La escuela de los maridos es una comedia de Moliere. Es la historia de dos hermanos que se cuidaron al cuidado de dos niñas, hijas de un amigo de ellos que murió, el padre les pidió que cuidaran y educaran a sus hijos y que, cuando ellas crecieran, se casaran -cada uno con la niña que cuidó- o que les consiguieran un buen marido. Uno de los hermanos decide educar de manera muy estricta a la niña que le tocó para hacerla una mujer sumisa y ejemplar, el otro le da libertad para que ella decida. La obra comienza con las hermanas en edad casadera, los hermanos están decididos a casarse con las jóvenes y ellas… bueno, eso es lo divertido de la obra.

 

La escuela de los maridos

Moliere

 

Personajes

Sganarelle

Aristo

Isabel

Leonor

Liseta, doncella de Leonor

Valerio, enamorado de Isabel

Ergasto, criado de Valerio

Un comisario

Un notario

 

La acción en París

 

Acto Primero

 

Escena Primera

 

Sganarelle. – Hermano mío, no discutamos tanto y que cada uno de nosotros viva como le parezca. Aunque tengas sobre mí la ventaja de los años y seas lo bastante viejo para creerte sensato, te diré, sin embargo, que tengo el propósito de hacer caso omiso de tus reprensiones, que tengo por único consejo el de mi capricho y que me encuentro muy bien con mi manera de vivir.

Aristo. – Pues todos la condenan.

Sganarelle. – Sí, los locos como tú, hermano mío.

Aristo. – ¡Muchas gracias, el cumplido es benévolo!

Sganarelle. – Quisiera yo saber, pues hay qué oírlo, qué pueden reprocharme esos lindos censores.

Aristo. – Ese agrio humor, cuya severidad se aparta de todos los placeres de la sociedad, inspira a todas tus acciones un aire singular y te hace ser, hasta en tu ropa, un bárbaro.

Sganarelle. – Es cierto que debería estar más a la moda y no vestirme para mí. ¿Quieres, mi querido hermano mayor, pues a Dios gracias eres veinte años más grande que yo, quieres contagiarme los modales de los jóvenes pisaverdes sobre esta materia? ¿Obligarme a llevar esos sombreritos que dejan airearse sus débiles cerebros y lucir esos rubios cabellos con volumen suficiente para cubrir el rostro humano? ¿O esos pequeños jubones que se pierden bajo los brazos y esos enormes cuellos que penden hasta el ombligo? ¿O esas mangas que prueban las salsas en la mesa? O esos lindos zapatos, recubiertos de lazos, ¿qué te hacen parecer a pichones paticalzados? O esos grandes encañonados en los que, como en unos grillos, ¿esclavizamos a nuestras piernas todas las mañanas y en virtud de los cuales vemos a los galanes a andar esparrancados como si fueran aspas? ¿Te gustaría que yo me vistiera de esa manera? Aunque tú luces las necedades que hoy se llevan.

Aristo. – Hay que adaptarse siempre a la mayoría y no debe uno atraer las miradas. Chocan uno y otro extremo, y todo hombre sensato debe, tanto en sus trajes como en su lenguaje, no resultar afectado en demasía y seguir, sin gran celeridad, los cambios que en aquellos introduce el uso. Yo no creo que deba imitarse el sistema de esos a los que se ve siempre exagerar la moda, y que, llevados por ese afán que los enamora, se enojarían de que otro los superara, más sostengo que está mal, cualesquiera que sean los motivos en que uno se funde, apartarse tenazmente de lo que el mundo acata; y que es preferible soportar el que le incluyan a uno entre los locos a verse solo en el bando de la cordura.

Sganarelle. – Eso huele a viejo; viejo, sí, que para engañar oculta sus cabellos blancos con una peluca negra.

Aristo. – Es singular el cuidado que te tomas viniendo a echarme en cara mi edad, y que tenga que verte sin cesar de censurar mi alegría como si, condenado a no amar ya nada, debiera la vejez pensar solo en morir.

Sganarelle. – Sea lo que sea, estoy firmemente dispuesto a no desistir de mi indumento. Quiero un peinado, a despecho de la moda, bajo el cual tenga mi cabeza un cómodo abrigo; un buen jubón largo, cerrado como es debido, que mantenga el estómago caliente, para digerir bien; un calzón hecho justamente para mi muslo; unos zapatos dentro de los cuales no estén mis pies torturados, como aquellos que usaban sensatamente nuestros abuelos; y quien me encuentre mal, no tiene más carrera que cerrar los ojos.

 

Escena II

Leonor, Isabel, Liseta; Aristo y Sganarelle hablan en voz baja ante las candilejas sin ser vistos

Leonor. – (a Isabel) Me encargaré de todo en caso de que te riñan.

Liseta. – (a Isabel) De modo que metida siempre en un aposento sin ver a la gente?

Isabel. – Así lo ha hecho Dios.

Leonor. – Te compadezco, hermana.

Liseta. – (A Leonor) Suerte has tenido, señora, en que su hermano tenga un carácter distinto, y el destino te fue muy favorable haciéndote caer en manos del sensato.

Isabel. – Es realmente, un milagro que no me haya encerrado hoy con llave o llevado con él.

Liseta. – A fe mía, yo le enviaría al diablo con cuello viejo y…

Sganarelle. – (Empujado por Liseta) Qué quieres decir adónde vas?

Leonor. – No lo sabemos todavía, invitaba a mi hermana a que viniera a respirar la dulzura del buen tiempo: más…

Sganarelle. – (A Leonor) Tú puedes ir a donde te plazca. (Señalando a Liseta) Tú no tienes más que echar a correr, y tú (a Isabel) tú tienes prohibido salir.

Aristo. – Déjalas, hermano, que vayan a distraerse.

Sganarelle. – Soy tu servidor, hermano.

Aristo. – La juventud requiere…

Sganarelle. – La juventud es necia y, a veces, la vejez también.

Aristo. – Crees que le hace mal ir con Leonor?

Sganarelle. – Nada de eso, pero creo que está mejor conmigo.

Aristo. – Pero…

Sganarelle. – Pero nada, sus actos han de depender de mí y sé el interés que debo ponerle.

Aristo. – Yo pongo menos interés en su hermana!

Sganarelle. – Dis mío! Cada quien razona como le place. Ellas son huérfanas y su padre, nuestro amigo, nos encomendó su custodia en su lecho de muerte, encargándonos a los dos que nos casáramos con ellas, o en caso contrario, que las guiáramos, con plena protestad, desde su infancia, como padres. Tú cuidaste a una, yo cuidé a otra, cada quien puede criar a su gusto.

