“OCTUBRE TERMINÓ HACE MUCHO TIEMPO”

Pilar Campesino

PERSONAJES:

Mario

Elena

 Escena:

 

(Pequeño departamento de aspecto deteriorado, frío, viejo y de apariencia triste. Por todas partes y en absoluto desorden, abundan libros, revistas, papeles y montones de periódicos. Sobre la mesa del comedor, pequeña y de material corriente, yacen aun los platos sucios de la noche anterior. Mario y Elena siguen acostados a pesar de la avanzada hora del día. Ella ha empezado a fastidiarse y se remueve inquieta sin lograr acomodo.

Mario completamente ajeno lee un texto político.

 

Elena: (Harta) ¿A que hora tenemos que llegar? (Mario no la escucha) Mario.

 

Mario: (Absorto) Mmm.

 

Elena: ¿A que hora quedamos de estar en casa de tus padres?

 

Mario: (Sin despegar los ojos del texto) Acabo este capitulo y nos vamos. (Sigue leyendo. Elena, abatida, se deja caer nuevamente sobre la almohada).

 

Elena: (Al cabo de un momento; sobre lo mismo) van a dar las dos. (Silencio)

 

Mario: (De pronto; en lo suyo) Tienes que leer este libro, mi vida. No tiene madre.

(La ceniza se le desprende del cigarro, formando un negro lamparón en las sabanas. Elena indignada, le alarga de mala manera el cenicero rebosante de colillas).

 

Elena: ¡Después, yo tengo que lavar las sabanas!

(Mario lo toma a tientas para depositarlo sobre la mesita, sobre la que busca a ciegas su cuaderno de notas).

 

Mario: (Al no encontrarlo) ¿Mi cuaderno?

 

Elena: (Contenida) A mi que me preguntas. Es tu cuaderno, ¿no? Tu sabrás donde lo dejaste.

(Le vuelve la espalda, cubriéndose completamente con la cobija. Mario se levanta a buscarlo por todo el departamento).

Mario: (Molesto, revolviendo libros y papeles) En esta casa nunca se encuentra nada.

 

Elena: (Observándolo detenidamente) ¿Por qué no te decides, Mario? Esa beca es nuestra oportunidad ¿O es que ya no te atraganta este pinche país de mierda?

 

Mario: (Terminante) No pienso claudicar, Elena.

 

Elena: (Con retintín) “No pienso claudicar, Elena”. ¡Aj” Cualquiera diría que es definitivo.

 

Mario: (Contrariado) ¡Carajo! ¿Y no es definitivo un movimiento que está sacudiendo al país entero?, ¿No es definitivo cuando ha hecho tambalear al presidente?

 

Elena: ¿Cuándo ha hecho que?… Por favor, Mario. Mídete, maestro. (Repite para si, zahiriente) Tambalear al presidente… ¡Que iluso!

(Mario ignorándola, entra en la cocina y, tomando del fregadero el bote del jabón, se pone a hacer pompas).

 

Mario: (De pronto, pensativo) Oye amor, ¿Cómo cuanto crees que cueste una bombita de gas lacrimógeno?

 

Elena: ¿Para que?

 

Mario: Una como las que usan para espantar a los chavos de secundaria. ¿Cien lanas?

 

Elena: ¿Cien? (Calcula) Para mi que mas, ¿no?

 

Mario: ¿Mas? (Elena asiente) ¿Cuánto mas?, ¿Doscientos? ¿Quinientos? ¿Mil? ¿Diez mil?

 

Elena: ¿Diez mil pesos?

 

Mario: ¡Diez mil pesos!

 

Elena: (Sonándole desorbitante la cantidad) Caramba, no sé: qué mas da. Preguntas cada cosa.

 

Mario: (Deshaciéndose del bote) Y luego dicen que no gastan plata en chingaderas. (Regresa a la cama) ¡Hazte para allá! ¿O que te sientes muy ancha? (Se arrebuja).

 

Elena: (Volviendo sobre el particular) ¿Te imaginas lo que haríamos nosotros con diez mil pesos?

 

Mario: ¿Te imaginas?… (Piensa) Yo por lo pronto ya seria un experto.

 

Elena: ¿Experto?

 

Mario: Fabricando bombas de gases lacrimógenos

 

Elena: (Bromeando) Fabricando bombas de gases lacrimógenos

 

Mario: (Aplastante) ¡ Fabricando bombas de gases lacrimógenos!

(Abre la nueva cajetilla de cigarros y la tirita de papel celofán se la enrolla a ella en el anular).

 

Elena: (Sorprendida) ¿Es mi regalo?

 

Mario: (Indiferente) ¿Tu regalo?

 

Elena: (Tras una pausa, tímida) Estoy embarazada.

(Mario perplejo, la mira, olvidándose del cerillo encendido).

 

Mario: ¿Cómo?

 

Elena: Em-ba-ra-za-da.

 

Mario: ¿Embarazada?

 

Elena: Vamos a tener un hijo

 

Mario: ¿Un huevo?… (El cerillo se consume, quemándole los dedos) ¿Tu vas a poner un huevo? (Elena asiente. Su semblante se endurece) Elena, sabes perfectamente que esta clase de bromas me revientan el hígado.

 

Elena: (Confusa) ¿Bromas?

 

Mario: ¡Bromas!

 

(Elena, lastimada, se levanta y se pone a recoger la mesa. Mario prende otro cerillo y enciende finalmente el cigarro).

 

Mario: (Para si; tratando de hacerse a la idea) Embarazada… Es decir que vamos a tener un hijo… Un hijo mío… tuyo… Nuestro… Un hijo nuestro ¡Nuestro! (Regresa a la tierra) No será psicológico, ¿Verdad? (Elena calla. Ni siquiera lo mira) ¡Contéstame!

 

Elena: No.

 

Mario: (Abrumado) ¿Comprendes lo que significa, mi vida? (Se levanta) ¡Un chavo!… ¡Un hijo, Elena! ¿Te das cuenta? (La felicidad lo agobia. Se abalanza sobre ella) ¡Te amo imbecil! ¡Te amo como el mas pinche de los degenerados! (La levanta en vilo y gira con ella en brazos) ¡No tienes madre, carajo! ¡Eres la vieja perfecta! (La suelta repentinamente, lanzándose en busca de una botella para descorcharla) ¡Esto tenemos que celebrarlo!

 

Elena: (Impasible) Ni te emociones. No hay gota de nada.

 

Mario: (Girando sobre sus talones) ¿De nada?

 

Elena: De nada.

 

Mario: (Seriamente contrariado) ¡Chin! (Lanza un manotazo al aire) Pues hay que hacer algo. Como comprenderás, no se embaraza uno todos los… (Se interrumpe; algo se le ha ocurrido. Elena lo mira con desconfianza. Con aire misterioso, Mario se dirige hacía el librero y hurga detrás de los volúmenes).

Elena: ¿Qué es?

 

Mario: Tones. (La mira significativamente. Es evidente que algo oculta). Prométeme que no te vas a enojar.

 

Elena: ¿Qué escondes?

 

Mario: Prométemelo.

 

Elena: (Grandilocuente) Prométale, prométale, prométale, prométale… ¡Prométale lo que sea, pero…(Enmudece al ver el cigarro de mariguana que le descubre ufano) ¿De donde lo sacaste?

 

Mario: Me lo regalaron.

 

Elena: ¿Quién?

 

Mario: ¡No me interrogues Elena!

 

Elena: ¿Quién te lo dio, Mario?

 

Mario: Dijiste que le llegarías, ¿no es cierto?, dijiste que no tendrías miedo, que conmigo sería otra onda, que yo…

 

Elena: (Perdiendo los estribos) ¡Tú, tú, tú, tú, tú! ¿Por qué tengo que ser yo la que cede siempre?

 

Mario: No le saques.

 

Elena: ¡Es puro esnobismo!

 

Mario: ¡Que esnobismo ni que ocho cuartos! Lo que pasa es que tu bajo coeficiente intelectual y el lamentable origen de tu cuna han hecho de ti un pigmeo mental, burgués, lleno de taras y de complejos.

 

Elena: ¿Si? Pues si no fuera por mis taras y mis complejos, ahorita andarías instalado poco menos que en la onda del ácido.

 

Mario: ¿Ácido yo? Ahí si no, para que veas; el ácido ya es otro boleto. Ahora que… si me ofrecieran unos suculentos champiñones…

 

Elena: ¿Suculentos qué?

 

Mario: Hongos, mi vida; honguitos alucinantes; para viajar, para perderse… Acabo de hablar con mi agente: Por doce pesitos, ¡un dólar!, el mas excitante vuelo a la estratósfera. ¿O se dice estratosfera? (Sin esperar respuesta, le pregunta directamente) ¿Cuánto te cuesta ir a Acapulco?

 

Elena: (Inflexible) Los boletos a Acapulco son de ida y vuelta, chatito.

 

Mario: Este también chatita.

 

Elena: (Hiriente) Y todavía tienes el descaro de llamarte revolucionario.

 

Mario: (Envanecido) Metete esto en la cabeza, Elena: El hecho de ser o no revolucionario nada tiene que ver con el de ser o no drogadicto, independientemente de que la mariguana y los hongos no son drogas.

 

Elena: Ah, ¿no? (Le vuelve la espalda).

 

Mario: ¡Vete al carajo!

 

Elena: ¡Vete tú! (Termina de recoger la mesa y se dispone a lavar los platos sucios)

 

Mario: (Mirándola complacido) Que bella eres maldita. (Va hacia ella) Pareces una virgen.

