Esta obra de Moliere sirvió para enlazar diferentes bailes y cuadros musicales realizados en honor de la princesa Carlota-Isabel de Baviera. En esta comedia Moliere no desempeñó ningún papel, se limitó a dirigir los ensayos. 

La condesa de Escarbañas

Moliere

 

Personajes

 

La condesa de Escarbañas

El conde, su hijo

El Vizconde, amante de Julia

El señor Tibaudier, consejero, amante de la condesa

El señor Robinet, maestro del señor conde

El señor Harpin, recaudador de tributos, otro amante de la condesa

Andrea, doncella de la condesa

Juanillo, lacayo del señor Tibaudier

Criquet, lacayo de la condesa

 

Acto Único

 

Escena Primera

Julia y el Vizconde

 

El Vizconde. – Cómo! ¿Estás ya aquí, señora?

Julia. – Sí. Y esto debería avergonzarte, Cleanto, no es nada digno de un amante llegar el último a la cita.

El Vizconde. – Hubiera llegado hace una hora si no hubiera contratiempos en el mundo, me ha detenido un viejo que quería noticias de la Corte, solo para después contarme las cosas más extravagantes que te puedas imaginar, según él sabe más cosas que los integrantes del Gabinete.

Julia. – Adornas tu disculpa para que parezca agradable y sea más fácilmente aceptada.

El Vizconde. – Esa es la causa de mi retraso, bella Julia, si quisiera darte una excusa galante te diría que llegué tarde porque quiero evitar estar a solas con esta condesa ridícula, no entiendo por qué quieres que finja que me interesa, si yo solo quiero estar contigo.

Julia. – Ya sabemos que nunca te faltará el ingenio para adornar tus culpas. Sin embargo, si hubieras llegado media hora antes, habríamos aprovechado todos esos momentos, pues la condesa ha salido y estoy segura de que ha ido a la villa a jactarse de la comedia que me representarás en su nombre.

El Vizconde. – Cuándo pondrás fin a esta farsa y me venderás menos cara la dicha de verte?

Julia. – Cuando nuestros padres se pongan de acuerdo, lo cual no me atrevo a esperar. Ya sabes, como yo, que los conflictos de nuestras familias no nos permiten vernos en otro sitio, y que mis hermanos, así como tu padre, no son lo bastante razonables como para tolerar nuestro amor.

El Vizconde. – Pero no podemos solo vernos a escondidas en lugar de obligarme a fingir interés por la condesa?

Julia. – Es para ocultar mejor nuestro amor, además, ese fingimiento me resulta una comedia muy divertida, no sé si la que presentarán hoy me divertirá más. Nuestra condesa de Escarbañas, con su perpetua manía de grandeza, es un personaje tan excelente como los que aparecerán en escena. El viajecito que ha hecho a París la ha devuelto más perfecta de lo que era. La proximidad del ambiente de la Corte ha prestado a su ridiculez nuevos atractivos, y su necedad aumenta y se embellece a diario.

El Vizconde. – Sí, más no te das cuenta de que el juego que te divierte tortura mi corazón, y que no es uno capaz de burlarse largo tiempo cuando se lleva en el alma una pasión tan seria como la que por ti siento. Es cruel, bella Julia, que esa diversión robe a mi amor un tiempo que él quisiera emplear en explicarte su ardor, anoche compuse unos versos que hablan sobre esto:

Harto tiempo Iris, ya me das tormento…

Cómo ves, he puesto Iris en lugar de Julia.

Harto tiempo, Iris, ya me das tormento

Si acato tus leyes, las censuro en voz baja

Forzándome a callar la tortura que sufro

Y a confesar un mal que yo no experimento

Esos ojos tan bellos que me vencen, contento,

¿Necesitan burlarse de mis tristes suspiros?

Y si me hacen penar esos tus encantos,

¿También sus placeres me impondrán sufrimiento?

Esta doble tortura no me deja vivir,

Y lo que he de callar y lo que he de decir,

Abruma cruelmente mi pobre corazón.

La violencia le mata, la pasión le da vida.

