suerte
Geronte. – Es preciso, Scapin, que hagas lo que te voy a decir: ve a la galera y quédate en el lugar de mi hijo hasta que yo reúna la suma que pide el turco.
Scapin. – Señor! ¿Y cree que ese turco va a tener tan poco sentido común como para admitir a un miserable como yo en sustitución de su hijo?
Geronte. – Quinientos ducados! ¿Qué diablos iba a hacer a esa galera?
Scapin. – No se podía saber esto. Dese prisa, por favor
Geronte. – Ten, esta es la llave del armario.
Scapin. – Bien
Geronte. – Lo abres
Scapin. – Muy bien
Geronte. – Encontrarás una llave de mi granero
Scapin. – Sí
Geronte.- Coge todas mis prendas en una gran cesta y se las vendes a los ropavejeros para ir a rescatar a mi hijo
Scapin. – (devolviendo la llave) No juntaré ni cien ducados con lo que dice! ¡Además, ya sabe que el plazo es breve!
Geronte. – Pero ¿qué diablos iba a hacer a esa galera?
Scapin. – ¡Deje de pensar en la galera y piense en el tiempo que vuela, está en riesgo la vida de su hijo! ¡Ay mi pobre amo! ¡Tal vez no vuelva a verte en mi vida y en este momento estés camino a ser esclavo! Más el cielo es testigo que hice por ti todo lo que pude y que, si no te rescatan, solo se podrá acusar de ello a tu padre.
Geronte. – Espera, Scapin. Voy a buscar esa suma. ¿Has dicho cuatrocientos ducados?
Scapin. – No, quinientos
Geronte. – Toma, Scapin. No me acordaba de que acabo de recibir esa suma en oro, aunque no creí que me sería arrebatada tan pronto. (Sacando una bolsita) Toma, ve a rescatar a mi hijo.
Scapin. – Sí señor, Geronte.
Geronte. – (Reteniendo la bolsita) Pero dile a ese turco que es un bandido
Scapin. – Sí
Geronte. – Un infame
Scapin. – Sí
Geronte. – Un hombre sin fe, un ladrón
Scapin. – Déjelo a mi cargo
Geronte. – Que me quita quinientos ducados contra todo derecho
Scapin. – Sí
Geronte. – Que no se los doy para siempre jamás
Scapín. – Muy bien
Geronte. – Y que algún día me vengaré
Scapin. – Sí
Geronte. – (Volviéndose a guardar la bolsa) Ve, pronto a buscar a mi hijo
Scapin. – Señor!
Geronte. – Qué?
Scapin. – Y el dinero?
Geronte. – Te lo di
Scapin. – No
Geronte. – No te lo di?
Scapin. – No, lo guardó de nuevo en su bolsillo
Geronte. – Ah! ¡Es el dolor que trastorna mi espíritu!
Scapin. – Ya lo veo
Geronte. – Qué diablos iba a hacer a esa galera? ¡Maldita galera! (le da el dinero)
Escena XII
Octavio. – Scapin, has tenido éxito a mi favor?
Leandro. – Has hecho algo por sacar mi amor de la aflicción en que se halla?
Scapin. – Aquí están los doscientos ducados que le he sacado a su padre.
Octavio. – Oh! ¡Qué alegría me das!
Scapin. – En cuanto a usted… aquí tengo lo que necesita, pero quiero que me permita una pequeña venganza contra su padre por haber dicho que yo hablé con él sobre usted.
Leandro. – Todo lo que quieras
Scapin. – Me lo promete ante testigos?
Leandro. – Sí
Scapin. – Aquí están los 500 ducados
Leandro. – Vamos a rescatar a la que amo!
Acto Tercero
Escena Primera
Silvestre. – Sí, sus enamorados han decidido, de mutuo acuerdo, que ustedes estén juntas, nosotros cumplimos la orden que se nos ha dado
Jacinta. – (A Cerbineta) Esa orden es muy grata para mí. Acojo con alegría a una compañera y por mí, la amistad que une a las personas que amamos recaerá también en nosotras.
Cerbineta. – Acepto, no soy persona que se niegue a una amistad.
Scapin. – Y al amor?
Cerbineta. – El amor es otra cosa, en ello se corre más riesgo y no me siento tan osada.
Scapin. – Pero lo que mi amo hizo por usted debería darle valor para corresponder como es debido a su pasión.