 

Elena: Panzona.

 

Mario: (Apretándola contra sí) Apenas. (La besa. Elena se safa delicadamente; abre la llave y comienza a enjabonar los trastes).

 

Elena: ¿Seremos libres algún día Mario?

 

Mario: (Apoyándose en las declaraciones publicadas por la prensa) Papá gobierno cerrará la universidad si no levantamos la huelga.

 

Elena: ¿Y que esperan?

 

Mario: Destituir al menos a un pinche funcionario de segunda categoría, ¿no crees?

 

Elena: El movimiento fracasó, Mario.

 

Mario: ¡Fracasó tu abuela! Cuatro meses de represión y masacre debían bastarte para…

 

Elena: ¿Para que? ¿Qué caso tiene hablar y hablar de reformas radicales, de violencia institucional, de lucha a muerte, de irresponsabilidad política, de dignidad humana, etcétera, etcétera, etcétera, cuando los arranques de rebeldía no se orientan contra el podrido sistema en el que estamos hundidos, Mario?

 

Mario: La revolución no se hace en veinticuatro horas, Elena.

 

Elena: (Sorda; con mordiente ironía) ¿Para que día tienen programada la próxima manifestación, mi vida?

 

Mario: ¿Piensas pasarte la vida huyendo?

 

Elena: ¿Redactarán un nuevo pliego petitorio o simplemente le añadirán algunos puntos al ya existente?

 

Mario: ¡Escúchame!

 

Elena: ¿Cuántos van a dejarse matar esta vez, Mario?

 

Mario: ¡No habrá manifestaciones!

 

Elena: ¡El próximo mitin, entonces!

 

Mario: ¡Ni mítines! El consejo nacional de huelga…

 

Elena: ¡Al diablo con él! ¡Hechos son hechos, Mario! Lo que ha sucedido no significa nada. Todo el mundo lo habrá olvidado en menos de lo que tu imaginas.

 

Mario: ¿Sabes cual es tu problema, Elena?

 

Elena: Estoy cansada.

 

Mario: Tienes la cabeza atiborrada de sueños.

 

Elena: Y tu no.

 

Mario: Un autentico revolucionario jamás renuncia a sus ideales.

 

Elena: Yo no soy una autentica revolucionaria

 

Mario: Ser revolucionario es hacer girar la rueda.

 

Elena: Yo no hago girar ninguna rueda

 

Mario: Ser revolucionario es estar libre de prejuicios.

 

Elena: ¡yo no soy libre!

 

Mario: Es no tenerle miedo a la muerte.

 

Elena: ¡Yo le temo a la muerte!

 

Mario: Es luchar contra la indigencia.

 

Elena: ¡Y yo vivo en estado de indigencia!

 

Mario: Es poseer una voluntad indeclinable.

 

Elena: ¡Y yo soy negligente!

 

Mario: ¡Y yo tan pendejo que me trago el anzuelo!

 

Elena: Mario… (Va hacia él, pero se arrepiente) Escúchame. Lo poco que sé de política lo he aprendido de ti. ¿Comprendes lo que quiero decir? Hay un montón de cosas que no entiendo.

 

Mario: ¡Porque no te da la gana entenderlas!

Elena: ¡Y vuelta la burra al trigo! Pero que necio eres.

 

Mario: Estuvimos en los mítines, Elena; hablamos con la gente, la escuchamos…

 

Elena: No insistas. Conmigo no cuentes para glorificar el cadáver del movimiento.

 

Mario: ¡Ya no estas conmigo! (Elena se limita a mirarlo) Parecías mas tenaz.

 

Elena: Olvídalo.

 

Mario: Son cincuenta años, Elena. ¿Cómo puedes pedirme que lo olvide cuando seguimos lamiéndole las patas al que nos jode? ¿Qué no te da asco?

 

Elena: ¡Ya! ¡Yo no creo en paraísos de cartón!

(Mario no puede evitarlo y le voltea una bofetada. Elena, paralizada, no alcanza a creer que haya sido capaz de ponerle la mano encima).

 

Mario: (Escurriéndose) Bueno, que, ¿le llegamos?

(Elena, muda, lo mira jugar cínicamente con el cigarro de mariguana. Mario, para demostrarle su superioridad, se lo lleva a los labios, enciende un cerillo y acerca provocativo la flama hasta la punta del cigarro, a pesar de saberse intensamente despreciado. Lo enciende. Elena regresa al fregadero. Mario se da unos toques y, con todo el descaro de que es capaz, va a ofrecerle a ella).

 

Elena: (Rotunda) No.

 

Mario: Llégale.

 

Elena: No, Mario. No quiero. (Sigue lavando. Mario insiste hasta picarle el orgullo. Elena se lleva el cigarro a los labios y aspira con la actitud propia del que comete falta conscientemente. Mario guarda el resto dentro de la cajetilla de cerillos).

 

Elena: ¡Esa caja se va  a arder!

 

Mario: Pero que inculta eres, carajo. ¿No ves que así no le entra el aire? (Le muestra la bacha apagada. Elena se convence) La amo, señora.

 

Elena: (agobiada) Tenemos que salir de aquí, Mario.

 

Mario: ¿Salir?

 

Elena: El niño necesitará aire puro.

 

Mario: ¿Tu asaltarás el banco?

 

Elena: ¿Yo? (Vacila) ¿Y si me apañan?

 

Mario: No podrán comprobarte nada; dirán que los asaltantes son colombianos y que el autor intelectual del funesto atraco fue un caballero psicópata.

 

Elena: ¿Así de fácil?

 

Mario: Es cuestión de agallas mi vida. (Elena no parece muy convencida)

 

Elena: Oye ¿Y luego como le hacemos para desaparecer del país?

 

Mario: ¿Cómo?… Pues con la lana, ¿no?

 

Elena: ¿La lana? ¿Cuál lana? (Termina de poner la mesa. Mario va hacia el escritorio y hurga ruidosamente dentro de los cajones. Elena se paraliza al escuchar un ruido) ¡Shh!

 

Mario: ¿Qué pasa?

 

Elena: El ruido.

 

Mario: ¿Qué ruido?

 

Elena: Escucha.

 

Mario: (Escuchando) Es solo el viento.

 

Elena: No, no es el viento. Escucha: Chipi-chipi-chop. Chipi-chipi-chop. Chipi-chipi-chop…

 

Mario: (Desconcertado) ¿Se puede saber que diablos haces?

 

Elena: Chipi-chipi-chop. Chipi-chipi-chop…

 

Mario: (Con ella) Chipi-chipi-chop. Chipi-chipi-chop… Te prendió fuerte, ¿eh? (Se vuelve repentinamente hacia el publico y anuncia) ¡Damas y caballeros!… ¡Respetable auditorio!… Aprovechando el enorme interés que han despertado los olímpicos eventos culturales, tengo el gratísimo honor de presentarles a una de las mas connotadas escritoras de habla hispana de nuestro tiempo. Heredera de la magnífica tradición de los Quintero, aceptó venir a nuestro país con el único y por demás loable propósito de satisfacer nuestra inagotable sed por la buena literatura. (Se vuelve hacía ella, invitándole a acercársele) Madame… (El público) ¡Señoras y señores… por primera vez ante ustedes, la inigualable…

(Se deshace en aplausos, invitando a los presentes a hacer lo propio. Elena se adelanta, desbordando intelectualidad).

 

Elena: Mi muy querido publico… (Se aclara la voz y espera impaciente que Mario se calme) Agradeciendo, primero que nada, la cariñosa invitación de la que fuera objeto, voy a permitirme leer algunas cuartillas de mi última novela semanal, titulada pasiones borrascosas, en las que podrán apreciar los elementos claves de la buena literatura contemporánea. (Procede) “En un apartado rincón, lejos del enervante ritmo citadino, vivía una hermosísima joven llamada Magnolia: Veintiún esplendorosos abriles; tersa tez apiñonada; aceitunados sus ojos de lánguidas miradas; dientes de nácar engastados en sensuales labios coralinos…

 

Mario: (Desbordándose en elogios) ¡Ma-gis-tral!!… ¡Simple y sencillamente , ma-gis-tral!… ¡Que manera de pintar un personaje, ¡que…

 

Elena: (Filtrándosele) Unos ojos acerados la inquietaban… “Tres puntos. (Especifica) Me tomo la libertad de leer en voz alta ciertos signos ortográficos para que puedan captar el matiz de suspenso, clave de la narrativa moderna. En lo personal, me preocupa sobremanera interesar al lector, y que mas válido que los aparentemente insignificantes puntos suspensivos para lograr mi propósito. (Mario sufre un repentino ataque de hipo; se disculpa con un ademán. Elena lo ignora) Prosigo: “¡Ricardo!, no habían sido aún formalmente presentados y ya lo llevaba como parte inseparable de sí misma”.

 

Mario: ¡Señora mía! (Hipa) Perdón. (Pausa. Cambio) Oye, ¿Cuál fue el papa que la guilló de hipo?

 

Elena: ¿El papa que la guilló de hipo? Pío…, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan , tan, tan, tan, tan. Doce. Requiscat in pace. ¿Se te quitó?

 

Mario: (Absorto) ¿qué cosa?

 

Elena: El hipo.

 

Mario: ¿el hipo? (Vuelve en sí) Ah, si. Si, claro.

 

Elena: (Prosopopeyica) Es cuestión de concentración, mi vida.