Y si por piedad no te sientes conmovida

Provocarán mi muerte la verdad y la ficción.

Julia. – Vero que te presentas ahí peor tratado de lo que eres en realidad, más es una licencia que se toman los señores poetas esta de mentir a sabiendas y de atribuir a sus amantes crueldades que no tienen para ponerse a tono con los pensamientos que puedan ocurrírseles. Sin embargo, me complacerá que me des esos versos por escrito.

El Vizconde. – Es suficiente con haberlos recitado y debo limitarme a eso. Está permitido ser, a veces, lo bastante loco para componer versos, más no para querer que sean vistos.

Julia. – Es inútil que te escondas tras una falsa modestia, ya se sabe en sociedad que tienes talento y no veo la razón que te obliga a ocultarlo.

El Vizconde. – ¡Dios mío, señora! Procedamos en esto, si te place, con mucho tiempo, es peligroso en el mundo jactarse de tener talento. Ello encierra cierto ridículo, en el que resulta fácil incurrir, y hay amigos nuestros cuyo ejemplo temo.

Julia. – Dios mío! Por mucho que me digas, Cleanto, veo con todo esto que te mueres de ganas de dármelos y te pondría en un apuro si fingiera que no me interesan.

El Vizconde. – ¡Yo, señora! Te burlas, no soy tan poeta como pudieras creer para… pero aquí llega la señora condesa de Escarbañas. Saldré por la otra puerta para no encontrármela, e iré a preparar a toda mi gente para la diversión que te he prometido.

 

Escena II

 

La condesa, Julia, Andrea, Criquet al fondo

 

La condesa. – ah dios mío, señora! ¿Estás sola? ¡Qué lástima! ¡Completamente sola! Creía que mi gente me había dicho que el vizconde estaba aquí.

Julia. – Es cierto que ha venido, pero ha sido suficiente para él saber que no estabas para irse.

La Condesa. – Cómo! ¿Te ha visto?

Julia. – Sí

La Condesa. – Y no te ha dicho nada?

Julia, – No, señora, y ha querido demostrar con eso que pertenece por completo a tus hechizos.

La Condesa. – Realmente, le reñiré por esa acción. Si algún amor me tiene, quiero que los que me aman ofrenden lo que debe al sexo, yo no tengo, en modo alguno, el carácter de esas mujeres injustas que celebran las descortesías que sus amantes hacen a otras damas.

Julia. – No debe sorprenderte su proceder. El amor que le concedes resplandece en todas sus acciones, y no tiene ojos más que para ti.

La Condesa. – Creo hallarme en situación de poder suscitar una pasión violenta, y para ello cuento con suficiente belleza, juventud y calidad, a Dios gracias, mas ello no es motivo para que, pese a lo que inspiro, deba portarse de esa forma. (Viendo a Criquet) Qué haces ahí? ¿No hay, acaso una antecámara donde estar para acudir cuando se te llama? Es singular esto de que yo no pueda tener, en provincia, ¡un lacayo que sepa su oficio! ¿A quién estoy hablando? ¿Quieres irte fuera, bribón?

 

Escena III

 

La Condesa, Julia y Andrea

 

La Condesa. – Joven, acércate.

Andrea. – Qué desea, señora?

La Condesa. – Quítame la cofia. Con cuidado, torpe. ¡Cómo me mueves la cabeza con tus torpes manos!

Andrea. – Voy, señora, lo más suavemente que puedo.

La Condesa. – Sí, pero lo más suavemente que puedes es muy violento para mi cabeza. Toma, también estos guantes, no dejes por ahí encima todo eso y llévalo a mi guardarropa. ¡Qué! ¿Adónde vas? ¿Adónde? ¿Qué quiere hacer esta zopenca?

Andrea. – Quiero, señora, como has dicho, llevar esto a quien guarda la ropa.

La Condesa. – Ah, Dios mío, ¡qué impertinente! (a Julia) Te pido perdón. (A Andrea) Te he dicho que mi guardarropa, gran lerda, es decir donde están mis vestidos.

Andrea. – ¿Es que se llama, señora, en la corte, guardarropa a un armario?