Cerbineta. – No es bastante para que confíe por completo en él. Tengo un carácter jovial y río sin cesar, pero conservo la seriedad ante ciertas cuestiones, y tu amo se engaña si cree que le basta con haberme comprado para que sea toda suya. Debe costarle algo más que dinero, para corresponder a su amor del modo que desea necesito una prueba de su fidelidad, acompañada de ciertas ceremonias imprescindibles.
Scapin. – Así lo entiende él también. Él quiere hacer todo con honor.
Cerbineta. – Así quiero creerlo, pienso que habrá obstáculos por parte del padre.
Scapín. – Mi amo encontrará la manera de resolver las cosas.
Jacinta. – (A Cerbineta) La semejanza de nuestros destinos contribuye a fomentar nuestra amistad: las dos tenemos temores y estamos expuestas al infortunio.
Cerbineta. – Tú, al menos, tienes la ventaja de saber tu origen y de tener el apoyo de tus padres, más por mi parte, no tengo recurso alguno para saber quién pueda yo ser.
Jacinta. – Pero tienes la ventaja de que no quieren casar con otra al hombre que amas. ¡Dulce cosa sería amar sin que existan obstáculos!
Scapin. – No, en el amor, la tranquilidad representa una calma desagradable. ¡Una felicidad sosegada nos resulta tediosa, la vida necesita altibajos y las dificultades que encierran las cosas despiertan los ardores y acrecientan los placeres!
Cerbineta. – Scapin, cuenta el relato que, según me han dicho, es tan divertido, de la estratagema que ideaste para sacarle dinero a tu viejo avaro.
Scapin. – Que lo cuente Silvestre, que sabrá decirlo tan bien como yo. He ideado cierta pequeña venganza, de cuyo placer voy a gozar.
Silvestre. – ¿Por qué quieres buscarte, deliberadamente disgustos?
Scapin. – Me gusta intentar empresas arriesgadas.
Silvestre. – Vas a correr el riesgo de ganarte una tanda de palos.
Scapin. – Y qué? Será a costa de mi espalda y no de la tuya.
Silvestre. – En efecto: eres dueño de tu espalda y puedes disponer de ella como te plazca.
Scapin. – Esta clase de peligros no me han detenido nunca, aborrezco los corazones pusilánimes que, por prevenir en demasía las consecuencias de las cosas, no se atreven a emprender nada.
Cerbineta. – (A Scapin) Necesitaremos de tus servicios.
Scapin. – Iré a reunirme pronto con ustedes, señoras mías.
Escena II
Geronte. – Scapin cómo va el asunto de mi hijo?
Scapin. – Su hijo, señor, está en un sitio seguro, más ahora es usted quien corre el mayor peligro del mundo y quisiera con toda el alma que estuviera en su casa.
Geronte. – ¿Y eso, por qué?
Scapin. – En estos momentos lo buscan por todas partes para matarlo.
Geronte. – Quién?
Scapin. – El hermano de esa joven con la que se casó Octavio. Cree que usted es el culpable de que se anule el matrimonio porque quiere casar a su hija con Octavio. Todos sus amigos, gentes de capa y espada como él, están rodeando los accesos a su casa, por eso no podrá ir ahí sin caer en sus manos.
Geronte. – Qué hago entonces, mi buen Scapin?
Scapín. – No lo sé, señor, tiemblo por usted de pies a cabeza y… espere (Scapin finge que hay alguien en el fondo de la escena)
Geronte. – Eh!
Scapin. – No, no es nada.
Geronte. – Podrás sacarme del apuro?
Scapin. – He pensado en algo, aunque yo correría peligro de que me golpeen.
Geronte. – Ah, Scapin! Muéstrate fiel servidor, no me abandones, te lo ruego. Serás recompensado, te prometo que te daré este traje cuando lo haya usado un poco más.
Scapin. – Lo que tiene que hacer es meterse en este saco y …
Geronte. – (Creyendo ver a alguien) Ah!
Scapin. – No, no es nada. Repito: métase en este saco, no se mueva en lo absoluto ni haga ruido. Lo cargaré a mi espalda y lo llevaré hasta su casa, una vez ahí podremos enviar en busca de ayuda contra la violencia.
Geronte. – Buena idea
Scapin. – Es lo mejor del mundo. (Aparte) Me pagarás por tu impostura.
Geronte. – Eh?
Scapin. – Digo que sus enemigos se verán burlados. Colóquese en el fondo, sobre todo, tenga cuidado de no asomarse y de no moverse suceda lo que suceda.