 

Mario: (Dándole por su lado) Eres muy lista, cariño. (Elena se envanece, pero Mario ya está en otra cosa. De uno de los cajones del escritorio saca una bolsa de papel de la que extrae dos apetitosas manzanas) Ey, baby! Look at this! (Se las muestra orgulloso).

 

Elena: Sock it to me!

 

Mario: That´s my baby! ¿Cual quieres?

 

Elena: Esa.

 

Mario: (Invirtiéndolas de mano)¿Cual?

 

Elena: Esa.

 

Mario: (Lo mismo) ¿ Cual?

 

Elena: Un hijo que se parezca en todo a ti.

 

Mario: Una hija que se parezca en todo a mí. ¿Izquierda o derecha?

 

Elena: Obvio, maestro: izquierda.

 

Mario: Te cuesta un beso. (Tras meditarlo, Elena se le acerca maliciosa y, rozándole ligeramente la mejilla, intenta apoderarse de la manzana sin conseguirlo). Dije un beso, no un simulacro.

 

Elena: ¿Y si está podrida?

 

Mario: (Mostrándosela) Está la otra.

 

Elena: (Provocativa) Y estás tú. (De un manotazo, logra apoderarse de las dos manzanas y huir mordiéndolas ambas glotonamente).

 

Mario: Ahora recuerdo que eras la consentida de tu padre, ratita.

 

Elena: ¡No me llames así!

 

Mario: ¿Lo eras o no?

 

Elena: Y tuya, ¿acaso no soy yo tu consentida?

 

Mario: El que consiente, discrimina.

 

Elena: Mi padre…

 

Mario: Ni me lo mientes.

 

Elena: Se equivocaron, de acuerdo. Jamás pensaron en nadie fuera de sí mismos.

 

Mario: ¿Y tu si? ¿O me vas a negar que tu tirada era vivir en aristocrática colonia, bajo la deslumbrante tutela de un rico industrial de cuarenta años?

 

Elena: Estás loco.

 

Mario: ¿Lo dices al tanteo o me sabes algo, linda?

 

Elena: Estas loco, Mario, ¡Loco!… ¡Loco!… (Se calza unos anteojos y se dispone a tomar nota) ¿Qué ve usted ahí? (La diapositiva muestra al señor presidente de la república, pasando revista a la tropa. Lo acompaña un militar de alto cargo).

 

Mario: Dos palomas negras de la paz.

 

Elena: ¿Algo mas?

 

Mario: Dos palomas de la paz, negras.

 

Elena: ¿Y ahí, que es lo que ve? (Se trata de la misma diapositiva pero fuera de foco).

 

Mario: Dos palomas, pero distorsionadas. (La diapositiva cambia y en los lugares del presidente y del militar, aparecen dos gorilas).

 

Elena: ¿Qué ve ahí?

 

Mario: Sea sincera conmigo, doctora. ¿Realmente necesito el tratamiento?

 

Elena: ¿Qué ve ahí, Mario?

 

Mario: Dos gorilas.

 

Elena: ¿Por qué teme perder su personalidad?

 

Mario: Usted es capaz de robarme el entendimiento, obligándome a obedecerla ciegamente.

 

Elena: ¿Y no es eso lo que verdaderamente desea?

 

Mario: Soy un inadaptado. (Se derrumba).

 

Elena: Pulverizando su vida instintiva, recobrará automáticamente la seguridad en sí mismo.

 

Mario: ¿Pulverizando? No, señora mía; usted no ha entendido. ¿Cómo he de recobrar lo que nunca he perdido? Es absurdo.

 

Elena: Olvide las consideraciones.

 

Mario: (Iluminado) A propósito de consideraciones: Dígame, doctora, ¿Le gusta a usted el teatro? Yo podría ser un gran actor, ¿sabe? ¡El mejor! Facultades tengo para dar y prestar.

 

Elena: “Genio y figura hasta la sepultura”.

 

Mario: Seamos realistas, querida mía. Alguien dijo: “La libertad consiste en elegir las propias ataduras”. ¿Comprende el significado de la frase? “La libertad consiste en elegir las propias ataduras”. (Intenta tocarla, pero Elena le huye el cuerpo) ¿Tan profunda es la desconfianza que te inspiro, Elena? También hay amor en la aparente frivolidad de un beso, en una caricia desganada, en…

 

Elena: Una puñalada por la espalda. (Se miran) ¿Te das cuenta? No es mas que una utopía contra la que nos damos de narices. Hablas de un pasado de cincuenta años y no miras los quinientos que nos tomará funcionar racionalmente.

 

Mario: ¿Por qué no crees en mi, Elena?

 

Elena: (Grave) El paciente acusa severa problemática con la autoridad y se ha echado encima los cargos de asociación delictuosa, resistencia de particulares, invitación a la rebelión, daño en propiedad ajena, pandillerismo, robo, despojo…

Mario: (Confidencial) Debo confesarle algo, doctora. ¿Sabe?, en realidad, no es mi personalidad lo que temo perder, sino a usted. (Elena respinga) ¿Qué debo hacer para convencerla?

 

Elena: ¿Deseo alguna vez matar a su padre?

 

Mario: ¿Usted?

 

Elena: ¿Cree en Dios?

 

Mario: ¿Cree el en mí?

 

Elena: ¡Sacrílego!

 

Mario: Materialista.

 

Elena: ¡Psicópata!

 

Mario: Honesto.

 

Elena: ¡Reaccionario!

 

Mario: Humano, doctora… Simple y sencillamente humano.

 

Elena: ¿Qué puede alegar en su defensa?

 

Mario: Jamás obro en contra de mis principios.

 

Elena: ¡Principios!

 

Mario: ¿Usted sabe en que condiciones vive un campesino?

 

Elena: Ah, vaya; así que esa es la razón de su abyecta huelga y de sus no menos disparatadas brigadas políticas. ¿No le parece un poquito excesivo?

 

Mario: ¿Qué cosa?

 

Elena: Le prevengo, jovencito, que  la violencia los llevará directamente a la ruina.

 

Mario: ¿Cuál violencia, señora?

 

Elena: ¿Cómo que cual violencia?

 

Mario: Ah, ya entiendo. Se refiere usted a la acción de las fuerzas represivas.

 

Elena: ¡Me refiero al vandalismo de la masa estudiantil!

 

Mario: ¡Carajo! Pues me temo que voy a desilusionarla, porque los únicos brotes de verdadera violencia que han surgido a lo largo del movimiento, han estado a cargo, exclusivamente de nuestros nunca bien queridos y ponderados amadísimos Juanes.

 

Elena: ¡Sus apellidos! ¡Quiero ahora mismo sus apellidos!

 

Mario: ¿Mis apellidos?

 

Elena: ¡No estúpido! ¡No! ¡Los de esos Juanes!

 

Mario: Caramba, señora, muy sencillo. Puede obtenerlos, con todo y el de sus dirigentes, directamente en la oficina de… tal.

 

Elena: ¿Y eso donde queda?

 

Mario: Consulte la sección amarilla.

 

Elena: (Dando un giro) ¿Y las manzanas? (Mario va a dárselas, pero, en lugar de eso, apoya suavemente las manos sobre sus senos).

 

Mario: Aquí. (Elena se pone tensa) Estas son las que verdaderamente apetezco; las únicas, las mas dulces, totalmente mías. (Va a besárselos, pero ella lo rechaza) ¿Qué pasa? ¿Estas enojada?

 

Elena: No.

 

Mario: ¿Te molesta que te bese los senos?

 

Elena: No.

 

Mario: ¿Entonces?

 

Elena: Eres una criatura.

 

Mario: ¿Debo tomarlo como un cumplido o como un reproche?

 

Elena: Como verdad.

 

Mario: Si tu lo dices. (De pasada, le da una nalgada. Elena se vuelve furiosa).

 

Elena: ¡Óyeme!

 

Mario: (Mustio) Fue sin querer, mi vida.

 

Elena: Idiota. (Entra en la cocina para preparar unos sandwiches. Mario se pone, mientras tanto, a leer el periódico).

 

Mario: (De pronto, sin dejar de leer) ¿Te dije que vi a tu tío Rubén?

 

Elena: ¿Y?

 

Mario: Pobre cuate. Ese si que es descendiente directo de la honorable familia de los apes.

 

Elena: ¿Qué te dijo?

 

Mario: Nada. Alcancé a verlo en el preciso momento en que el semáforo se ponía en siga. Llevaba cara de cangrejo azotado.

 

Elena: ¿Iba solo?

 

Mario: Con su amante.

 

Elena: No inventes.

 

Mario: Bueno; entonces con su madre.

 

Elena: ¿La madre de quien?

 

Mario: ¿De quien que? Ah, no sé. Supongo que la de su mujer. No soy tan fijado.

 

Elena: ¿Vas a querer leche?

 

Mario: (Distraído) Con chocolate.

 

Elena: Hace mucho tiempo que no hay chocolate en esta casa, cariño.

 

Mario: Está bien, pero no me regañes. Dame entonces una taza de chocolate.

 

Elena: ¡Oh! Que bien friegas.

 

Mario: De café, pues. ¡En la madre! Oye esto, mi vida: el primer mandatario de la república hace un atento llamado al pueblo para que se apriete el cinturón. (Reproduce el zumbido de una mosca que finalmente se posa sobre el diario. La acribilla a tiros) Ya hay una mosca menos en este pinche mundo: la jodí con mi mashingón. Oye, y a propósito, ¿Compraste el D.D.T.?

 

Elena: ¿Con que ojos, hijo?