La Condesa. – Sí, bruta, se llama así el sitio donde se ponen los vestidos.

Andrea. – Ya lo recordaré, señora, y también que debe llamarse guardamuebles al granero.

 

Escena IV

La Condesa y Julia

 

La Condesa. – Qué trabajo hay que tomarse para educar a estos animales!

Julia. – Los encuentro muy afortunados, señora, por estar bajo tu disciplina

La Condesa. – Es hija de mi nodriza, por eso es mi doncella, pero es aún muy novata.

Julia. – Eso revela un alma hermosa, señora, es muy encomiable educar así a las criaturas.

La Condesa. – ¡Vamos, unas sillas! Lacayo, lacayo, ¡lacayo! Es, en verdad, ¡violento esto de no tener un lacayo que traiga sillas! Sirvientas, lacayos, ¡alguien! ¡Me parece que toda mi servidumbre ha muerto, y que nos veremos obligadas a coger nosotras mismas unas sillas!

 

Escena V

 

La Condesa, Julia y Andrea

 

Andrea. – Qué desea, señora?

La Condesa. –  No tendría que gritarte tanto!

Andrea. – Estaba guardando su ropa en su arma… digo, en su guardarropa

La Condesa. – Llama al tonto del lacayo

Andrea. – Criquet!

La Condesa. – ¡No seas ordinaria, no es Criquet es el lacayo!

Andrea. – Lacayo, entonces y no Criquet, ¡ven a hablar con la señora! Creo que está sordo. Criq…! ¡Lacayo, Lacayo!

 

Escena VI

 

La Condesa, Julia, Andrea, Criquet

 

Criquet. – Qué se le ofrece?

La Condesa. – Dónde estabas, bribón?

Criquet. – En la calle, señora.

La Condesa. – Y por qué en la calle?

Criquet. – Me dijo que me marchara fuera.

La Condesa. – Eres un impertinente, fuera es, en términos distinguidos, la antecámara. Andrea, que el caballerizo le de unos latigazos a este idiota, es insufrible

Andrea. – Quién es el caballerizo? ¿Es Carlos al que llama así?

La Condesa. – Cállate, necia. Solo abres la boca para decir tonterías. (A Criquet) Unas sillas (A Andrea) Y tú, enciende las bujías de los candelabros de plata, ya anochece. ¿Qué sucede? ¿Por qué me miras asustada?

Andrea. – Señora

La Condesa. – Señora, ¿qué? ¿Qué pasa?

Andrea. – Es que…

La Condesa. – Qué?

Andrea. – Es que no tengo bujía

La Condesa. – Cómo! ¿No tienes ninguna?

Andrea. – No, señora, como no sean velas de sebo

La Condesa. – Ordinaria! ¿Y dónde está la cera que mandé comprar estos días pasados?

Andrea. – No la he visto desde que estoy aquí

La Condesa. – Retírate, insolente. Te enviaré con tus padres, dame un vaso con agua.

 

Escena VII

 

La Condesa y Julia haciéndose reverencias para sentarse

La Condesa. – Señora!

Julia. – Señora!

La Condesa. – ¡Ah, señora!

Julia. – ¡Ah, señora!

La Condesa. – ¡Por Dios, señora!

Julia. – ¡Por Dios, señora!

La Condesa. – ¡Oh, señora!

Julia. – ¡Oh, señora!

La Condesa. – ¡Eh, señora!

Julia. – ¡Eh, señora!

La Condesa. – ¡Vamos, señora!

Julia. – ¡Vamos, señora!

La Condesa. – Estoy en mi casa, señora. Estamos de acuerdo sobre esto. ¿Me tomas por una provinciana, señora?

Julia. – ¡Dios me guarde, señora!

 

Escena VIII

 

La Condesa, Julia, Andrea trayendo un vaso con agua y Criquet

 

La Condesa. – (A Andrea) Vamos, tonta, yo bebo con una salvilla. Te dije que trajeras una salvilla.

Andrea. – Criquet, ¿Qué es una salvilla?

Criquet. – Una salvilla?