Aristo. – Creo…

Sganarelle. – Creo, y lo digo muy alto, que me expreso como es debido sobre ese asunto. Permites que la tuya vaya lucida y elegante, no me opongo, que tenga lacayo y doncella, consiento en ello; que corra, que sea ociosa y sea cortejada en libertad por los galanes; eso me satisface mucho. Más entiendo que la mía viva a mi antojo y no al tuyo; que lleve un vestido de honrada sarga y que solo use algo especial en los días de fiesta; que, encerrada en casa como una persona juiciosa, se consagre por entero a las cosas del hogar: a coser mi ropa en las horas de ocio o a hacer medias de punto, si es su gusto; que cierre sus oídos a las palabras de los hombres y que no salga nunca sola. En fin, la carne es débil y llegan hasta mí todos los rumores. No quiero lucir cuernos, si ello es posible, y como su suerte la lleva a casarse conmigo, pretendo poder responder de ella con mi persona.

Isabel. – No creo que tengas motivos.

Sganarelle. – Calladita, yo te enseñaré a no salir sin mí.

Leonor. – Cómo dice, señor?

Sganarelle. – Dios mío! Te hablaré con pocas palabras

Leonor. – No le gusta que Isabel venga conmigo?

Sganarelle. – No me gusta, la echas a perder para ser franco. Tus visitas me desagradan y quiero que las suspendas.

Leonor. – Quiere que mi corazón le hable también con franqueza? No sé con qué ojo verá ella todo esto; más sé lo que provoca la desconfianza, y aunque tangamos una misma sangre por nacimiento, somos muy poco hermanas si esa manera de tratarla le inspira amor.

Liseta. – En efecto, todos esos cuidados son cosa infame. ¿Estamos entre los turcos para encerrar a las mujeres? Pues dicen que en aquellas tierras las tienen como esclavas y que por eso allí son unos malditos de Dios. Nuestro honor está, señor, muy sujeto a flaquezas si necesita que lo guarden sin cesar. ¿Cree que esas preocupaciones sirvan de obstáculo a su propósito? ¿Y que cuando se le mete algo en la cabeza el hombre más listo no es un necio? Todas esas custodias son visiones de loco; lo más seguro es confiar en nosotras. El que nos atormenta corre un gran peligro, pues su honor quiere guardarse a sí mismo. Es inspirarnos casi deseo de pecar el poner tanto afán en impedírnoslo, y si me viera yo oprimida por un marido, sentiría una gran inclinación a confirmar su temor.

Sganarelle. – (A Aristo) ahí tienes, toleras esto?

Aristo. – Hermano, ese discurso solo me da risa, aunque tiene cierta razón en lo que quiere decir. A su sexo le agrada gozar de cierta libertad; se le refrena muy mal con tanta austeridad, y los cuidados recelosos, los cerrojos y rejas, no forjan la virtud de las mujeres ni de las doncellas, es el honor el que debe mantenerlas en el deber y no la severidad con que las tratemos. Es cosa extraña, hablando con franqueza, que una mujer sea juiciosa solo a la fuerza. En vano pretendemos reinar sobre sus pasos; creo que lo que hay que conquistar es el corazón, y por mucho afán que me tomar, yo no consideraría nada seguro mi honor en manos de una persona a quien, con los deseos que puedan asaltarla, le faltara únicamente un medio para flaquear.

Sganarelle. – Todo son patrañas.

Aristo. – Sea, más creo firmemente que debemos instruir, riendo, a la juventud, reprender sus defectos con gran dulzura y no atemorizarla con el nombre de la virtud. Mis cuidados por Leonor han seguido esas máximas; no he considerado como crímenes sus menores libertades; he accedido siempre a sus deseos juveniles y no he tenido que arrepentirme de ello, gracias al cielo. Le he permitido presenciar las bellas representaciones, las diversiones, bailes y comedias, son cosas que considero desde siempre muy adecuadas para formar el espíritu de la gente joven y la escuela del mundo, en cuyo aire hay que vivir, instruye mejor, a mi entender, que cualquier libro. Le gusta gastar en vestidos, ropa y cintas. Procuro satisfacer sus anhelos. Una orden paterna la obliga a casarse conmigo, más no tengo intención de esclavizarla. Sé muy bien que nuestras edades no guardan armonía y dejo a su elección entera libertad. Si cuatro mil escudos de renta y mi ternura compensan lo desigual de la edad, ella puede casarse conmigo y si no, escoger por otro lado. Consiento en que su destino sea mejor sin mí y prefiero verla feliz en otro matrimonio a que me entregue su mano a disgusto.

Sganarelle. – Es todo miel y azúcar!

Aristo. – en fin, es mi carácter, y doy gracias al cielo. No seguiré jamás esas severas máximas que hacen a los hijos desear que se acaben los días de sus padres.

Sganarelle. – Más la libertad que se alcanza en la juventud no se detiene luego con facilidad, y todos los sentimientos se acompasarán mal con tus deseos cuando ella deba cambiar su forma de vivir.

Aristo. – Por qué habría de cambiarlo?

Sganarelle. – Por qué?

Aristo. – Sí

Sganarelle. – No sé

Aristo. – Hay algo en su comportamiento que ofenda al honor?

Sganarelle. – Si te casas con ella no puede tener la misma libertad que de soltera!

Aristo. – Y por qué no?

Sganarelle. – Serás complaciente hasta el punto de permitirle lunares postizos y cintas?

Aristo. – Sin duda

Sganarelle. – Irán los galanes a tu casa?

Aristo. – Claro!

Sganarelle. – Y jugarán y le ofrecerán regalos?

Aristo. – Por supuesto

Sganarelle. – Eres un viejo loco. (A Isabel) vamos, no escuches este método infame.

 

Escena III

 

Aristo, Sganarelle, Leonor y Liseta

Aristo. – Quiero confiarme a la fidelidad de mi mujer y pienso vivir siempre como lo he hecho.

Sganarelle. – Qué placer sentiré si te ponen los cuernos!

Aristo. – Ignoro la suerte para la cual me ha hecho nacer mi estrella; mas sé, con respecto a ti, que si llegas a ser cornudo tú serás el único culpable porque haces todo lo necesario para serlo.

Sganarelle. – Ríe, viejo ridículo.