 

Mario: (Al cabo de un momento, observando detenidamente la grieta que hay en el techo) ¿Sabes, amor? Yo le saco a que un día de estos se nos venga el techo encima. ¿Ya checaste la grieta?

 

Elena: ¿La que?

 

Mario: La grieta.

 

Elena: Ah, si; no te fijes. Es por los aviones.

 

Mario: Pues será por lo que sea, pero está bastante gruesa.

 

Elena: (Indiferente) Todo fuera como eso.

 

Mario: ¿Entregaste el articulo?

 

Elena: ¿Tu que crees?

 

Mario: ¿A poco te lo aceptaron?

 

Elena: ¿Apoco no? Claro que de aquí a que lo publiquen…

 

Mario: Pero te pagaron.

 

Elena: Simón del desierto rojo.

 

Mario: ¡Ey! ¡Eso significa que somos ricos!

 

Elena: ¡Eso significa que somos ricos!

 

Mario: ¿A dónde me vas a invitar?

 

Elena: ¿A dónde te voy a invitar? (Deja los sandwiches sobre la estufa, olvidándose de ellos).

 

Mario: Podemos ir a tomar un café.

 

Elena: Podemos ir a tomar un café.

 

Mario: Para después del postre, ¿si?

 

Elena: Para después del postre, no.

 

Mario: ¿Qué, no te vas a alivianar?

 

Elena: No me voy a alivianar.

 

Mario: ¿No te vas a alivianar?

 

Elena: Sí me voy a alivianar.

 

Mario: Con un filete a la pimienta…

 

Elena: Con un filete a la pimienta…

 

Mario: Una pizza de angulas…

 

Elena:  Una pizza de angulas…

 

Mario: Y un pastel de chocolate.

 

Elena: Y un pastel de chocolate.

 

Mario: ¡Coño! Que hambre tengo. (Una nube de humo y un penetrante olor a quemado invaden el departamento)

 

Elena: ¡Los sandwiches! (Se precipita sobre la estufa) Se quemaron.

 

Mario: ¡Ah, la novedad! (Se desploma resignado) ¿De que eran?

 

Elena: Son de queso. (Los sirve en los platos y los lleva a la mesa).

 

Mario: ¿Del que hacen los menonitas?

 

Elena: ¿Quiénes? (Se sientan. Mario vuelve a ver el periódico).

 

Mario: Los menonitas.

 

Elena: ¿Y esos que son?

 

Mario: Inmigrantes de origen alemán, que se establecieron en Durango y en Chihuahua hará unos cincuenta años. Son los fabricantes del autentico queso Chihuahua.

 

Elena: ¿Cómo sabes tanto, eh?

 

Mario: Ya ves, mi amor: la Universidad. (Elena raspa con el cuchillo el pan para podérselo comer. Mario, en cambio, opta por comerse exclusivamente el queso).

 

Mario: (Tras un largo silencio, sin interrumpir la lectura) Se antoja un buen vinito, ¿no?

 

Elena: Se antoja… Se antoja… (Se levanta por el café; regresa y le llena la taza) ¡Café!… el vinito te lo pinto. (Se sirve a sí misma) Pásame la primera sección.

 

Mario: La estoy leyendo. Te paso la de sociales.

 

Elena: Gracias. (Se levanta dejándolo con el periódico extendido y regresa a sentarse con su libro. Leen y comen en silencio. De pronto) Que buena onda agarraste, mi vida.

 

Mario: (Ausente) ¿Por qué?

 

Elena: Por lo de los nanitas.

 

Mario: ¿Los que?

 

Elena: Los nanitas.

 

Mario: ¿Quiénes?

 

Elena: ¡Oh, pues! Los intrusos. Los auténticos fabricantes del queso Chihuahua.

 

Mario: Menonitas, mi cielo. Me-no-ni-tas.

 

Elena: Ahhh… (Vuelven a guardar silencio).

 

Mario: (Sobre el mismo particular) Si, ¿verdad? Agarré muy buena onda.

 

Elena: ¿Con qué, mi amor?

 

Mario: Con lo de los nanitas.

 

Elena: ¿Menonitas, ¿no?

 

Mario: ¿Menonitas? (No hay respuesta) ¿Sabes una cosa, Elena? Así como la huelga constituye el núcleo del movimiento…

 

Elena: ¿Otra vez , Mario?

 

Mario: No, Elena, no otra vez. El movimiento ha adquirido un carácter nacional y, a pesar de que puede estar pasando por una terrible enfermedad, no ha muerto, ¿entiendes? Estamos comprometidos hasta la médula.

 

Elena: ¿Comprometidos con qué, con quien? ¿Con el pueblo? Ya basta de quimeras.

 

Mario: No puedes hablar así.

 

Elena: ¿Cómo quieres que hable? ¿Qué esperas que diga? ¿Qué estamos perfectamente organizados? ¿Qué en tres meses, o cuatro, o los que hayan sido, logramos adquirir la suficiente conciencia política como para lanzarnos a la revolución? ¿Quieres que diga que solo nos hacen falta armas para derrocar al gobierno? ¿Eso es lo que esperas que diga? ¿Es así como esperas que hable?

 

Mario: Tus escrúpulos de conciencia son una vulgar estafa, ¿sabes?

 

Elena: Ya no eres mío.

 

Mario: ¿Lo fui alguna vez?

(Elena no tiene respuesta. Mario se lleva al oído el auricular de un teléfono imaginario y marca un número en el aire. Llama. Elena contesta).

 

Elena: ¿Si?

 

Mario: ¿Sabe usted quien fue Rubén Jaramillo?

 

Elena: ¿Rubén Jaramillo… el cantante? (Se emociona) ¿Es un concurso?

 

Mario: Dígame: ¿Practica alguna religión?

 

Elena: ¿Por qué?

 

Mario: ¿Practica o no?

 

Elena: Soy católica.

 

Mario: Por herencia o por convicción?

 

Elena: Mi familia siempre…

 

Mario: ¿Siempre?

 

Elena: ¿Siempre que?

 

Mario: Dígame, señora: ¿Considera correcta la actitud que ha tomado cierta parte del clero mexicano con respecto a la problemática latinoamericana?

 

Elena: ¿Perdón?

 

Mario: ¿Esta usted de acuerdo con su Santidad en lo que se refiere a l control de la natalidad? ¿Sabia usted que desde hace un siglo la población humana se duplica cada cuarenta y cinco años y que se calcula que en un tiempo próximo aumentará el doble cada veinte y que, si esta progresión geométrica continua en los mismos términos, probablemente llegará a duplicarse cada cinco años? Fuerte cosa, ¿no le parece?

 

Elena: Mire, yo…

 

Mario: Usted es justamente la persona indicada para decir si realmente ayuda la Santa Madre Iglesia s subsanar la injusticia y la miseria. ¿Beneficia en verdad el ejercicio del voto a los dieciocho años? Usted sabe que somos un continente subdesarrollado, pero dígame: ¿Qué entiende usted por subdesarrollado?

 

Elena: Bueno, mire, yo…

 

Mario: Usted, amante y abnegada madre de familia, tiene todo el derecho a emitir su opinión con respecto al presente movimiento estudiantil.

 

Elena: ¿Mi opinión?

 

Mario: Es importante.

 

Elena: La verdad es que no se… Tengo tan poco tiempo para…

 

Mario: ¿No le interesa?

 

Elena: Bueno, si, desde luego que sí, pero… No comprendo a donde quieren llegar con tanto relajo. Explíqueme que intentan.

 

Mario: Supongo que mandarlos a todos ustedes al carajo.

 

Elena: (Indignada) ¡Majadero!

 

Mario: Permítame comunicarle que representa a usted dignamente al Comité de Damas  Prodamnificados por la granizada de 1947. la felicito sinceramente. (Cuelga, dejándola paralizada con el aparato pegado a la oreja, y reproduce el ultrasonido ulular de las modernas patrullas oficiales; ella lo secunda).

 

Mario: Cuando lo agarramos, tuvimos que arrastrarlo. El hijo de puta estaba inconsciente.

 

Elena: Ella también es comunista ¿no?

 

Mario: ¡Burguesitos de mierda! Sus jefes aflojaron la plata pa´ que los soltaran.

(Golpeando a ritmo sobre la madera y el piso, reproduce el avance de la tropa. Elena se acerca hasta él, haciendo sonar con fuerza los tacones. Mario semiinconsciente, atado a una silla con los brazos a la espalda después de haber sido torturado, soporta el violento tirón de pelo que lo obliga a levantar la cabeza).

 

Elena: ¡Estuviste en el mitin, cabrón!

 

Mario: Estuvimos muchos. (Se dobla al recibir un golpe de bóxer en la boca del estomago. Elena se aparta).

 

Elena: ¡Pelotón!… ¡Preparen! (Mario se incorpora al escuchar el corte de cartuchos). ¡Apunten!…

 

Mario: ¡No! ¡Esperen!

 

Elena: ¡Fuego!

(La descarga ahoga el grito de Mario, quien, al verse con vida, comprende que ha sido víctima de un simulacro. La reja de la celda rechina al ser empujada. Elena retrocede atemorizada).