Andrea. – Sí

Criquet. – No lo sé

La Condesa. – No te mueves?

Andrea. – No sabemos ninguno de los dos, señora, lo que es una salvilla

La Condesa. – Es un plato sobre el cual se pone el vaso.

 

Escena IX

La Condesa y Julia

La Condesa. – Viva París para estar bien servida! Allí te entienden con una simple mirada.

 

Escena X

 

La Condesa, Julia, Andrea trayendo un vaso con agua con un plato encima y Criquet.

La Condesa. – Vaya! ¿Te he dicho así, cabeza de buey? Es debajo donde hay que poner el plato

Andrea. – Eso es muy fácil (Andrea rompe el vaso al ponerlo sobre el plato)

La Condesa. – Bien! ¡Atolondrada! En verdad te digo que me pagarás el vaso

Andrea. – Bueno, sí, señora, lo pagaré

La Condesa. – Ves esta torpe, esta ordinaria, esta bruta, esta…

Andrea. – (marchándose) Diantre! Señora, si lo pago, no quiero que me regañe

La Condesa. – Vete de mí vista

 

 

 

Escena XI

 

La Condesa y Julia

 

La Condesa. – En verdad, señora, ¡son cosa singular estos pueblos pequeños! No se conocen las altas costumbre, acabo de hacer dos o tres visitas y vaya que me he desesperado ante el poco respeto que tienen a mi calidad.

Julia. – Dónde han aprendido a vivir? No han hecho ningún viaje a París

La Condesa. – No dejarían de aprender si quisieran escuchar a las personas, más lo malo que veo en ello es que quieren saber tanto como yo, que he estado dos meses en París y he visto a toda la Corte.

Julia. – Qué gente más necia!

La Condesa. – Son insoportables con las impertinentes igualdades al tratar a las personas. Ah mí lo que más me molesta es que un provinciano tenga el descaro de decir que es tan caballero como mi difunto esposo, que residía en el campo, era dueño de una jauría de galgos y siempre firmaba sus documentos como Conde de Escarbañas

Julia. – Saben vivir mucho mejor en París, en esos hoteles cuyo recuerdo debe ser tan querido. Ese hotel de Lyon, el de Holanda. ¡Qué agradables mansiones!

La Condesa. – Es cierto que hay mucha diferencia de esos lugares a todo esto. Allí acude gente distinguida que sabe respetar. No se levanta una de su asiento si no quiere y cuando se desea algo se ve una servida en el momento oportuno.

Julia. – Me imagino que durante tu estancia en París has hecho muchas conquistas de calidad.

La Condesa. – Puedes creerme si te digo que todo lo que se llama galanes en la corte no han dejado de acudir a mi puerta y de requebrarme y guardo en mi arquilla sus billetes, que pueden demostrar las proposiciones que he rechazado, no es necesario decirte sus nombres, ya se sabe lo que quiere decir una con eso de galanes de la corte.

Julia. – Me sorprende, señora, que de todos esos ilustres nombres que adivino, hayas podido conocer a un señor Tibaudier y a un señor Harpin. Claro que ese par no puede compararse a su Vizconde, aunque provinciano es un vizconde. Y los señores Tibaudier y Harpin no tienen ese título.

La Condesa. – Son gentes a las que se tiene que tratar en provincia por si alguna vez son necesarios, al menos sirven para llenar los vacíos de la galantería, y es conveniente no dejar a un amante como único dueño del terreno por temor a que, por falta de rivales, su amor se duerma en la excesiva confianza.

Julia. – Confieso que siempre aprendo mucho de lo que dices, tu conversación es una escuela y vengo a ella diariamente para aprender algo.

 

Escena XII

 

La Condesa, Julia, Andrea y Criquet

 

Criquet. – (A la Condesa) Ahí está Juanillo, que pregunta por usted, señora, de parte del consejero.