Leonor. – Si yo tuviera que ser su esposa no podría prometerle fidelidad.

Liseta. – Eso es hacer una ofensa a los hombres que confían en las mujeres.

Aristo. – Hermano, estás advertido de que encerrar a una esposa es mal recurso. Hata pronto.

Sganarelle. – Nos vemos pronto.

 

Escena IV

Sganarelle solo

Sganarelle. – Están hechos el uno para el otro! Qué linda familia! Un viejo insensato que presume de galancete con un cuerpo achacoso, una joven maestra consumada en coquetería, unos criados insolentes, no, la cordura misma no puede con ellos, perdería el sentido y la razón al querer corregir semejante casa. Isable podría echar en olvido, con estas visitas, los principios de honor que conmigo ha adquirido, y para impedirlo, procuraré que vuelva en seguida a atender mis cosas.

Escena V

Valerio, Sganarelle y Ergasto

Valerio. – (al fondo de la escena) Ergasto, aquí está ese Argos a quien odio, el severo tutor de la que adoro.

Sganarelle. – (Creyéndose solo) No es algo sorprendente la corrupción actual de las costumbres?

Valerio. – Quisiera abordarle, si me es posible, y procurar trabar conocimiento con él.

Sganarelle. – (creyéndose solo) en lugar de ver reinar este rigor al que tan bien se ajusta la antigua honestidad, la juventud en estos lugares, libertina, dominante, no toma… (Valerio saluda desde lejos a Sganarelle)

Valerio. – No ve que es a él a quien saludo.

Ergasto. – Su ojo malo será quizá el de este lado, pasemos al derecho.

Sganarelle. – (creyéndose solo) Hay que salir de aquí. La estancia en la ciudad no puede ocasionarme más que…

Valerio. – (Acercándose de poco) tengo que procurar meterme en su casa.

Sganarelle. – (oyendo ruido) Eh! Me pareció que hablaban. (creyéndose solo) En el campo, gracias al cielo, las necedades de la época no ofenden mis ojos.

Ergasto. – (A Valerio) abórdalo

Sganarelle. – (oyendo ruido de nuevo) qué hay? (no oye nada) me zumban los oídos (creyéndose solo). Allí todos los pasatiempos de nuestras jóvenes se limitan… (viendo que Valerio lo saluda). ¿Es a mí?

Ergasto. – (a Valerio) acércate

Sganarelle. – (Valerio vuelve a saludar) Viene a… qué diablo! (se da la vuelta y Ergasto lo saluda del otro lado) otro?

Valerio. – ¿Señor, es inoportuno este encuentro?

Sganarelle. – Pudiera ser

Valerio. – Cómo! El honor de conocerlo es una dicha tan grande, un dulce placer, que tenía yo gran deseo de saludarlo

Sganarelle. – Está bien

Valerio. – Y de venir sin ningún fingimiento a asegurarle que estoy a su servicio

Sganarelle. – Le creo

Valerio. – Tengo la suerte de ser su vecino y doy gracias por mi buena fortuna

Sganarelle. – Bien hecho

Valerio. – Más, sabe, ¿señor las noticias que corren por la corte y que parecen ciertas?

Sganarelle. – Qué me importan?

Valerio. – Es cierto, más de uno puede sentir curiosidad por las novedades. ¿No irá a ver los preparativos del nacimiento de nuestro príncipe?

Sganarelle. – Eso deseo

Valerio. – En París podemos participar en mil cosas, comparado con esto el campo es un lugar solitario. En qué emplea su tiempo?

Sganarelle. – En mis asuntos

Valerio. – El espíritu requiere descanso y, a veces, sucumbe por las tareas serias. Qué hace por las noches?

Sganarelle. – Lo que se me antoje

Valerio. – Sin duda, no se puede hablar mejor, esa respuesta es justa y siempre hay que hacer lo que se nos antoje. Si no supiera que está tan ocupado iría a su casa para la sobremesa.

Sganarelle. – Con permiso.

Escena VI

Valerio y Ergasto

Valerio. – Qué dices de ese loco tan raro?

Ergasto. – Tiene la réplica brusca y es muy irritable.

Valerio. – Me sofoca la rabia!

Ergasto. – Por qué?

Valerio. – Porque veo a la que amo en poder de un salvaje, de un dragón vigilante, cuyo rigor no la deja gozar de ninguna libertad.

Ergasto. – Una mujer custodiada está ganada a medias, topar con un marido enojado que gruñe y vigila a su mujer en exceso es lo mejor para que el terreno de la dama sea propicio. En pocas palabras: es una gran esperanza para ti que el tutor de Isabel sea tan severo

Valerio. – Más desde hace cuatro meses que la amo con pasión y no he conseguido hablarle ni por un momento.

Ergasto. – Entonces no sabe que la amas?

Valerio. – Ignora mis anhelos. Mi mirada ha intentado explicar mi amor arrebatado, pero no sé si ella puede entenderme. Cómo haré para decirle que la amo?

Ergasto. – Eso hay que pensarlo mejor, entremos a la casa.

 

Acto segundo

 

Escena primera

Isabel y Sganarelle

Sganarelle. – Anda, conozco la casa y la persona con solo los detalles que oigo de tus labios.

Isabel. – (Aparte) oh cielo! Sé para mi propicio y secunda en este día la diestra estratagema de un amor inocente.

Sganarelle. – Me dices que te han asegurado que se llama Valerio?

Isabel. – Sí

Sganarelle. – Anda, estate tranquila, entra en casa y déjame hacer, voy a hablar ahora mismo con ese joven alocado.

Isabel. – (marchándose) voy a realizar un plan demasiado atrevido para una joven, mas el injusto rigor que conmigo se emplea me servirá de disculpa ante las almas rectas.

 

Escena II

 

Sganarelle solo

Sganarelle. – (Va a llamar a la puerta creyendo que es la de Valerio) No perdamos más tiempo, aquí es. ¿Quién va? Bueno, estoy soñando. ¡Hola! ¡Digo hola! ¡Eh! ¿Hay alguien? Después de esa noticia, no me extrañaría que acudiera ahora con cauteloso paso

 

Escena III

 

Valerio, Sganarelle y Ergasto

 

Sganarelle. – (A Ergasto que ha salido bruscamente) Maldito sea el buey que para hacerme caer viene a plantarse a mi paso como una estaca!

Valerio. – Señor, lo siento

Sganarelle. – ¡Ah, es a usted a quien busco!

Valerio. – ¿A mí, señor?