 

Elena: ¿Qué quieren? (El terror se refleja en su rostro). Déjenme. (Intenta escapar sin conseguirlo). ¡Quíteme las manos de encima, viejo asqueroso! ¡Déjenme! ¡No me toquen! ¡No! (Logra escabullirse y se abalanza sobre la reja, sacudiéndola con desesperación). ¡Mario!… ¡Abran! (Se debate por ser escuchada). ¡Sáquenme de aquí!… ¡Ayúdenme, por favor! ¡Ayúdenme! (Lucha) ¡Suéltenme! ¡Mario!… ¡No me toquen! ¡No! ¡Déjenme!… (Arrojada al suelo manotea y patalea desesperada por librarse de la violación). ¡Mario!… (La reducen) ¡Bestias! ¡Bestias! ¡Suéltenme! ¡No! ¡Suéltenme!… (Sus gritos se ahogan conforme pasan por ella uno después de otro. Finalmente queda tendida, moral y físicamente desgarrada). ¿Qué pasa, Mario? ¿Qué es lo que no funciona? ¿Por qué no logramos entendernos?

 

Mario: ¿Recuerdas nuestra primera noche juntos? (Sus dedos se tocan). El foco de la estancia se quedó encendido.

 

Elena: Es la primera vez.

 

Mario: Te amo.

 

Elena: ¿Sin condiciones?

 

Mario: Sin condiciones.

 

Elena: Quiero creer que es verdad.

 

Mario: Quédate. Y después te haré un hijo.

 

Elena: Y yo dejaré que me lo hagas

 

Mario: Cuando llegue el momento.

 

Elena: Cuando llegue. (Se aprieta contra él) Tengo miedo, Mario.

 

Mario: (Escapando)  ¿Por qué, carajo? ¿Qué clase de amor es el nuestro, que en lugar de fortalecernos nos debilita? (Busca sus ojos) ¿Sabes? Presiento que jamás romperás con el mundo de los falsos compromisos.

 

Elena: Enséñame. Necesito saberme viva.

 

Mario: Mata a tu padre y a tu madre y entonces lo estarás realmente. ¿Comprendes?

 

Elena: Suena a formula mágica: “Mata a tu padre y a tu madre y entonces lo estarás realmente”. Parece muy fácil.

 

Mario: No, mientras sigas alimentando tus raquíticos sueños de autenticidad.

 

Elena: ¿Y que otra cosa me queda si ya ni siquiera me satisfaces sexualmente?

 

Mario: (En dramático tono de tragedia griega) ¡Oh destino infausto, has elegido víctima a la mas hermosa, a la mas dulce, a la mas humilde de tus criaturas! ¡Pobre Elena!

 

Elena: No voy a luchar contra ti.

 

Mario: ¡Ni contra mí ni contra nadie!

 

Elena: (Volviendo el cuerpo) ¿Te vas a tomar el café?

 

Mario: (Sujetándola insolente) Con cognac.

 

Elena: (Contenida) ¿Alguna reserva en especial, señor?

 

Mario: 1800.

 

Elena: 1800. (Le sirve) ¿Algo mas, señor?

 

Mario: (Arrojándole los cerillos) Fuego.

 

Elena: Fuego.

 

Mario: ¡Música!

 

Elena: Música (Canta).

 

Mario: La cama… tiéndela. (La tiende)

 

Elena: Ya está, señor.

 

Mario: El baño.

 

Elena: El baño.

 

Mario: Y ropa limpia.

 

Elena: Ropa limpia.

 

Mario: (Recorriéndola con la mirada de pies a cabeza) Dime muchacha, ¿hace cuanto que estas a mi servicio?

 

Elena: (Turbada) Dos, señor.

 

Mario: (Acercándosele lascivo) ¿Dos que? (La rodea por la cintura) ¿Bailas?

 

Elena: (Tratando de librarse) No, señor (Mario, excitado, la estrecha con fuerza) ¿Qué le pasa señor? Déjeme. (Esconde la cara para esquivar el beso que iba dirigido a su boca) No haga eso, no es correcto. Suélteme, señor. Déjeme, por favor. (Forcejean. Mario insiste hasta que, de un golpe, tira la taza de café, que se estrella contra el piso. Elena explota) ¡Tenia que suceder!

 

Mario: Un momento. Yo no puse la taza ahí.

 

Elena: ¡No; la puse yo!

 

Mario: ¡Fue un accidente, Elena!

 

Elena: ¡Tu mismo eres un accidente!

 

Mario: ¡Ya parale!

(Elena va por la jerga y se la arroja a los pies para que el limpie. Mario se resiste hasta vencer finalmente la determinación de ella. Limpia y devuelve la jerga a su lugar, aprovechando el viaje para beber agua).

 

Mario: (Conciliatorio) ¿Tu no tienes sed?

 

Elena: (Dándose su tiempo) Si… mucha.

(Mario llena nuevamente el vaso y se lo lleva. Después de beber, Elena se lo devuelve. Se miran a los ojos y, olvidando el incidente, se besan).

 

 

(Entreacto)

 

 

ACTO SEGUNDO

 

 

(Elena termina de pasar a máquina su articulo para la revista)

Elena: ¿Te lo leo? (Mario apenas la escucha; parece nervioso).

 

Elena: (Leyendo) Empezó con un enfrentamiento de origen confuso entre dos pandillas y terminó en movimiento nacional. A los ocho días de iniciado el conflicto y a petición del regente de la ciudad y del propio secretario de gobernación, el ejército sofoca la “violencia injustificada, puesta en marcha por una minoría mezquina, que pretende desviar el camino ascendente de la Revolución”. El tercer batallón de paracaidistas acordona la Ciudadela. El presidente del Congreso del Trabajo condena los actos vandálicos de los provocadores profesionales. La agitación estudiantil carece de razón de ser para el presidente de la Comisión Permanente del Congreso. El Partido Popular Socialista apoya al señor presidente de la República y responsabiliza de lo ocurrido a las fuerzas imperialistas. Las autoridades oficiales se niegan a dialogar públicamente con los líderes estudiantiles; la pérdida del año escolar parece inminente. La tropa castiga con las culatas de sus fusiles a la juventud rebelde. Catorce tanques acometen contra la multitud concentrada en el zócalo. Armados con tubos y varillas de acero, un grupo de enmascarados ataca la Vocacional cuatro. Alrededor de doscientos sujetos asaltan a mano armada la Vocacional Siete; el cuerpo de granaderos se limita a mirar. El ejército toma Ciudad Universitaria y se posesiona del casco de Santo Tomás, tras largas horas de batalla campal entre estudiantes y cuerpos policíacos. ¿Muertos? “Ninguno”. El Consejo Nacional del Huelga convoca a un mitin y manifestación de la histórica Plaza de las Tres Culturas, el día 2 de octubre, a las diecisiete horas.

 

Mario: ¡Rápido, Elena! ¡Muévete! ¡Tenemos que esconder todo esto?

(Elena lo ve ir y venir angustiado, escondiendo libros, revistas, papeles, material fotográfico, todo, absolutamente todo lo que pudiera comprometerlos).

 

Mario: ¡Reacciona, carajo! ¡Usa la cabeza! ¡Úsala por una vez en tu vida! (Elena, como sacudida, limpia de papeles el escritorio y escode la máquina. De pronto, sin embargo vuelve a quedarse inmóvil).

 

Elena: Es inútil, Mario. Se acabó.

 

Mario: (Fuera de sí) ¡Cierra el hocico, no seas pendeja!

 

Elena: (Lastimada) No, Mario, así no. Si tienes algo de que avergonzarte, no lo remediarás humillándome.

 

Mario: ¡Que te calles, te digo! ¡Nadie pidió tu opinión!

 

Elena: Te destruirás.

 

Mario: ¡Vete al diablo!

(Elena no lo soporta mas y, trepándose sobre el escritorio, grita a voz en cuello).

 

Elena: “¡Viva el señor cura! ¡Mueran los comunistas! ¡El demonio no entrará en nuestras casas!” ¿Estamos luchando verdaderamente por estas gentes, Mario?

 

Mario: ¡Jamás he dicho que sea fácil! ¡A ti te hice cambiar!

 

Elena: Lo mío es distinto.

 

Mario: ¡Es igual, Elena!

 

Elena: Es distinto. Lo nuestro es otra cosa; es un asunto entre dos, en el que nada tiene que ver la violencia.

 

Mario: Déjate de palabrería hueca, ¿quieres? La revolución pacífica no existe, ¡Entiéndelo! Este movimiento, por muy pinche, por muy endeble, por muy sin fundamentos o por muy disparatado que parezca, es un principio. El camino está abierto.

 

Elena: ¿Abierto para qué? ¿Para quién , Mario? No hay unión, no hay fuerza, no hay nada.

 

Mario: Que estúpida eres.

 

Elena: Es tu punto de vista.

 

Mario: (Escupiéndoselo a la cara) Voy a dejar la Universidad.

 

Elena: De acuerdo. Nos arreglaremos con lo que gano en la revista.

 

Mario: No volveré a dar clases, Elena.

 

Elena: Está bien, ya te oí. Después de todo, nada es eterno.

(Mario le vuelve la espalda para seguir recogiendo)

 

Elena: (De pronto) Dime, Mario. ¿Has deseado a otra mujer?

 

Mario: (Evasivo) ¿Deseado?

 

Elena: Sexualmente:

 

Mario: ¿Sexualmente?

 

Elena: Eso dije.

 

Mario: (Mirándola directamente a los ojos) ¿De veras quieres saberlo?

(Elena calla. Mario vuelve a ocuparse en seguir recogiendo, ya sin prisas)

 

Elena: ¿Qué se siente? (silencio) Contéstame, ¿Qué se siente, Mario?

 

Mario: Me di cuenta de una cosa.

 

Elena: (Irónica)¿De veras?

 

Mario: Te amo, Elena.