La Condesa. – Ves, tontuelo, ya has hecho otra burrada de las tuyas. Un lacayo que sabe su papel hubiera ido a hablar muy bajito a la señorita doncella, que habría venido, a su vez, a decir quedamente al oído de su ama: “señora, ahí está el lacayo del señor Fulano, que quiere decirle unas palabras”, a lo cual la señora hubiera contestado: “hazlo pasar”

 

Escena XIII

 

La Condesa, Julia, Andrea, Criquet y Juanillo

 

Criquet. – Entra, Juanillo

Juanillo. – De parte del señor consejero, señora, que la saluda, y antes de venir a verla le envía unas peras de su jardín con esta esquela.

La Condesa. – Son unas hermosas peras. Andrea, lleva esto a la cocina.

 

Escena XIV

 

La Condesa, Julia, Criquet y Juanillo

 

La Condesa. – (Dando dinero a Juanillo) Toma, esto es para ti

Juanillo. – ¡Oh no, señora!

La Condesa. – Toma te digo!

Juanillo. – Mi amo me ha prohibido aceptar algo de usted

La Condesa. – No importa

Juanillo. – Perdón, señora

Criquet. – ¡Cógelo, Juanillo! Si no lo quieres, me lo prestas

La Condesa. – Dile a tu amo que le agradezco

Criquet. – (A Juanillo, que se va) Dame eso

Juanillo. – Sí, necio sería

Criquet. – Soy yo el que te ha dicho que lo tomes

Juanillo. – Lo hubiera tomado, aunque no me dijeras

La Condesa. – Lo que me gusta de ese señor Tribadier es que sabe vivir con las personas de mi clase y que es muy respetuoso.

 

Escena XV

 

El Vizconde, la Condesa, Julia y Criquet

 

El Vizconde. – Señora, vengo a avisarle que la comedia estará preparada en seguida y que dentro de un cuarto de hora podemos pasar a la sala

La Condesa. – No quiero molestias. (A Criquet) No dejen entrar a nada

El Vizconde. – En ese caso, señora, renuncio a la comedia, no encontraría placer en ella si la concurrencia no es numerosa. Créame si quieres divertirte en grande diles a tus criados que dejen entrar a todo el pueblo

La Condesa. – Lacayo, una silla (Al Vizconde, después de que se ha sentado). Llegas a punto para recibir un pequeño sacrificio que quiero hacerte. Toma, es una carta del señor Tibaudier, que me manda unas peras. Te doy permiso para leerla en voz alta, no la he visto aún.

El Vizconde. – (después de leer en voz baja la esquela) He aquí una carta de fino estilo, señora y que merece oírse: “Señora, no hubiera podido hacerle el presente que le envío si no recogiese más fruta de mi jardín que la que recojo de mi amor”

La Condesa. – Eso demuestra claramente que no hay nada entre nosotros.

El Vizconde. – (Sigue leyendo) Las peras aún no están aún maduras, más concuerdan mejor con la dureza de su alma, que, por sus continuos desdenes, no me promete peras blandas. Permite, señora, que, sin adentrarme en una presentación de sus perfecciones y encantos, que me precipitaría en un progreso a lo infinito. Termino esta esquela haciendo notar que soy tan buen cristiano como las peras que te mando, puesto que devuelvo bien por mal, es decir, señora, para explicarme más claramente, yo te ofrezco unas peras de buen cristiano, en lugar de unas peras de angustia, que son las que tus crueldades me hacen tragar a diario. Atentamente: tu indigno esclavo, Tibaudier”. Esta es una carta que debe conservarse.

La Condesa. – Hay quizás alguna palabra mal escrita, pero me complace altamente.

Julia. – Tienes razón y aunque pueda ofenderse el Vizconde, yo amaría a un hombre que me escribiera así.

 

Escena XVI

 

El señor Tibaudier, el Vizconde, la Condesa, Julia y Criquet

 

La Condesa. – Acérquese, señor Tibaudier, entre sin miedo. Su carta ha sido bien recibida, lo mismo que las peras, y esta señora habla a favor suyo y en contra de su rival.

El señor Tibaudier. – Le estoy muy agradecido, señora, y si alguna vez tiene un pleito en nuestra sala, verá que no olvidaré el honor que me hace, constituyéndose en abogado de mi pasión ante sus encantos.