Sganarelle. – A usted. ¿No se llama Valerio?

Valerio. – Sí

Sganarelle. – Vengo a hablarle si no le parece mal.

Valerio. – Puedo tener la dicha de servirlo?

Sganarelle. – No, más pretendo hacerle un favor, por eso estoy en su casa.

Valerio. – Quiere entrar?

Sganarelle. – No es necesario

Valerio. – Por favor, caballero.

Sganarelle. – No, no pasaré de aquí

Valerio. – Mientras esté aquí no puedo escucharlo

Sganarelle. – No quiero moverme

Valerio. – Bien, si así lo decide pueden traernos unas sillas

Sganarelle. – No, quiero hablarle de pie

Valerio. – Es una falta de urbanidad despreciar una silla

Sganarelle. – Hay otra descortesía más grande que no se puede igualar: la de no escuchar a la gente que quiere hablarle.

Valeria. – Lo escucho

Sganarelle. – Es lo mejor que puede hacer. Sabe que soy el tutor de una joven medianamente bella que habita en este barrio y que se llama Isabel?

Valerio. – Sí

Sganarelle. – Y sabe también que soy algo más que su tutor y que está destinada a casarse conmigo?

Valerio. – No

Sganarelle. – Entonces ya lo sabes, y también que es muy oportuno que la deje en paz.

Valerio. – Yo, señor?

Sganarelle. – Sí, usted. Deje de fingir

Valerio. – Quién le ha dicho que me ha traspasado el alma?

Sganarelle. – Ella misma. Como es una honesta joven que me ama desde su infancia acaba de confesármelo todo, y además, me ha encargado que le advierta que, desde que le sigue los pasos, su corazón, harto ultrajado por su persecución, ha entendido el lenguaje de sus ojos, que sus secretos anhelos los conoce bien y que es inútil explicar más su ardor.

Valerio. – Y dice que ella lo manda?

Sganarelle. – Sí, me manda a decirle que le advierta que no la busque más, adios, hasta la vista!

Valerio. – (Bajo) Ergasto, qué dices de esto?

Sganarelle. – (Aparte) Se queda sorprendido!

Ergasto. – (Bajo a Valerio) supongo que esa advertencia no es la de una persona que quiere ver cesar el amor que le inspira.

Sganarelle. – Tiene lo que se merece.

Valerio. – (A Ergasto) Crees que es misterioso

Ergasto. – Sí, pero nos observa, ocultémonos de su vista

 

Escena IV

 

Sganarelle. Solo

Sganarelle. – Cómo aparece la confusión en su rostro! No esperaba, sin duda, este mensaje. La educación que le he dado a Isabel está dando sus frutos, ella consagra sus afanes a la virtud y su corazón se ofende con las miradas de un hombre.

 

Escena V

 

Isabel y Sganarelle

 

Isabel. – (Bajo, al entrar) Temo que este amante, obcecado por su ardor, no haya comprendido la intención de mi aviso, y quiero, dentro de las cadenas que me aprisionan, arriesgarme a emplear otro que hable con más claridad.

Sganarelle. – Ya estoy de vuelta

Isabel. – Y qué?

Sganarelle. – Tus palabras han logrado un pleno efecto, y tu galán lleva su merecido. Quiso negarme que su corazón estuviera traspasado, mas al comunicarle esa embajada de tu parte se quedó en seguida mudo y confuso, y creo que no se ha repuesto aún.

Isabel. – Ah! ¿Qué dice? Me temo lo contrario y que nos haga todavía más de una jugada.

Sganarelle. – Y en qué fundas ese temor?

Isabel. – No bien saliste de la casa, asomé la cabeza a la ventana para tomar el aire y vi aparecer a un joven que vino a saludarme de parte de ese impertinente, arrojándome una caja que encierra una misiva amorosa. Quise devolverla sin demora, pero ya se había ido y ello llena de enojo mi corazón.

Sganarelle. – Qué desgraciado!

Isabel. – Es mi deber hacer que devuelvan en seguida caja y carta a ese maldito enamorado y para ello necesito a otra persona, no me atrevería a pedírselo a usted…

Sganarelle. – Al contrario, querida; eso es probarme mejor tu amor y tu fidelidad y mi corazón acepta gozoso ese encargo; te agradezco más de lo que puedo expresar

Isabel. – Tome, entonces

Sganarelle. – Bien. Veamos qué te ha escrito

Isabel. -No! No puede abrirla, pensará que he sido yo. Una joven honesta debe negarse a leer las esquelas que le envíe un hombre. La curiosidad demostraría un secreto placer. Me parece oportuno que, cerrada como está, le sea devuelta prontamente, para que sepa que no hay esperanzas y no vuelva a intentar semejante extravagancia.

Sganarelle. – Tienes razón. Tu virtud me encanta y también tu prudencia. Veo que mis lecciones han germinado en tu alma y que eres digna de ser mi esposa.

Isabel. – No quiero, sin embargo, contrariar su deseo, puede abrir la carta si lo desea.

Sganarelle. – No, tus razones son justas y voy a cumplir tu encargo.

 

Escena VI

 

Sganarelle solo

Sganarelle. – Qué felicidad invade mi corazón al ver a una joven tan juiciosa! Tengo en mi casa un tesoro de honestidad. ¡Tomar una mirada de amor por una traición! ¡Recibir una misiva como una injuria grave y hacer que se la devuelva yo mismo al galán! Viendo esto, me gustaría saber si se portará así la de mi hermano. A fe mía, las jóvenes son lo que se les hace ser. ¡Hola! (llama a la puerta de Valerio)

 

Escena VII

Sganarelle y Ergasto

Ergasto. – Diga?

Sganarelle. – Toma y dile a tu amo que no vuelva a escribir cartas que manda en cajas de oro y que a Isabel le ha disgustado enormemente. Ni siquiera ha sido abierta, así sabrá su señor el nulo caso que le hace a sus afanes.

 

Escena VIII

 

Valerio y Ergasto

Valerio. – Qué acaba de darte esa hosca fiera?

Ergasto. – Esta carta, señor, que metida en la caja que ves, pretende Isabel haber recibido de su parte, y por la cual, según dice él, está atrozmente irritada. La devuelve sin querer abrirla. Lea pronto.