Geronte. – Sabré quedarme quieto.
Scapín. – Rapido, aquí viene uno de los espadachines que lo buscan. (Geronte se mete al saco, Scapin finge la voz) Cómo! No tendré el gusto de matar a ese Geronte y no me dirá nadie, por caridad, ¿dónde se halla? (A Geronte con su voz natural) No se mueva! (Cambiando la voz, este juego de voces se mantiene hasta el final) Por Satanás! ¡Yo lo encontraré, aunque se esconda en el centro de la tierra! ¡Eh! Hombre del saco. Señor. “Te doy una moneda si me indicas donde está Geronte”. ¿Busca al señor Geronte? “Sí, le busco”. ¿Para qué, señor? “Para matarle a palos”. Oh, señor, no se le pega a alguien como él, no es un hombre a quien deba tratarse de esa forma. “¡Cómo! ¿Me hablas a mí en ese tono? ¿Eres amigo de Geronte?”. Sí, señor, lo soy. (Golpea el saco) Toma esto para él! (Scapin grita como si lo golpearan) Ay, ay, ay, ¡señor! ¡Ay basta! ¡Basta! ¡No, llévale esto de mi parte! ¡Adiós!
Geronte. – (Sacando la cabeza) ¡Ay, Scapin no puedo más!
Scapin. – Señor, estoy todo molido y me duele atrozmente la espalda.
Geronte. – Cómo! ¡Sí es la mía la que han golpeado!
Scapin. – Nada de eso, señor, daban sobre mi espalda. A usted solo lo ha rozado la punta del palo.
Geronte. – Debiste apartarte un poco para evitármelos.
Scapin. – (Metiéndole la cabeza en el saco) Tenga cuidado, aquí viene otro que tiene pinta de extranjero. (Repitiendo el juego de cambiar la voz) “He corrido como un vasco, sin poder encontrar a ese demonio de Geronte”. Escóndase bien. “¿Dígame, señor, sabe dónde está ese Geronte que busco?” No sé dónde está, señor. “Dímelo, no lo busco para algo importante, es solo para hacerle el pequeño obsequio de una docena de palos sobre el lomo y de tres a cuatro estocadas en el pecho”. Os aseguro señor, que no sé dónde está. “Parece que veo moverse algo en ese saco”. No, señor. “Debe de haber ahí dentro algún secreto”. Nada de eso, caballero. “Me dan deseos de largar una estocada al saco”. No, señor, no lo haga. “Muestra lo que llevas”. No tiene por qué ver lo que llevo. “Pues quiero verlo”. No lo verá. “Sí lo veré”. Es ropa que me pertenece. “Enséñamelas, te lo digo”. No lo haré. “Entonces te golpearé la espalda”. Me río de eso. “¡Ah, te haces el gracioso!” (dando golpes al saco y gritando como si los recibiera) Ay, ay, ay, ay, ¡señor! “Hasta la vista. ¡Ha sido una pequeña lección para que no hables con insolencia!
Geronte. – (Sacando la cabeza del saco) ah, estoy molido!
Scapin. – ¡Ah, estoy muerto!
Geronte. – Por qué diantre han de pegar en mi espalda?
Scapin. – (Metiendo otra vez la cabeza de Geronte en el saco) Tenga cuidado, aquí llegan media docena de soldados juntos. (Imitando las voces de varias personas) “Vamos, procuraremos encontrar a ese Geronte, busquemos por todos los sitios. No ahorremos pasos, recorramos toda la ciudad. No olvidemos ningún sitio. Registremos por partes. Vamos por allí. No por allá. A la izquierda. A la derecha”. (A Geronte con voz natural) Escóndase bien. “Ah, camaradas, aquí está su criado. Dinos, ¿dónde está tu amo?” ¡Señores no me maltraten! “Vamos, dinos dónde está. Habla. Date prisa. Desembucha. ¡Pronto!” (Geronte saca la cabeza con cautela y descubre la truhanería de Scapin) “Si no haces que encontremos en seguida a tu amo, dejaremos caer sobre ti una granizada de palos”. Prefiero sufrirlo todo a descubrir a mi amo. “Vamos a acogotarte” Hagan lo que quieran. (Al tratar de golpear el saco sale Geronte y Scapin huye).
Geronte. – (Solo) Infame! ¡Traidor! ¡Bandido! ¿Así me asesinas?