 

Elena: ¿Cuánto?

 

Mario: Un chingo.

 

Elena: Y tuviste que demostrártelo, claro.

 

Mario: No precisamente.

 

Elena: ¿No? Entonces, la viste y no pudiste resistirlo.

 

Mario: No seas tonta.

 

Elena: Te odio.

 

Mario: ¿Por eso?

 

Elena: Por eso.

 

Mario: Haces mal.

 

Elena: Yo siempre hago mal; solo que no engaño. O sea que, además de tonta, puedes acusarme de retrograda, anticuada y moralista.

 

Mario: La fidelidad ante todo, ¿no?

 

Elena: Llámalo como quieras. El caso es que yo no he tenido que salir en busca de nadie para demostrarme nada. Mal que bien, tu siempre me has bastado.

 

Mario: Embustera. “¿Y que otra cosa me queda, si ya ni siquiera me satisfaces sexualmente?” ¿no fue así como lo dijiste en el primer acto?

 

Elena: Debo reconocer que posees una memoria privilegiada, amor.

 

Mario: Espero que lo hayas tratado ya con tu ginecólogo, porque para serte franco, las ultimas veces que hemos hecho el amor…

 

Elena: ¡El amor! ¡A cualquier cosa llamas tú hacer el amor! Nos hemos enfriado, Mario. Ya no hay entrega.

 

Mario: si tu lo dices.

 

Elena: Mario, yo solo te pido que me ames tal cual soy, sin condiciones.

 

Mario: ¿Tu me amas, así, Elena? Respóndeme. ¿Realmente aceptas mis debilidades y mis errores por el simple hecho de ser míos?

 

Elena: tú solo piensas en ti mismo.

 

Mario: ¿Y tú, no? (Elena se queda callada) ¿Por qué le tienes tanto miedo a la verdad, Elena?

 

Elena: A veces te aborrezco tanto.

 

Mario: ¡Oh, sí; soy un miserable! Elena… Pobre Elena…

 

Elena: Deja ya de compadecerme.

 

Mario: Mi muñeca de trapo quiere un amante.

 

Elena: ¿Muñeca de trapo?

 

Mario: Su hombre ya no la satisface.

 

Elena: Te amaré siempre, Mario.

 

Mario: (Acercándose; tras una pausa) ¿De verás quieres conocer mi mundo?

 

Elena: ¿Hay lugar en el para las muñecas de trapo?

 

Mario: Lo hay para mi mujer.

 

Elena: Porque necesitas siempre a alguien a quien dominar, ¿no es cierto?

 

Mario: ¿Cómo tu padre?

 

Elena: Si, como mi padre.

 

Mario: (En papel) Escucha ratita, corazoncito mío, pedacito de cielo. Eres muy joven para comprender ciertas cosas. Acaba tu carrera, diviértete. El matrimonio es un asunto muy serio. 

 

Elena: Nos queremos, papá.

 

Mario: ¡Patrañas! Ese muchacho no te merece, Elena. Jamás te hará feliz. Es un irresponsable. Escúchame; hazme caso; analízalo. No hay mas que verlo; sus modales, su aspecto. Antes de un año se habrá cansado de ti.

 

Elena: ¿Cómo tu te cansaste de mamá?

 

Mario: Yo a tu madre la amo profundamente, Elena. Lo es todo para mí.

 

Elena: ¿Y no puedo ser yo todo para él?

 

Mario: no.

 

Elena: ¿Por qué no?

 

Mario: Porque no, hija. Porque no. ¡Es un farsante, un cómico, un egoísta! (Elena comienza a impacientarse) Óyeme bien, Elena. A tu edad, la vida parece muy fácil. Se idealiza el amor, se idealiza la amistad, las buenas intenciones, la fidelidad; en fin, quiero decir que está uno más expuesto a los golpes, precisamente porque se tiene demasiada fe.

 

Elena: Espero no perderla nunca.

 

Mario: Pero madurarás.

 

Elena: Lo amo.

 

Mario: El a ti, no.

 

Elena: Me iré con él.

 

Mario: ¡Es un sinvergüenza, Elena! Tu no puedes amar a un individuo sin escrúpulos. No es posible, ¿comprendes? ¡No es posible!

 

Elena: Por favor, papá. No te pongas melodramático.

 

Mario: No me provoques, Elena.

 

Elena: Estás celoso.

 

Mario: (Indignado) ¿Yo? ¿Celoso, yo? ¿Cómo te atreves? (Elena le tira un zapatazo para detenerlo). ¡Quieta!

 

Elena: ¡Pfff! ¡Pfff!…

 

Mario: ¡Quieta, Elena! ¡Quieta!

 

Elena: Alea jacta est.

 

Mario: Te prevengo, Elena. Si te empeñas en salirte con la tuya te juro que…

 

Elena: (Desafiante) ¿Qué, papá? ¿Me desollarías? ¿A mí? ¿A tu ratita? ¿serías capaz? Tú, un hombre de tu cultura, tan sensato, tan comprensivo…

 

Mario: Basta, Elena.

 

Elena: ¡Basta!

 

Mario: Estas advertida.

 

Elena: ¡Estoy advertida!

 

Mario: En el momento que cruces esa puerta, dejarás de ser hija mía.

 

Elena: ¡Dejaré de ser hija tuya!

 

Mario: No cederé.

 

Elena: ¡No cederás! (Se miran fijamente hasta que rompen a reír) Que buen patín, chavo.

 

Mario: (Engreído) ¡Hombre! Como que lo acabo de aceitar.

 

Elena: ¿De verás?

 

Mario: Te lo demuestro.

 

Elena: ¡Ya vas! (Se dispone a disfrutar la demostración. Mario elige una hoja de periódico, la extiende sobre el piso, apoya un pie sobre ella y se lanza a patinar por todo el departamento).

 

Mario: ¿cómo te quedó el ojo, chava? ¿A poco no es el gran aliviane?

 

Elena: Es un ondón, mi vida; con ese patín hasta se podría volar.

 

Mario: ¡Se vuela!

 

Elena: Me vas a dar chance de dar una vuelta, ¿verdad?

 

Mario: Me lo rompes.

 

Elena: No te lo rompo, gordo.

 

Mario: Si me lo rompes, gorda.

 

Elena: Nada mas una vuelta: Chiquita…

 

Mario: ni chiquita ni grande. Es mi patín.

 

Elena: Alrededor de la mesa… ¿si?

 

Mario: No.

 

Elena: ¿qué te cuesta, caramba? No seas egoísta.

 

Mario: ¡Me lo rompes te digo!

 

Elena: ¡Que no te lo rompo! Tampoco soy tan pendeja. (Mario se da su tiempo para pensarlo con calma).

 

Mario: (Al fin) Está bien; te lo voy a prestar nada mas para que no digas que soy egoísta, pero si te encajas, me cae que te lo quito y no te lo vuelvo a prestar en mi vida. ¿De acuerdo?…

 

Elena: Órale pues, llégale.

(Le pasa el periódico. Elena, entusiasmada, se dispone a repetir la hazaña de Mario; extiende la pagina, apoya el pie y se impulsa, al tiempo que el malintencionadamente, le mete un pie entre las piernas. Elena cae aparatosamente).

 

Elena: (Arrojándole furiosa el patín en la cara) ¡Ten tu cochinada!

 

Mario: (Mustio) ¿Qué pasó, mi vida? ¿Pues no que muy salsa?

 

Elena: Tienes el sentido del humor mas nefasto que he conocido. (Mario, olvidándose de ella, examina con celo su patín).

 

Mario: ¡Carajo! Le jodiste todito el manubrio. Ya ni la friegas.

 

Elena: Sí, ¿verdad? Tú nada mas tu patín y al niño que se lo lleve patas de cabra.

 

Mario: ¡Que niño ni que niño muerto! ¡Ahora me lo pagas! (Súbitamente, toma conciencia, sobrecogiéndose de angustia) ¡El niño, mi vida! ¡Que bruto! Te lo juro que ni por aquí me pasó. Perdoname… Perdoname, mi amor. ¡Que salvaje marido tienes!

 

Elena: Me duele…

 

Mario: (Apurado) ¿Dónde, mi vida? ¿En tu nalguita? (Se soba).

 

Elena: ¡Ay! Me duele, Mario. Me duele mucho…

 

Mario: Ya, ya, no exageres. Tampoco fue para tanto. Pinche trancacito.

 

Elena: Si, como tu no lo sentiste.

 

Mario: Pobrecita, caramba. Pobrecita… (Comienza a hacerle cosquillas).

 

Elena: No, Mario. Cosquillas no. ¡Cosquillas no! (Mario se ensaña, enfrascándose en un combate que los deja a los dos exhaustos).

 

Mario: Vamos a ganar, ¿sabes?

 

Elena: ¿Romperán la huelga?

 

Mario: No nos van a comer el mandado los pinches gorilas. (Imitando grotescamente a un mono antropomorfo, membrudo y fiero, se pasea amenazante).

 

Elena: (Abordándolo micrófono en mano) ¿Qué sabía del comunismo el Pithecanthropus erectus?

 

Mario: ¡Yag-yag!

 

Elena: ¿Y el Homo soloensis?

 

Mario: ¡Yaag!

 

Elena: ¿Y el Homo heidelbergensis?

 

Mario: ¡Yaag!

 

Elena: ¿Y el Homo rhodesiensis?

 

Mario: ¡Yaag!

 

Elena: ¿Y el Neanderthalensis?