Valerio. – (leyendo) Esta carta te sorprenderá, sin duda, puede parecer una osadía de mi parte escribirla y la manera de enviarla, más me veo en una situación ante la cual no puedo tener moderación. El justo horror a un matrimonio del que estoy amenazada para dentro de seis días me obliga a arriesgarlo todo, y resuelta a librarme de él por el medio que sea, he creído que debía escogerte a ti antes que a la desesperación. No piense, sin embargo, que se lo debe todo a mi mala fortuna, no es el apuro en que me encuentro el que me ha hecho brotar los sentimientos que por ti tengo, más tal apuro es el que precipita su declaración haciéndome saltar por encima de las formalidades que el decoro obliga. Solo de ti dependerá que sea tuya muy pronto y espero únicamente que me manifiestes las intenciones de tu amor para hacerte saber la resolución que he tomado, más toma en cuenta que el tiempo urge y que dos corazones que se aman deben entenderse con media palabra.

Ergasto. – Puede creer que una doncella sea capaz de esos ardides amorosos?

Valerio. – La encuentro por completo adorable! Ese rasgo de ingenio y de interés hace que crezca mi amor y ello, unido a los sentimientos que me inspira su belleza…

Ergasto. – Aquí viene la víctima, piense muy bien en lo que debe decir

 

Escena IX

 

Sganarelle, Valerio y Ergasto

 

Sganarelle. – (Creyéndose solo) Oh, bendito sea tres y cuatro veces este edicto por el que se prohíbe el lujo en el vestir! Las penas de los maridos no serán ya tan grandes y las mujeres encontrarán un freno para sus peticiones. (Viendo a Valerio) Vuelves a enviar esquelas amorosas en cajas de oro? Gastas tu pólvora, ella es juiciosa, me ama y tu osadía la ultraja, apunta a otra parte y lárgate a tiempo.

Valerio. – Sí, sí, su mérito, ante el cual todos se rinden, pone ante mis anhelos un obstáculo muy grande y sería una locura que yo pretendiera el amor de Isabel.

Sganarelle. – Sería una locura, en efecto.

Valerio. – Por eso yo no hubiera permitido que este corazón mío se prendara de los hechizos de Isabel de haber sabido que iba a encontrarme con un rival como usted.

Sganarelle. – Eso creo

Valerio. – Ahora ya no abrigo la menor esperanza, le dejo el camino libre, sin rechistar

Sganarelle. – Haces bien

Valerio. – El derecho así lo prescribe y su persona brilla con tantas virtudes que haría yo mal en ver con mirada iracunda los tiernos sentimientos que por usted experimenta Isabel.

Sganarelle. – Se comprende

Valerio. – Sí, sí, le dejo el puesto, más le suplico, al menos que le diga a Isabel que sí desde hace tres meses arde mi corazón por ella, pero que ese amor es puro y no ha pensado en nada que pueda ofender su honor.

Sganarelle. – Sí

Valerio. – Y que, si no dependiera sino de la elección de mi alma, todos mis anhelos serían convertirla en mi esposa, si el destino no opusiera un obstáculo a esta justa pasión.

Sganarelle. – Muy bien

Valerio. – Y que, hagan lo que quieran, no hay que pensar en que sus encantos se borren jamás de mi memoria, que, sea cual sea el fallo de los cielos que deba yo soportar, mi destino es amarla y que si hay algo que detenga mi persecución es el justo respeto que siento por sus méritos.

Sganarelle. – Eso es hablar con cordura, y voy ahora mismo a repetirle este discurso, que no la ofenderá, más procure por todos los medios expulsar esta pasión de tu cerebro. ¡Adiós!

Ergasto. – Qué inocente!

 

Escena X

Sganarelle solo

Sganarelle. – Me produce una gran compasión este pobre infeliz, enamorado en demasía, mas ha hecho mal en pretender tomar una fortaleza conquistada por mí.

 

Escena XI

 

Sganarelle e Isabel

Sganarelle. – Jamás ha demostrado un amante tal trastorno ante una carta devuelta sin abrir, ha perdido, al fin, toda esperanza y se retira, más me ha pedido amistosamente que te diga “que al menos, al amarte, no ha pensado nunca en nada que pudiera ofender tu honor, y que no dependiendo sino de la elección de su alma, su único anhelo era lograrte por esposa, si el destino, representado por mí, que cautivo tu corazón, no opusiera un obstáculo a esa justa pasión, que, hagan lo que quieran, no debes creer que tus encantos se borren jamás de su memoria, que, sea cual fuere el fallo de los cielos que deba él soportar, su destino será amarte hasta el último suspiro, y que si hay algo que detenga su persecución es el justo respeto que siente por mis méritos”. Son sus propias palabras, y lejos de censurarle, me parece un hombre honrado y le compadezco por amarte.

Isabel. – (Bajo) Su ardor no engaña mi secreta convicción y sus miradas me dieron siempre la inocencia de aquel.

Sganarelle. – Qué dices?

Isabel. – Que es cruel para mí ver que compadeces a un hombre a quien odio como  a la muerte y que si me amaras tanto como dices comprenderías la afrenta que me hace con su persecución.

Sganarelle. – Más él no sabía de tu predilección y dada la rectitud de sus intenciones, no merece tu amor…

Isabel. – ¿Dígame, es tener buenas intenciones querer raptar a las personas? ¿Es ser hombre forjar deseos para casarse conmigo a la fuerza arrebatándome de tus manos? ¡Cómo si yo fuera una joya que soporta la vida después de tal infamia!

Sganarelle. – Cómo!

Isabel. – Sí, sí, he sabido que ese traidor amante habla de raptarme, ignoro por qué secreto medio se ha enterado tan pronto del propósito de que nos casemos dentro de ocho días, porque apenas ayer me lo dijiste, más él quiere adelantarse a esa fecha, según dicen.

Sganarelle. – Eso no está bien.

Isabel. – ¡Oh, perdóname! Es un hombre muy honrado y solo siente por mí…

Sganarelle. – Hace mal, eso es pasarse de la raya

Isabel. – Vaya, eres muy benevolente y eso agrava la locura. Si usted se hubiera puesto enérgico, temería a sus arrebatos y a mi enojo. Pues después del desprecio a su carta es cuando ha difundido el propósito que me escandaliza, según me han dicho, él cree que yo rechazaré casarme con usted y que sería feliz de unirme a él.

Sganarelle. – Está loco.

Isabel. – Delante de usted oculta su carácter con la intención de burlarse. Créame, el traidor lo engaña con bellas palabras. Debo confesar que soy muy desgraciada. Y qué, pese a todos mis afanes por vivir honestamente y por rechazar los deseos de un cobarde corruptor, ¡tenga que verme expuesta a enojosas sorpresas y a que se comentan contra mí infames atentados!