Escena III
Cerbineta. – (Riendo sin ver a Geronte) Ja, ja, quiero tomar un poco de aire.
Geronte. – (Sin ver a Cerbineta) Me las pagarás, te lo juro.
Cerbineta. – (Sin ver a Geronte) Ja, ja, ja divertida historia, ¡buen simplón el viejo!
Geronte. – No hay nada divertido en esto y no tienes por qué reírte.
Cerbineta. – Cómo? Qué quiere decir, señor?
Geronte. – Quiero decir que no debes burlarte de mí.
Cerbineta. – Quién piensa en burlarse de usted?
Geronte. – Por qué vienes a reírte en mis narices?
Cerbineta. – Yo me río sola de un cuento que acaban de decirme y que es de lo más divertido que ha podido oírse. No sé si es porque estoy interesada en la cosa, más no he encontrado nunca nada tan chusco como la jugarreta que acaba de hacer un tipo a su padre para sacarle dinero.
Geronte. – Un hijo a su padre para sacarle dinero?
Cerbineta. – ¿Sí, quiere que le cuente?
Geronte. – Te ruego que me cuentes esa historia.
Cerbineta. – Con mucho gusto. La suerte ha querido que me encontrara en una cuadrilla de gentes de esas llamadas egipcias y que, vagando de provincia en provincia, se dedicaban a decir la buenaventura y, a veces, a otras muchas cosas. Al llegar a esta ciudad, me vio un joven y se enamoró de mí. Desde ese momento me siguió los pasos y dio a conocer su pasión a las gentes que me retenían, y las encontró dispuestas a venderme a él mediante cierta suma. Mas lo malo del asunto es que mi amante se hallaba en escaso de dinero. Tiene un padre que, aunque rico, es un avaro consumado, el peor hombre del mundo. Espere, no puedo acordarme de su nombre. ¿Ayúdeme un poco, puede nombrarme a los habitantes de esta ciudad que son avaros en extremo?
Geronte. – No
Cerbineta. – Hay en su nombre algo de ron, ronte… or… oronte. No, Geronte. Sí, Geronte. Eso es, este es el desalmado, miserable. Volviendo ahora al cuento: nuestras gentes querían partir hoy de la ciudad, y mi enamorado iba a perderme por falta de dinero si, para sacárselo a su padre, no hubiera encontrado ayuda en la astucia de un criado suyo. En cuanto al nombre del criado, ese lo sé muy bien, se llama Scapin, es un hombre incomparable y merece todas las alabanzas que puedan hacerse.
Geronte. – (Aparte) ¡Ah, bergante!
Cerbineta. – He aquí la estratagema que ha usado para atrapar a su víctima. Ja, ja, ja, ¡ja! No puedo recordarlo sin reír con todas mis ganas. Jajajaja fue a buscar a ese maldito avaro, jajajajaja y le contó que, paseándose con su hijo por el puerto, jajajaja, habían visto una galera turca, a la cual los invitaron a subir y que un joven turco les ofreció una merienda. Jajajajaj y que mientras comían, la galera se hizo a la mar y el turco le mandó solo a tierra en un esquife con la orden de decirle al padre de su amo que se llevaría a su hijo si no le pagaba 500 ducados. Jajajajaja quería enviar a la justicia a la galera del turco, jajajaja, pidió a su criado a que fuera a ocupar el puesto de su hijo hasta que él hubiera reunido el dinero que no tenía ganas de dar. Jajajajja el criado le hacía comprender lo inadecuado de sus proposiciones y … me parece que no se ríe con el cuento. ¿Qué dice de él?
Geronte. – Digo que el joven es un pícaro insolente, al que castigará su padre por la jugarreta que le ha hecho y que la egipcia es una atrevida y una impertinente por dirigir injurias a un hombre de honor que sabrá enseñarla a venir a corromper a los hijos de familia y que el criado es un bandido a quien mandará Geronte a la horca antes que amanezca.
Escena IV
Silvestre. – Por qué se pone a platicar atolondradamente? ¿Sabe, acaso que estaba hablando con el padre de su galán?
Cerbineta. – Acabo de sospecharlo y me he dirigido a él sin fijarme para contarle su propia historia.
Silvestre. – Cómo? ¿Su historia?
Cerbineta. – Sí, estaba tan divertida con el cuento, que ardía en deseos de repetirlo. ¿Más qué importa? Peor para él. No veo que con ello las cosas puedan ponerse ni mejor ni peor para nosotros.