 

Mario: (Profundo) ¡Yaag!

(Extiende sus cabernarios miembros paternalmente hacia su amado y sufrido pueblo).

 

Elena: (Reseñando) En estos momentos cruza el Salón de los Cristales Biselados, donde se han dado cita los representantes de los distintos sectores. Su paso es firme y decidido. Toma su lugar en el balcón. (Mario salta sobre la mesa) Abajo, la multitud enardecida aguarda, enchida de patriotismo, el momento del histórico grito. (De la garganta del gorila brota un estremecedor alarido) ¿Y el Homo sapiens?

 

Mario: El Homo sapiens se diferencia del gorila, ¿tu sabes en que? (Elena sacude negativamente la cabeza) en que este, es decir, el adorable changuito, te tiende la mano y en el momento en que tú, pobre pendeja, vas a estrechársela, ¡zas!, te la retira y te mete un balazo entre ceja y ceja. (Se baja) Bueno, que, ¿Le damos callo?

 

Elena: ¿Al gorila?

 

Mario: No, hija. A lo que quedó de la motorola run-rún.

(Saca la bacha de la cajita de cerillos y la enciende).

 

Elena: No te azotes.

 

Mario: No me azoto. (Le ofrece).

 

Elena: Yo poquito.

 

Mario: Sí, mi amor, porque es bendita. (Fuman)

 

Elena: Oye, ¿Y una como pobre pendeja, que hace cuando la balean?

 

Mario: (Conteniendo el humo) No sé. Eso pregúntaselo a tu padre. (Se termina la bacha) ¿Les dijiste que estás embarazada?

 

Elena: ¿A quien?

 

Mario: ¿De verdad crees que esa beca sea nuestra oportunidad?

 

Elena: ¿Tienes algo mejor que proponer? (Mario calla) ¿Qué pasa, mi vida? ¿Sigues elucubrando pretextos?

 

Mario: Simplemente pongo a prueba tu sentido de la realidad.

 

Elena: ¿Y me lo dices con un toque en la boca?

(Silencio. Se miran significativamente).

 

Mario: ¿Sabes? Cuando aprendas a ser amante las veinticuatro horas del día no habrá vieja que se ponga enfrente. ¿Comprendes? (Elena no se deja envolver) Lo que es más. Me gustas. Me gustan tus muslos, tus caderas, tus senos de niña, el manso palpitar de tu sexo, tu fingida inocencia, tu boca, tu lengua, el agridulce sabor de tu piel, tu odio, tus anhelos, tu tristeza, tus silencios… No cabe duda que soy un hombre con suerte.

(Al suspirar, lo hace de tal suerte que sufre un ataque de tos. Elena lo auxilia cariñosa y lo ayuda a sentarse).

 

Elena: Abuelito. Cuéntame un cuento, ¿si abuelito?

 

Mario: (Agobiado) Ahora no, hijita.

 

Elena: El del gorila de los huevos de oro, ¿si?

 

Mario: Estoy reventado, hijita. Te lo cuento otro día.

 

Elena: Ahorita, abuelito. Ándale, sé bueno.

 

Mario: ¿Por qué no se lo pides a tu abuela? Ella te lo contará mucho mejor que yo.

 

Elena: Pero es que yo quiero que tu me lo cuentes.

 

Mario: Ve con tu abuela (Elena se niega)  Elena…

 

Elena: Dime, entonces, que significa conciencia política, abuelito?

 

Mario: ¡Niña!

 

Elena: Conciencia política, abuelito. ¿Qué significa?

 

Mario: (Olvidándose del juego) Digamos que significa saberse libre.

 

Elena: Alguna vez pensó usted irse de guerrillero, ¿no es cierto?

 

Mario: ¿Te habrías ido tu conmigo?

 

Elena: ¿Para saberme libre?

 

Mario: Para estar a mi lado.

 

Elena: ¿Y que habría echo yo a su lado?

 

Mario: Dominar el miedo, camarada. Usted dominaría el mío y yo me encargaría de dominar el suyo.

 

Elena: Y ¿Una vez dominados su miedo y el mío?

 

Mario: Nos haríamos el amor.

 

Elena: ¿Para que?

 

Mario: Para ser inmortales. ¿ O no le gustaría ser inmortal, camarada Elena?

 

Elena: N sé…

 

Mario: Atractiva la posibilidad, ¿no le parece?

 

Elena: ¿Y el niño? (El semblante de Mario se ensombrece) ¿Qué pasa, mi vida? No pareces muy convencido.

 

Mario: Es este pinche departamento. Ya no lo soporto.

 

Elena: Yo, en cambio, lo encuentro muy agradable.

 

Mario: Estás loca.

 

Elena: Y sobre todo económico.

 

Mario: Es húmedo, y en invierno hace un frío del puritito carajo. (Tirita)

 

Elena: En la cama, no.

 

Mario: ¡En la cama! ¡En la cama! ¡En la cama! ¡Tú todo lo solucionas en la dichosa cama; maldita obsesión! El día menos pensado se nos viene el techo abajo y nosotros revolcándonos en la ilustrísima cama. Muy edificante. Nada más échale un ojo a la grieta.

 

Elena: Bueno, ¿y que querías? El edificio, materialmente se está cayendo de viejo.

 

Mario: Podrías buscar algo mas decente.

 

Elena: ¿Por este precio? Nada más échale tú un ojo a las rentas.

 

Mario: Esta bien, esta bien. De acuerdo. Peores cosas tiene uno que soportar. (Se mete en la cama, cubriéndose con las cobijas hasta el cuello) Dame algo de comer, ¿no?

 

Elena: No.

 

Mario: Tengo hambre.

 

Elena: Yo no.

 

Mario: Por eso estas tan flaca

 

Elena: Flaca, pero sabrosa.

 

Mario: No te adornes.

 

Elena: Te corroe la envidia, chiquito.

 

Mario: Me corroe la solitaria, que es distinto.

 

Elena: ¿Qué se te antoja?

 

Mario: Unos camaroncitos al mojo de ajo no estarían nada mal. O ya, en su defecto, unos corazones de alcachofa a la Roquefort. Lo que prefieras. Todo, cualquier cosa, lo que sea… ¡Menos sandwiches!

 

Elena: Galletas.

 

Mario: (Decepcionado) ¿Galletas?

 

Elena: Con miel.

 

Mario: Y un vasote de leche.

 

Elena: Será vasito, hijo, porque lo que es vasote… (Entra en la cocina a prepararlas) ¿Viste que el Guadalajara goleó al América?

 

Mario: Si, carajo. ¡Piche América! Ahí me hubiera ganado una buena lux.

 

Elena: ¿Todavía crees que califique?

 

Mario: Tiene que. Le quedan cuatro partidos. Con esos ocho puntos, ya la hicimos.

 

Elena: Como no. Yo también tengo una tía que toca la guitarra con guantes de box.

 

Mario: ¿Cuánto a puestas a que nos coronamos campeones?

 

Elena: ¿cuánto?

 

Mario: veinte  pesos.

 

Elena: Que sean veinticinco… pero favores. (Le lleva las galletas bañadas en miel y el vaso de leche) A ver, mi rey. (Deja el vaso a un lado de la cama y le levanta la cabeza para apoyársela sobre el regazo y poderle dar ella misma en la boca) Tome su galletita, mi niño. (Le introduce una galleta completa, chorreandolo de miel).

 

Mario: Abusada.

 

Elena: Y ahora un sorbito de leche. (El líquido se le derrama por las comisuras. Va a incorporarse, pero ella lo sujeta, metiendole en la boca otra galleta) Y otra galletita… (Mario sufre).

 

Mario: ¡Se está chorreando!

 

Elena: Pues abra bien la boca. (Antes de que alcance a tragar, le empuja otra galleta) Mastíquela bien, no se le vaya a atorar. (Mario mastica agobiado, mirando la siguiente galleta, que ya le tiene preparada) Eso es, muy bien. ¿Está sabroso?

 

Mario: (Intentando tragar) Rico.

 

Elena: Otro traguito de leche. (Le empina el vaso. Esta vez, Mario logra incorporarse y coger el vaso con sus propias manos) No lo vayas a tirar.

 

Mario: Tú debías tomarte por lo menos un vaso de leche. Te hará bien. (Le devuelve el vaso vacío y vuelve a recostarse sobre sus piernas, dejándose acariciar el rostro plácidamente. Cuando le mesa las patillas, protesta). Estas famosas patillas nunca crecerán bien.

 

Elena: Rasúratelas.

 

Mario: Mejor pásame las tijeras.

 

Elena: Usa el rastrillo.

 

Mario: ¿Qué te pasa? Necesito conectar una rasuradora eléctrica. Mi aterciopelado cutis de nalga de princesa no admite salvajadas.

 

Elena: (Quedándose de pronto, quieta) ¿Sabes, no nos haría ningún daño hacer el amor con mas frecuencia. Tendríamos menos broncas.

 

Mario: Ni madres. Yo andaría hecho un imbecil todo el día. Mente sana en cuerpo sano.

 

Elena: (Suspicaz) Tú traes algo entre manos.

 

Mario: es mi moral la que me pone trabas. En ese sentido soy el hombre mas reprimido del mundo.

 

Elena: O maricón. (Se aprieta suavemente contra él).

 

Mario: (Resistiéndose) Es pecado.

 

Elena: ¡Moral! (Mario, en un juego de estira y afloja, se da a desear. Sus cuerpos se restriegan sensualmente) No seas bobo. El amor no reconoce sexos ni es pecado que se lleva como la sangre. Ponerle trabas es ir contra natura.