Sganarelle. – Vete y no temas nada

Isabel. – Le digo, por mi parte, que si no le pone alto a una acción tan atrevida abandonaré todo, renunciando al disgusto de sufrir las afrentas que de él recibo.

Sganarelle. – No te aflijas tanto, iré a buscarlo para decirle sus verdades.

Isabel. – Dile, por lo menos, que no lo niegue, que sé de buena fuente su propósito y que, no debe ser el causante de una desgracia.  Pero dígaselo en un tono que le pruebe que mi corazón le habla seriamente.

Sganarelle. – Tranquila, no se me olvidará nada.

Isabel. – Espero su vuelta con impaciencia, dese prisa, le ruego, desfallezco si estoy un momento sin verlo.

 

 

 

Escena XII

Sganarelle solo

Sganarelle. – Hay persona mejor ni más juiciosa? ¡Ah qué feliz soy! ¡Cómo me satisface encontrar a una mujer a medida de mis deseos! Sí, así deben ser las mujeres, y no como otras que yo sé: coquetas descaradas, que se dejan señalar por todo París. (Llama a la puerta de Valerio) Hola! ¡Salga nuestro galán, el de las bellas empresas!

 

Escena XIII

 

Valerio, Sganarelle, Ergasto

 

Valerio. – Qué lo trae de nuevo por estos lugares?

Sganarelle. – Tus simplezas

Valerio. – Cómo!

Sganarelle. – Ya sabes de lo que quiero hablarte. Te creía más cuerdo. ¿No te da vergüenza forjar tales proyectos? ¿Pretender raptar a una joven honesta y trastornar un matrimonio que la hará feliz?

Valerio. – Quién le ha dado esa extraña noticia?

Sganarelle. – No disimule, lo sé por Isabel, que se siente ofendida por ese proyecto, moriría antes que sufrir esa insolencia.

Valerio. – Sí es cierto que ella ha dicho lo que acabo de oír, confesaré que mi pasión a nada puede ya pretender, con esas palabras, harto claras, veo que todo ha concluido, y debo acatar el fallo pronunciado por ella.

Sganarelle. – Dudas acaso de mi palabra? Sígueme, ella hablará para sacarte de tu error.

 

Escena XIV

 

Isabel, Sganarelle, Valerio y Ergasto

 

Isabel. – Cómo? ¿Me lo tres? ¿Cuál es su intención? ¿Quieres obligare a amarle y soportar sus visitas?

Sganarelle. – No, tu corazón me es demasiado querido para eso, mas toma él mis avisos por embustes, cree que hablo por mi cuenta y que te presento astutamente llena de odio hacia él y de ternura por mí, y he querido, en fin, que le sacases por ti misma y para siempre de ese error que alimenta su amor.

Isabel. – Cómo! ¿No se muestra mi alma por entero ante sus ojos y puedes dudar aún de mis anhelos?

Valerio. – Si todo cuanto el señor me ha dicho de su parte, señora, es realmente para sorprender a un espíritu, he dudado, lo confieso, y ese fallo supremo que decide la suerte de mi gran amor debe ser para mí lo bastante evidente para no sentirse ofendido de que mi corazón quiera oírlo pronunciar por dos veces.

Isabel. – No, no: ese fallo no debe sorprenderlo, él le ha hecho saber mis sentimientos, y los he fundado sobre la suficiente firmeza para que resaltase toda su verdad. Sí, quiero que se sepa, y debe creerlo,  que el destino pone aquí dos veces ante mis ojos que, por inspirarme ambos diversos sentimientos constituyen hoy las emociones todas de mi corazón. El uno, por mi justa elección, que interesa a mi honor, logra toda mi estimación y mi ternura, y el otro, como premio a su afecto, provoca mi cólera y mi aversión. La presencia del uno es para mí grata y produce en mi alma el más completo gozo. Y la vista del otro inspira a mi corazón secretos impulsos de odio y horror. Ser esposa del uno es mi único anhelo, y antes que pertenecer al otro perdería la vida. Mas ya he mostrado bastante mi justo sentir, y harto he sufrido con tan duros tomentos; preciso es que el que amo, obrando con presteza, haga al que odio perder toda esperanza y que un venturoso casamiento libre a mi destino de un suplicio más atroz para mí que la muerte.

Sganarelle. – Sí, querida; pienso realizar tu esperanza.

Isabel. – Es el único medio de hacer que sea feliz

Sganarelle. – Lo será muy pronto

Isabel. – ya sé que es vergonzoso que las jóvenes manifiestan tan libremente sus anhelos.

Sganarelle. – Nada de eso

Isabel. – Más en la situación que se halla mi suerte debe permitírseme tales libertades, y puedo, sin sonrojo, hacer tan dulce confesión a quien miro ya como esposo.

Sganarelle. – Si, mi pobre paloma, niñita de mi alma.

Isabel. – Que piensa ya, por favor, en probarme su pasión.

Sganarelle. – Sí, ten, besa mi mano.

Isabel. – Que, sin suspirar más, concierte un matrimonio que representa todas mis ansias y acepte en este lugar la seguridad que le ofrezco de no escuchar jamás los anhelos de otra persona. (Finge abrazar a Sganarelle y da su mano a besar a Valerio)

Sganarelle. – Ah, mi chiquilla, mi muñeca, ¡no sufrirás mucho tiempo te lo aseguro! (A Valerio) Vete. Como ves, no la fuerzo a decirlo, solo por mí vive su alma.

Valerio. – Pues bien, señora, eso es explicarse lo suficiente. Vero por ese discurso lo que debo hacer, sabré evitarle la presencia del que tan gran violencia le ocasiona.

Isabel. – No podrás darme mayor placer, ya que, en fin, su presencia es enojosa de soportar, me resulta odiosa y el horror es tan fuerte…

Sganarelle. – Eh?

Isabel. – Le ofendo hablando de este modo?

Sganarelle. – ¡Nunca, dios mío! No digo eso, solo compadezco en verdad a este pobre hombre, tu odio se revela con demasiada crudeza.

Isabel. – No podría mostrarle el suficiente en este encuentro.

Valerio. – Sí, sí, quedarás contenta, y dentro de tres días tus ojos no verán ya al ser que es odioso.

Isabel. – En buena hora. ¡Adiós!