Silvestre. – Tiene muchas ganas de charlar y significa tener la lengua larga el no poder callar sus propios asuntos.
Cerbineta. – Y no lo hubiera él sabido por otro cualquiera?
Escena V
Arganto. – (Desde dentro) Silvestre!
Silvestre. – (A Cerbineta) Vaya a casa, ahí está mi amo que me llama.
Escena VI
Arganto. – Se han puesto de acuerdo para engañarme, Scapin, tú y mi hijo. ¿Creen que voy a tolerarlo?
Silvestre. – A fe mía, señor, si Scapin lo engaña, yo me lavo las manos y le aseguro que no tengo nada que ver con ello.
Arganto. – Ya aclararemos el asunto, truhán, ya aclararemos, no estoy dispuesto a que se burlen de mí.
Escena VII
Geronte. – Ah, señor Arganto! Véame aquí abrumado por la desgracia.
Arganto. – Veame a mí también en medio de un horrible abatimiento.
Geronte. – Scapin me ha sonsacado quinientos ducados por una truhanería
Arganto. – Pues ese mismo bergante me ha burlado doscientos ducados con otro engaño.
Geronte. – No se ha contentado con sacarme el dinero, me ha tratado, además, de un modo que me avergüenza contar. Pero me las pagará.
Arganto. – Quiero que me dé cuentas de la comedia que ha representado.
Geronte. – Y yo pretendo tomar venganza contra él.
Silvestre. – (Aparte) Quiera el cielo que no tenga yo mi parte en todo eso!
Geronte. – Mas no es todo, señor Arganto, y una desgracia nos anuncia siempre otra. Me regocijaba la esperanza de recobrar a mi hija, en la que cifraba todo mi consuelo y acabo de saber por ese hombre que ha partido hace tiempo de Tarento y que se teme haya con el navío que se embarcó.
Escena VIII
Geronte. – Ah, ya estás aquí, Nerina.
Nerina. – Ah señor!
Geronte. – Dónde está mi hija y su madre?
Nerina. – Su hija, señor, no está lejos de aquí, más antes de mostrarla, es preciso que le pida perdón por haberla casado, ante el abandono en que, al no hallarlo, me encontré con ella.
Geronte. – Mi hija casada?
Nerina. – Sí, señor.
Geronte. – Y con quién?
Nerina. – Con un joven llamado Octavio, hijo de cierto señor Arganto.
Geronte. – Oh Cielo!
Arganto. – Qué encuentro!
Geronte. – Llévanos a donde está.
Nerina. – No tienen más que entrar en esta mansión
Geronte. – Pasa, delante. Sígame, señor Arganto.
Silvestre. – Vaya una aventura sorprendente!
Escena IX
Scapin. – Y qué, Silvestre. ¿Qué hacen nuestras gentes?
Silvestre. – Tengo que darte dos noticias. Una, que el asunto de Octavio está arreglado. Nuestra Jacinta ha resultado ser la hija del señor Geronte, y el azar ha hecho lo que la prudencia de los padres tenía resuelto. Y la otra noticia es que los dos viejos lanzan contra ti espantosas amenazas, sobre todo el señor Geronte.
Scapin. – Eso no es nada. Las amenazas no han hecho nunca daño, son nublados que pasan muy lejos de nuestra cabeza.
Silvestre. – Ten cuidado, los hijos pueden arreglarse con los padres y quedar tú cogido en la red.
Scapin. – Déjame hacer, ya encontraré la manera de apaciguar su enojo y …
Silvestre. – Retírate, que ahí vienen.
Escena X
Geronte. – Vamos, hija mía, ven a casa. Sería completo mi gozo si hubiera podido ver a tu madre contigo.
Arganto. – Aquí llega muy oportunamente Octavio.
Escena XI
Arganto. – Ven, hijo mío, vamos a celebrar la feliz aventura de tu casamiento.
Octavio. – No, padre mío, todas tus proposiciones de matrimonio no servirán de nada. Debo confesarme ante ti. ¿Ya te contaron de mi compromiso?
Arganto. – Sí, más no sabes.
Octavio. – Sé todo cuánto hay que saber.
Arganto. – Quiero decirte que la hija del señor Geronte.
Octavio. – La hija del señor Geronte no será nunca nada para mí.
Geronte. – Es ella…
Octavio. – (A Geronte) no, señor, le pido perdón, mi resolución está tomada.
Silvestre. – Escuche
Octavio. – No, no escucharé nada
Arganto. – Tu esposa.