Julia. – No necesita abogado, señor, si es justa su causa.

El señor Tibaudier. – A pesar de eso, señora, el buen derecho necesita ayuda y tengo motivos para temer el verme suplantado por semejante rival, y que la señora condesa esté influida por esa cualidad de vizconde.

El Vizconde. – Alguna esperanza tenía yo, señor Tibaudier, antes de leer su carta, pero ahora temo por mi amor.

El señor Tibaudier. – He aquí, señora, dos pequeños versos que he compuesto en su honor.

El vizconde. – ah! No creí que el señor fuera un poeta, con esos dos versos me mata.

La Condesa. – Querrá decir, dos estrofas. Lea, por favor

El señor Tibaudier. –

Dama de alta cualidad

Me ha robado el corazón

Cuenta ella con su beldad

Y yo tengo mi pasión

Más siento reprobación

Por su orgullo sin piedad.

El Vizconde. – Estoy perdido después de eso

La Condesa. – Es bonito el primer verso “dama de alta cualidad”

Julia. – Me parece un poco largo, pero se puede permitir esa licencia para expresar un bello pensamiento.

La Condesa. – Vamos, otra estrofa

El señor Tribaudier.

No sé si dudas de mi constante amor

Mas sé que en todo instante quiere mi corazón

Huir de su sombría y doliente mansión

Para ir, respetuoso, a mostrarte su ardor.

Si te convenciera entonces mi ternura leal

Mi encendido fervor y mi fe sin igual,

Deberías, a cambio, por noble regalía,

Contentarte con ser solamente condesa

Despojándonos, por mí, de esa piel de tigresa

Que oculta tus gracias en la noche y el día.

El Vizconde. – Me ha ganado el señor Tibaudier

La Condesa. – No intentes burlarte, para ser hechos en provincia son muy hermosos versos

El Vizconde. – Cómo, señora! ¿Burlarme yo? Aunque sea mi rival, encuentro esos versos admirables, y no los llamo solo estrofas sino epigramas, tan buenos como todos los de Marcial.

La Condesa. – Cómo? ¿Marcial hace versos? ¡Creí que solo hacía guantes!

El señor Tibaudier. – No es ese Marcial, señora, es un autor que vivía hace treinta o cuarenta años.

El Vizconde. – El señor Tibaudier ha leído a los grandes autores, como usted notará. Mas veamos, señora, si mi música y mi comedia, con mis intermedios de baile, pueden combatir con sus dos estrofas y con la canta que mandó.

La Condesa. – Es preciso que mi hijo el conde esté presente, pues ha llegado esta mañana de mi castillo con su maestro al que veo ahí dentro.

 

Escena XVII

 

La Condesa, Emilia, el Vizconde, Tibaudier, Bobinet y Criquet

La Condesa. – ¡Ah, el señor Bobinet!

El señor Bobinet. – Buenas tardes a toda la honorable compañía. ¿Qué desea la señora condesa de Escarbañas de su muy humilde servidor Bobinet?

La Condesa. – A qué hora, señor Bobinet, ¿salieron de Escarbañas mi hijo y usted?

El señor Bobinet. – A las ocho y tres cuartos, como lo ordenó

La Condesa. – Cómo están mis dos otros hijos, el marqués y el comendador.

El señor Bobinet. – Están, gracias a Dios, en perfecta salud.

La Condesa. – Dónde está el conde?

El señor Bobinet. – En su estancia con alcoba, señora.

La Condesa. – Y qué hace?

El señor Bobinet. – Redacta un tema, señora, que acabo de dictarle sobre una epístola de Cicerón.

La Condesa. – Dígale que venga

El señor Bobinet. – Como lo ordene, señora.

 

Escena XVIII

 

La Condesa, Julia, el Vizconde y el señor Tibaudier

El Vizconde. – (A la Condesa) El señor Bobinet presenta, señora, un gran aspecto de sabio y creo que tiene talento.

 

Escena XIX

 

La Condesa, Julia, el Vizconde, el Conde, el señor Bobinet, el señor Tibaudier

El señor Bobinet. – Vamos, señor conde, demuestre que saca provecho de las buenas lecciones que se le dan. Haga la reverencia a toda esta selecta reunión.