Sganarelle. – Lamento mucho tu infortunio

Valerio. – No escuchará queja alguna de mi corazón, esta señora nos hace indudablemente justicia a ambos, y voy a procurara atender sus deseos. ¡Adiós!

Sganarelle. – Pobre joven! Su dolor es inmenso, vaya, abrázame, es como si yo fuera ella misma. (Abraza a Valerio)

 

Escena XV

Isabel y Sganarelle

 

Sganarelle. – Lo compadezco con todo corazón

Isabel. – Bah! No hay que compadecerle.

Sganarelle. – Por lo demás tu amor me conmueve en alto grado, encanto, y quiero que tengas tu recompensa. Son demasiado ocho días para tu impaciencia, mañana mismo nos casaremos, pues no quiero…

Isabel. – Mañana!

Sganarelle. – Finges demorarlo por pudor, más sé muy bien la alegría que mis palabras te causan y quisieras, incluso, que se hubiera efectuado ya la cosa.

Isabel. – Más

Sganarelle. – Vamos a preparar todo para la boda

Isabel. – (Aparte) ¡Oh, cielo, inspírame algo para poder detenerlo!

Acto Tercero

 

Escena primera

Isabel sola

Isabel. –  Sí, la muerte es mejor que ese casamiento. Ya es de noche, iré a confiar mi suerte a mi enamorado.

 

Escena II

Isabel y Sganarelle

Sganarelle. – (Hablando a los que están en casa) Vuelvo ahora, y mañana irán de mi parte…

Isabel. – 0h, cielos!

Sganarelle. – Eres tú encanto mío? Adónde vas tan tarde? Dijiste cuando te dejé que ibas a encerrarte en tu cuarto por estar cansada, e incluso me pediste permanecer ahí descansando hasta mañana.

Isabel. – Es cierto, pero

Sganarelle. – Qué?

Isabel. – No sé cómo decirle, es mi hermana la que me obliga a salir ahora, me ha pedido mi aposento en el que se ha encerrado

Sganarelle. – Cómo!

Isabel. – Está loca, ha venido aquí sola, a esta hora, a revelarme su amorosa inquietud, a decirme, resuelta, que perderá la vida si su alma no logra el objeto de sus ansias, que desde hace más de un año sus corazones mantenían una pasión en secreto y que se habían dado palabra de casamiento.

Sganarelle. – Qué desalmada!

Isabel. – Que, al saber la desesperación en que he puesto a su amado, venía a rogarme que permitiera que ella se hiciera pasar por mí para hablar con su enamorado y aprovechar hábilmente el afecto que siente por mí para que se lo expresara a ella.

Sganarelle. – Y a ti qué te parece eso?

Isabel. – A mí? Me irrita. Le he dicho: hermana mía, estás loca? No te avergüenza sentir semejante amor por esa clase de personas que cambian a diario, olvidar tu sexo y defraudar la esperanza de un hombre que el cielo te señalaba por esposo?

Sganarelle. – Bien lo merece él, y ello me satisface

Isabel. – En fin, mi enojo ha usado cien razones para censurarla y negarme a su petición, pero ha llorado tanto, y la veo tan arrastrada a la desesperación que mi corazón ha tenido que ceder, y para justificar esta intriga nocturna, a la que me obliga a consentir la ternura fraterna, iba yo a hacer que viera a dormir conmigo Lucrecia, cuyas virtudes me alabas tanto a diario, más me has sorprendido con tu pronto regreso.

Sganarelle. – No, no, no quiero todo ese misterio en mi casa, accedería a ello si se tratara de mi hermano, más alguien puede verlo desde afuera y la mujer a quien debo el honor con mi persona no solo ha de ser púdica y bien nacida, sino que ni siquiera tiene que despertar sospechas. Vayamos a expulsar a la infame y de su pasión…

Isabel. – ¡Ah, la avergonzarías en exceso! Al menos deja que la haga salir.

Sganarelle. – Bueno, hazlo.

Isabel. – Más, sobre todo, escóndete, te lo ruego, y deja que salga sin que digas nada

Sganarelle. – Sí, por amor a ti contendré mis impulsos, más no bien haya salido, quiero ir en busca de mi hermano a contarle el asunto.

Isabel. – Pero por favor no me nombres. Buenas noches, voy a encerrarme ahora mismo

Sganarelle. – Hasta mañana. ¡Qué impaciencia siento por ver a mi hermano y contarle todo! Lo merece

Isabel. – (Dentro de la casa) Sí, lo siento mucho, pero me es imposible, ayudarte, hermana, mi honor peligra demasiado. Retírate antes de que sea tarde.

Sganarelle. – Aquí viene, me parece muy enojada con temor a que cerremos la puerta con llave.

Isabel. – (Saliendo) Oh, cielo, ¡no me abandones!

Sganarelle. – (Aparte) a dónde irá? Sigamos sus pasos

Isable. – (Aparte) La noche me favorece, al menos, en mi desconcierto

Sganarelle. – (Aparte) a casa de su amante! ¿Cuál es su empeño?

 

Escena III

 

Valerio, Isabel y Sganarelle

 

Valerio. – (Saliendo de pronto) sí, quiero hacer un intento esta noche para hablar. Quién anda ahí?

Isabel. – (A Valerio) no hagas ruido, Valerio, soy Isabel.

Sganarelle. – Miente, perra, no es Isabel, ella obedece con exceso las leyes del honor, que tú olvidas, no emplees físicamente su nombre y voz

Isabel. – (A Valerio) Mas como no te vea por un sagrado casamiento

Valerio. – Sí, es lo único que quiero, te doy mi palabra de que mañana mismo iré a pedir tu mano

Sganarelle. – (Aparte) pobre necio engañado!

Valerio. – No te preocupes, afronto el poder de tu engaño y antes de que puedan apartarte de mí mataré al que se oponga a nuestra pasión.

 

Escena IV

Sganarelle solo

Sganarelle. – Ah! Te aseguro que no siento deseos de quitarte a la infama esclavizada a tu pasión, que no despierta mis celos la ofrenda de tu amor y que serás su esposo, a fe mía. Sí, hagamos que le sorprendan con esta descarada, la memoria del padre tiene derecho a ser respetada y eso unido al interés que me merece la hermana, exige, cuando menos, que procuremos devolverle su honor. (Llama a un comisario)

 

Escena V

 

El comisario. – Qué hay?