 

Mario: Es una porquería.

 

Elena: Es inconmesurable, indescifrable,  lo verdaderamente único, total, definitivo. Y tu me deseas, me estas amando y no puedes negar que me hiciste tuya para llenar el vacío y que hicimos un hijo para renacer en él, un poco menos deformes.

 

Mario: no te atrevas a dejarme nunca, ¿me oyes? (La besa, pero enseguida se aparta) Ya, ya, no seas avorazada.

 

Elena: Creo que voy a darme un baño.

 

Mario: ¿A estas horas y con el frío que hace? Tu estas loca. (Elena entra en el baño y deja correr el agua mientras se desnuda). ¡Pescarás una pulmonía!

 

Elena: ¡Fulminante!

 

Mario: Púdrete pues.

(Elena se mete en la regadera y Mario se organiza para proyectar en una de las sabanas de la cama, extendida a manera de pantalla, el material filmado en formato súper 8 a lo largo del movimiento estudiantil, México 1968: asambleas, mítines, manifestaciones, represión policíaca, granaderíl y militar, toma de recintos escolares, persecuciones, detenciones, encarcelamientos).

 

Elena: (Desde la regadera) Todavía queda agua caliente, Mario. ¿No te quieres bañar? (Mario concentrado en la película no le presta atención) ¡Mario!

 

Mario: Voy. (Mira un momento mas y deja la película corriendo pare entrar al baño. Se desnuda y se mete con ella en la regadera. A través de la cortina, sus siluetas se distinguen perfectamente. Sus cuerpos se unen formando uno solo en el abrazo, que termina en acto de amor. Se separan. Elena, sale, se viste y, en tanto él se baña, pone un poco de orden en el departamento; se apaga el proyector y tiende la cama. Mario sale del agua, se seca y, enrollándose la toalla alrededor de la cintura, se mira las patillas al espejo y toma decidido el rastrillo, dispuesto a rasurárselas).

 

Mario: No, es inútil. No pienso rasurarme con una navaja oxidada.

 

Elena: Es inútil. No pienso rasurarme con una navajo oxidada.

 

Mario: Es muy peligroso.

 

Elena: Es muy peligroso.

 

Mario: Una cortadita y ¡Sopas!, pinches inyeccionzotas contra el tétanos.

 

Elena: Una cortadita y ¡Sopas!, pinches inyeccionzotas contra el tétanos.

 

Mario: ¿Para que guardas las navajas oxidadas?

 

Elena: ¿Para que guardas las navajas oxidadas? Son buenas para cortar papel. Son buenas para cortar papel.

 

Mario: Regálame otro vaso de leche.

 

Elena: Regálame otro vaso de leche.

 

Mario: Esto de fumar mota contigo resulta contraproducente.

 

Elena: Esto de fumar mota contigo resulta contraproducente.

 

Mario: Ya párale, ¿no?

 

Elena: Ya párale, ¿no?

(Mario le pesa desprevenida y, echándosela sobre las rodillas, le propina unos buenos azotes. Elena grita y patalea).

 

Mario: ¡Te me regresas derechito a casa de tus padres!

 

Elena: ¿Por qué?

 

Mario: Los necesitas. Te hacen falta.

 

Elena: (Desconcertada) ¿Falta, ellos? No, Mario, te equivocas. Están muertos. Eres tú el que me hace falta. Mi lugar está contigo; mi libertad te pertenece.

 

Mario: Pero si tu no eres libre, Elena.

 

Elena: Tú tampoco. Ya estoy harta de tus manipulaciones. Tu morboso interés por el movimiento, en realidad, no es mas que otro pretexto para alejarte de mí. Lo nuestro te enferma.

 

Mario: (Desafiante) Es posible.

 

Elena: (Elena no puede remediarlo y lo abofetea, arrepintiéndose automáticamente). Tienes razón. Será mejor que me vaya. (Se dispone a hacerlo).

 

Mario: (Interponiéndose en su camino) ¿Así descalza? (Elena se queda callada) Pinche Elena, eres un caso patético.

 

Elena: Si pudiera ser como tú.

 

Mario: No seas tonta.

 

Elena: ¿Podría, Mario?

 

Mario: ¿Para que? Solo tienes que ser tú misma.

 

Elena: ¿Me amas?

 

Mario: Tú me amas.

 

Elena: ¿Cuál es, entonces, el problema?

 

Mario: Tú.

 

Elena: ¿Yo?

 

Mario: Y yo.

 

Elena: ¿Tú?

 

Mario: ambos.

 

Elena: Dame una oportunidad.

 

Mario: ¿Me la has dado tú a mí, Elena?

 

Elena: Te lo he dado todo.

 

Mario: Y yo voy a darte algo más todavía. Voy a darte la oportunidad de vencerme.

 

Elena: (Sin comprender) ¿De vencerte?

 

Mario: Yo también tengo cadenas que romper.

 

Elena: (Gritando) ¡Compañeros: el momento de la liberación ha llegado! ¡Ningún crimen quedará impune! ¡Muerte al opresor! ¡Muerte al fascismo! ¡Abajo la dictadura!

 

Mario: ¡Cállate!

 

Elena: ¡Despierta, pueblo; la calle es tuya!

 

Mario: (Sacudiéndola) ¡Que te calles, te digo! ¡No sabes lo que dices!

 

Elena: ¡Abajo el imperialismo! ¡Viva la libertad! ¡Viva la libertad!

 

Mario: ¡Ya, Elena, ya! ¡Basta! ¡Todo lo ensucias con tu podrida ideología!

 

Elena: ¡Te odio!

 

Mario: No te conozco.

 

Elena: ¡Déjame! (Se zafa de un tirón y arrojándose sobre la cama, huye en potente lancha con motor fuera de borda).

 

Mario: ¡No huyas, cobarde!

 

Elena: ¡Nos vemos en Cuba!

 

Mario: ¡Será en Miami!

 

Elena: ¡O en Inglaterra!.

 

Mario: ¡Está  cabrón cruzar el Atlántico en esa pinche lancha!

 

Elena: ¡Mas cabrón está volar con tu pinche patín! (La potente lacha roza apenas la superficie del agua) ¡Plaf! ¡Plaf, plaf, plaf! ¡Plaf, plaf!

(Mario dispone su patín y se lanza tras ella; da varias vueltas a su alrededor; tira del dispositivo y la bomba estalla haciendola saltar fuera de la lancha).

 

Mario: (Macabro) Y esto ha sido tan solo una advertencia. ¡Grrrau!

 

Elena: Lo siento, oficial; lo siento de veras. Tiene usted toda la razón.

 

Mario: ¡Grr…! ¡Grrrau! ¡Grrrau!

 

Elena: Yo entiendo, pero es que… ¿Sabe? Como salí tan de prisa de casa, no la traigo.

 

Mario: (Feroz) ¡Grrrau! ¡Grrr! ¡Grrrar! (Se dispone a levantarle la infracción).

 

Elena: No se precipite, oficial. Usted dígame en que forma podemos arreglarnos. Yo… Yo estoy dispuesta a cooperar; es decir, usted entiende…

 

Mario: (Manso) Grrrauf… (Guarda la libreta de infracciones; se asegura de que nadie lo observa, abre la portezuela y entra en el auto, abordándola sin preámbulos).

 

Elena: (Quedándose de pronto muy quieta) Mario.

 

Mario: Mmm… (Interrumpe el faje para mirarla a los ojos). Estoy esperando, Elena.

 

Elena: ¿Qué pasará si te detienen?

 

Mario: (Separándose) ¿Y si te detienen a ti? (Por un momento, quedan callados, sin mirarse ni tocarse. Elena se levanta, toma un fajo de propaganda y comienza a repartirla entre el auditorio. Mario se envuelve el puño derecho con un trapo blanco y, ocultándose, la espera para arrojarse sobre ella, arrastrarla hasta un rincón y ahí dejarla inconsciente después de golpearla con violencia).

 

Elena: (De pronto; señalando hacía las alturas) ¡Mira, una luz de bengala verde!

 

Mario: ¿Dónde?

 

Elena: (Emocionada) ¡Otra!

 

Mario: ¡Y otra!… (Sus rostros se iluminan) ¡Carajo, parece una fiesta!

 

Elena: (Sombria) Pero era la señal de los gorilas.

 

Mario: (Angustiado) ¡No corran! ¡Son balas de salva, no corran! (Elena acomete, descargando a mansalva ráfagas de ametralladora. El cuerpo de Mario se sacude por los impactos) No es posible… No puede ser cierto… ¡Deténganse! (Se arrastra. Elena sigue disparando) ¡Elena!… (La busca infructuosamente con los ojos) ¡Elena!

(Intenta incorporarse, pero una segunda descarga lo desploma. Al verlo tendido. Elena arroja aterrorizada el arma y corre hacía él, lanzando un despavorido grito).

 

Elena: ¡Mario! (Cae de rodillas a su lado; le toma suavemente la cabeza sobre su regazo, apretándose sin fuerzas) Mario… (Su voz se quiebra).

 

Mario: (En agonía) Hijos de la chingada.

 

Elena: (Desgarrada) Ya, mi vida, ya… Deja las palabrotas.

 

Mario: (En un último esfuerzo) Al-guíen tie-ne que lla…mar a las co-sas por… su… nom-bre. (Expira)

(Elena lo cubre con su cuerpo. La soledad la invade, experimentada en forma de infinito vacío).

 

 

OSCURO

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