La Condesa. – (Señalando a Julia) Conde, salude a la señora, haga la reverencia al señor vizconde, salude al señor consejero.

El señor Tibaudier. – Estoy encantado, señora, de que me conceda el honor de abrazar al señor conde, su hijo. No se puede amar al tronco sin amar también a las ramas.

La Condesa. – ¡Dios mío, señor Tibaudier! ¿Qué comparación has empleado?

Julia. – En verdad, señora, el conde tiene un aspecto magnífico

El Vizconde. – He aquí a un joven gentilhombre que llega bien al mundo.

Julia. – Quién diría que la condesa tiene un hijo tan mayor!

La condesa. – Ah, cuando lo tuve yo era tan joven, ¡que jugaba aún con muñecas!

Julia. – Es como tu hermano no como tu hijo.

La Condesa. – Señor Bobinet, ponga cuidado en su educación.

El señor Bobinet. – Señora, no olvidaré nada para cultivar esta tierna planta, cuya dirección me ha hecho el honor de confiarme su bondad y procuraré inculcarle la semilla de su virtud.

La Condesa. – Señor Bobinet, haga que diga alguna pequeña galantería de las que le enseña.

El señor Bobinet. – Vamos, señor conde, recite la lección de la mañana

El conde. – Omme viro soli quod convenit esto virile. Omne viri…

La Condesa. – ¡Uf, señor Bobinet! ¿Qué necedades son estas que le enseña?

El señor Bobinet. – Es latín, señora

La Condesa. – Dios mío! Enséñele un latín mejor que ese

El señor Bobinet. – Si quiere explico lo que acaba de decir

La Condesa. – No, no, ya se explica bastante

 

Escena XX

 

La Condesa, Julia, el Vizconde, el Señor Tibaudier, el Conde, el señor Bobinet y Criquet

Criquet. – Los comediantes mandan decir que están ya preparados

El Vizconde. – Es preciso advertir que esta comedia ha sido escrita para enlazar los diferentes trozos de música y de baile y que…

La Condesa. -Dios mío! Ya veamos la cosa

El Vizconde. – Qué empiece lo más pronto que puedan y que procuren impedir que venga algún inoportuno a perturbar nuestra diversión. (Los violines inician una obertura)

 

Escena XXI

 

La Condesa, Julia, El Vizconde, el Conde, el Señor Harpin, el señor Tibaudier, el señor Bobinet y Criquet

El señor Harpin. – La cosa es bella, y me regocijo de ver lo que veo!

La Condesa. – ¡Ah, señor recaudador! ¿Qué quiere decir, va a interrumpir la comedia?

El señor Harpin. – ¡Diantres, señora! Estoy encantado de esta aventura y esto me hace ver lo que debo creer en usted y la seguridad que hay en la entrega de su corazón y en los juramentos de fidelidad que me hiciste.

La Condesa. – Mas, realmente, no llega uno así a interponerse en una comedia y a perturbar a un actor que está hablando.

El señor Harpin. – La verdadera comedia es la que están representando aquí y si los perturbo, me tiene sin cuidado.

La Condesa. – No sabes lo que dices.

El señor Harpin. – Lo sé muy bien! Sé lo que estás haciendo con el señor Vizconde

El Vizconde. – No sé, señor, de que se queja…

El señor Harpin. – A usted, señor, no tengo nada que decirle, No juzgo sus acciones y me disculpo por interrumpir su comedia, más no debe encontrar extraño tampoco que me queje de su proceder y tenemos razón los dos en hacer lo que hacemos.

El Vizconde. – No tengo nada que decir a eso, desconozco por completo los motivos de queja que pueda tener contra la señora condesa de Escarbañas.

La Condesa. – Cuando se sufre de celos, no se procede de este modo, va uno a quejarse suavemente a la persona amada.

El señor Harpin. – Quejarme suavemente!

La Condesa. – Sí, no se tiene que gritar en un teatro lo que puede decirse privadamente.