Octavio. – No, moriré antes que abandonar a mi adorada Jacinta. (Se pone al lado de ella) Sí, ya pueden hacer lo que quieran, he aquí a la mujer con la que he comprometido mi fidelidad. La amaré toda mi vida y no quiero otra esposa.
Arganto. – Pues bien, es ella la que te entregan, ¡Diablo de atolondrado que no quiere escuchar nada!
Jacinta. – (Señalando a Geronte) Sí, Octavio, he aquí a mi padre, a quien he encontrado, se acabaron ya nuestras inquietudes
Geronte. – Vamos a casa, estaremos mejor que aquí para conversar.
Jacinta. – (Señalando a Cerbineta) Ah, padre mío, te pido por favor que no me separes de ella. Tiene méritos que te harán estimarla cuando la conozcas.
Geronte. – Quieres que tenga en mi casa a una persona amada por tu hermano y que acaba de soltar en mis narices necedades de mí?
Cerbineta. – Señor, le ruego me disculpe. No hubiera hablado en ese tono de saber que era usted, solo lo conocía de fama.
Geronte. – Cómo? ¿De fama?
Jacinta. – Padre mío, la pasión que tiene mi hermano por ella no es criminal y respondo de su virtud.
Geronte. – Eso sí que es bueno. ¡No querrán que mi hijo se case con ella! ¡Una joven desconocida con oficio de vagabunda!
Escena XII
Leandro. – Padre mío, no te lamentes de que ame yo a una desconocida sin familia ni bienes. Aquellos de quienes la he rescatado acaban de revelarme que es de esta ciudad y de honrada familia, que ellos la robaron a la edad de 4 años y aquí está un brazalete que me han dado y que podría ayudarme a encontrar a sus padres.
Arganto. – Ay! Por ese brazalete veo que es mi hija, la que perdía a la edad que dices.
Geronte. – Tu hija?
Arganto. – Sí, lo es y en ella veo todos los rasgos que lo prueban.
Jacinta. – ¡Oh, cielos! ¡Que aventura extraordinaria!
Escena XIII
Carlo. – Ah, señores! Acaba de ocurrir un extraño accidente.
Geronte. – Qué ha sido de ello?
Carlo. – El pobre Scapin…
Geronte. – Es un pícaro al que quiero ahorcar
Carlo. – Ay señor! No tendrá que tomarse ese trabajo. Al pasar junto a un navío le ha caído sobre la cabeza un martillo de picapedrero y le ha roto el hueso, dejando al descubierto la sesera. Está agonizando y ha rogado que le trajeran aquí antes de morir.
Arganto. – Dónde está?
Carlo. – Aquí lo traen.
Escena XIV
Scapin. – (Llevado por dos hombres en una camilla) Ay, ay, ¡señores! Aquí me tienen, no he podido morir sin venir a pedir perdón a todas las personas a quien haya podido ofender. ¡Ay! Sí señores, antes de exhalar el último suspiro, les ruego con todo el corazón que consideren perdonarme todo lo que haya podido hacerles, en especial al señor Arganto y al señor Geronte.
Arganto. – Por mi parte, te perdono, muere en paz.
Scapin. – Y usted señor Geronte, es al que he ofendido más con aquellos palos que…
Geronte. – No hables más, también yo te perdono
Scapin. – Fue una gran temeridad de mi parte los palos que…
Geronte. – Dejemos eso
Scapin. – Siento, al morir, un dolor inconcebible por los palos que…
Geronte. – ¡Calla, dios mío!
Scapin. – Aquellos desdichados palos que…
Geronte. – Calla, te digo, lo olvido todo.
Scapin. – Ah, ¡cuánta bondad! ¿Pero, me perdona de buen grado los palos que…?
Geronte. – Sí! No hablemos más, te perdono todo, ya basta.
Scapin. – Ah señor! Qué alivio escucharlo
Geronte. – Te perdono a condición de que te mueras
Scapin. – Cómo, señor!
Geronte. – Retiro mis palabras si escapas de esta
Scapin. – ¡Ay, vuelvo a sentir desfallecimiento!
Arganto. – Señor Geronte, en atención a nuestra alegría hay que perdonarle sin condiciones.
Geronte. – Sea, pues
Arganto. – Vayamos a cenar juntos para gozar mejor de nuestro contento.
Scapin. – Y llévenme a un extremo de la mesa, en espera de mi muerte.
Fin
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