Sganarelle. – Hola, señor comisario. Su presencia, es necesaria, acompáñeme por favor

El comisario. – Salíamos a …

Sganarelle. – Es un hecho bastante urgente. Hay que entrar ahí para sorprender juntas a dos personas a quienes hay que unir en matrimonio, se trata de una joven a la que conozco, y a quien, bajo palabra de casamiento, ha seducido un tal Valerio, haciéndola entrar en su casa. Ella es de familia noble y honrada; más…

El comisario. – si es por eso, el encuentro es feliz, ya que tenemos aquí un notario.

Sganarelle. – Este señor?

Notario. – Sí, soy notario real

El comisario. – Además, hombre de honor

Sganarelle. – Ni qué decir, colóquense en esta puerta y no se dejen sobornar

El comisario. – Cómo! Cree que puede un hombre de justicia?

Sganarelle. – No he querido acusar su profesión. Iré por mi hermano

 

Escena VI

 

Aristo y Sganarelle

 

Aristo. – Quién llama? Ah, hermano!

Sganarelle. – sal, te tengo una buena noticia.  Dónde está Leonor?

Aristo. – Creo que en el baile, en casa de su amiga

Sganarelle. – Sígueme y verá a qué baile ha ido la doncella.

Aristo. – Qué vienes a contarme?

Sganarelle. – Bien la has educado, con dulzura y cuidados. Pues la muy ladina se ha ido a casa del señor Valerio y en este momento se halla en sus brazos.

Aristo. – Quién?

Sganarelle. – Leonor

Aristo. – No bromees

Sganarelle. – No lo hago, te digo que Valerio tiene a Leonor en su casa y que se han prometido mutua fidelidad

Aristo. – Eso no tiene sentido

Sganarelle. – Dios mío! Sígueme, verás que no miento

Aristo. – Será verdad que haya podido convenir a semejante compromiso sin decirme?

Sganarelle. – Con tus propios ojos juzgarás el asunto, ya hay ahí un comisario y un notario para llevar a cabo el matrimonio que repare el honor perdido. No deben burlarse de ti

 

Escena VII

Sganarelle, Aristo, Comisario, Notario

El comisario. – No hay que hacer uso de la fuerza, señores. Los dos anhelan casarse y Valerio ha afirmado que toma por esposa a la que tiene en su poder

Aristo. – Y la joven?

El comisario. – Está encerrada y no quiere salir hasta que usted acceda a sus deseos

 

Escena VIII

 

Los mismos y Valerio

Valerio. – (en la ventana de la casa) No, señores, y nadie entra hasta que me muestren la resolución, saben bien quién soy y si quieren aprobar el enlace tienen que firmar esta declaración, si no, me arrancaré la vida antes que dejar arrebatarme el objeto de mi amor.

Sganarelle. – No, no pensamos separarte de ella

Aristo. – (a Valerio) Es Leonor?

Sganarelle. –  (A aristo) Callate

Aristo. – Pero…

Sganarelle. – Silencio, digo

Aristo. – Quiero saber

Valerio. – En fin, ocurra lo que ocurra, Isabel tiene mi palabra, tengo la suya y no soy un partido que puedan rechazar.

Aristo. – (a Sganarelle) lo que dice no es…

Sganarelle. – Callaos (A Valerio) sí, está bien, consentimos los dos en que seas el esposo de la que está en tu casa.

Valerio. – Accedo

Sganarelle. – Firma, hermano

Aristo. – Pero todo este misterio…

Sganarelle. – Firma, infeliz

Aristo. – El habla de Isabel, tú de Leonor

Sganarelle. – No estás conforme, hermano, si ella consiente, en dejarles a los dos que cumpla su palabra?

Aristo. – En efecto

Sganarelle. – Firma entonces, yo también lo haré

Aristo. – Sea, pero no entiendo

Sganarelle. – Ya se aclarará

El comisario. – Ahora volvemos

Escena IX

Leonor, Sganarelle, Aristo, Liseta

 

Leonor. – ¡Oh, singular martirio! ¡Cuan enojosos me parecen esos jóvenes! Me he marchado del baile por su culpa

Liseta. – Todos querían estar con usted!

Leonor. – Eran insoportables, creen que todas caerán con sus pelucas rubias, y piensan que es absurdo amar a un viejo. ¿Qué estoy viendo?

Sganarelle. (A aristo) el asunto es así… (Viendo a Leonor) ah! ¡Aquí está con su doncella!

Aristo. – Leonor, sin mostrar enojo, tengo motivos de queja. Bien sabes que siempre he dejado que hagas lo que deseas en libertad, pero tu proceder me duele, francamente, haberme ocultado esto

Leonor. – No entiendo por qué me hablas así, soy la misma de siempre y nada alterará la estimación que te tengo, si lo deseas podemos casarnos mañana mismo

Sganarelle. – Cómo? ¿No sales de casa de Valerio? ¿No has confesado sus amores hoy? ¿No estás enamorada de él desde hace un año?

Leonor. – Quién ha dicho eso?

 

Escena X

Los mismos e Isabel, Valerio, Comisario, Notario y Ergasto

Isabel. – Hermana mía, te pido perdón si he mancillado tu nombre con mi osadía. El urgente apuro me ha inspirado hace poco esta vergonzosa estratagema, tu ejemplo condena semejante arrebato, pero la suerte nos trató a las dos de una forma muy diferente. (a Sganarelle) Señor, discúlpeme, pero el cielo no nos hizo a los dos para estar juntos, me reconozco indigna de sus afanes y hubiera preferido verme en manos de otro a merecer un corazón como el suyo.

Valerio. – (A Sganarelle) Yo por mi parte, cifro toda mi gloria y mi supremo bien en poderla recibir, señor, de su mano

Aristo. – Hermano, hay que tomar esto con templanza, tus procedimientos son la causa de semejante acción

Liseta. – A fe mía! Esto es un hecho ejemplar

Leonor. – No sé si ese hecho debe estimarse, pero yo no puedo censurarlo

Ergasto. – Su estrella le expone a ser cornudo

Sganarelle. – (Saliendo de la postración en que estaba sumido) No, no, no puedo salir de mi asombro. Esta deslealtad confunde mi juicio, no creo que el propio Satán pueda ser tan perverso como semejante bribona. Hubiera puesto por ella esta mano en el fuego. Desdichado el que se fie de las mujeres! Renuncio para siempre a ese sexo engañoso, lo mando todo al diablo de buen grado.

Aristo. – Vamos todos a mi casa, mañana intentaremos apaciguar su enojo

Liseta. – (Al público) Si tienen maridos feroces, mándelos a nuestra escuela.

 

Fin

 

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