El señor Harpin. – ¡Vengo aquí, tripas de Lucifer! Con deliberado propósito, es el sitio que conviene y desearía que fuera un teatro público para decirle con mayor escándalo todas las verdades.

La Condesa. – Hay que armar un alboroto tan grande por una comedia que el señor Vizconde me ofrece? Ya ve cómo el señor Tibaudier, que me ama, lo toma más respetuosamente que usted.

El señor Harpin. – El señor Tibaudier lo tomará como le plazca, no sé de qué manera habrá estado el señor Tibaudier contigo, más el señor Tibaudier no es un ejemplo para mí y no estoy dispuesto a pagar los violines para que bailen los demás.

La Condesa. – Señor recaudador, no piensa lo que dice. No se trata así a las damas de alcurnia, y los que escuchan creerán que hay algo extraño entre usted y yo.

El señor Harpin. – Diablos, señora, ¡dejémonos de tonterías!

La Condesa. – Qué quiere decir con eso?

El señor Harpin. – Quiero decir que no encuentro raro que se rinda ante los méritos del señor vizconde, no es la primera mujer que representa en el mundo esa clase de papeles ni que tiene, junto a ella, a un señor recaudador, cuya pasión y cuya bolsa se la ve traicionar por el primero que le entre por los ojos. Mas no encontrará tampoco extraño que no quiera yo ser víctima de una infidelidad tan corriente en las coquetas de esta época y que venga a asegurarnos, ante una buena concurrencia, que rompo mi relación con usted y que el señor recaudador no será más el señor donador para usted.

La Condesa. – Es maravilloso ver cómo están de moda los amantes furiosos! No se ve otra cosa por todas partes. Vamos, vamos señor recaudador, deje su enojo y venga a sentarse para ver la comedia.

El señor Harpin. – ¡Yo, yo sentarme! (Señalando al señor Tibaudier). Busque a los lobos a sus pies. Le cedo, señora condesa, al señor Vizconde, y a él será a quien enviaré, sin tardar, sus cartas. Ya he hecho mi escena y representado mi papel.

El señor Tibaudier. – Señor recaudador ya nos veremos fuera de aquí y le mostraré que soy capaz de todo.

El señor Harpin. – Tiene razón, señor Tibaudier

La condesa. – Por mi parte estoy confusa ante esta insolencia.

El Vizconde. – Los celos, señora, son como los que pierden un pleito, se les permite decirlo todo. Pongamos atención a la comedia.

 

Escena XXII

 

La condesa, el Vizconde, Julia, el señor Tibaudier y Juanillo

 

Juanillo. – (Al Vizconde) Aquí tiene, señor, una carta que me han dicho le entregue en seguida.

El Vizconde. – (Leyendo) Para el caso de que tenga alguna medida que tomar, le envío este aviso. La discusión entre sus padres y los de Julia acaba de llegar a un arreglo, y la condición de ese acuerdo es el casamiento de ella con usted. Buenas noches. (a Julia) Pues esto pone fin a nuestra comedia. (El Vizconde, la condesa, Julia y el señor Tibaudier se levantan)

Julia. – Ah Cleanto, ¡qué dicha! ¿Se hubiera atrevido nuestro amor a esperar tan feliz éxito?

La Condesa. – Cómo! ¿Qué quiere decir esto?

El Vizconde. – Eso quiere decir que me caso, señora, con Julia, y si me hace caso, para que resulte la comedia completa del todo, usted se casará con el señor Tibaudier y entregará la mano de la señorita Andrea a su lacayo, a quién él hará ayuda de cámara.

La Condesa. – Cómo! ¿Engañar de este modo a una persona de mi calidad?

El Vizconde. – Ha sido sin querer ofenderla, señora, y las comedias requieren cosas de este género.

La Condesa. – Sí, señor Tibaudier, me casaré con usted para que todo el mundo se enoje.

El señor Tibaudier. – Será un gran honor para mí, señora.

El Vizconde. – (A la Condesa) permita, señora, aún con su enojo, que podamos presenciar el resto del espectáculo.

FIN

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