Los 7 contra Teba es una obra de Esquilo. El argumento es del ciclo Tebano, antes de esta tragedia pasa lo siguiente: Layo, rey de Tebas, quiere tener un hijo, pero el oráculo le dice que si lo tiene será la ruina de la ciudad. Layo ignora la profecía y nace Edipo. Layo se arrepiente y abandona a Edipo, cuando este niño crece regresa a Tebas, mata a su padre, se casa con su madre y tiene 4 hijos con ella. Cuando Edipo se entera de lo que hizo se saca los ojos. Los hijos de Edipo encarcelan a su padre. Edipo muere en prisión y después sus hijos se pelean por el trono. Gana Eteocles, pierde Polinice quien se refugia en Argos y se casa con la hija del rey. El rey de Argos ayuda a Polinice a levantar un ejército para recuperar el trono de Tebas.
Los 7 contra Tebas inicia con una asamblea en la que el Rey exhorta al pueblo a defenderse pues hay un capitán del ejército contrario en cada una de las 7 puertas de la ciudad.
El coro, formado por doncellas de Tebas, canta los hechos y sus consecuencias.
Esta es una versión muy libre, una especie de resumen sin palabras complicadas para los estudiantes de secundaria o preparatoria que necesitan conocer el texto.
- 6 mujeres
- 4 hombres
- 30 minutos
LOS SIETE CONTRA TEBAS
Escenario plaza de Tebas.
Personajes:
- Eteocles, rey de Tebas
- Un mensajero
- Coro de doncellas
- Un Heraldo
- Ismenene, hermana de Eteocles
- Antígona, hermana de Eteocles
- Un correo
Eteocles.- ¡Ciudadanos! escuchen al que vigila la ciudad sin rendirse al sueño. Ha llegado la hora de que todos protejan nuestra ciudad asediada. Tebas lleva largo tiempo sitiada, el oráculo dice que esta noche los aqueos nos atacarán. ¡Defendamos Tebas con lanzas y escudos, sin miedo a los asediantes porque los dioses están a nuestro favor!. Por mi parte ya envié espías que nos darán un informe sobre los planes de nuestros atacantes.
Mensajero.- (apresurado) Eteocles, rey maravilloso, yo vi a 7 capitanes, cada uno entrará con su valeroso escuadrón por cada puerta de Tebas. Los guerreros son impetuosos y Tebas puede sucumbir. Ya sabes qué se prepara, guardián de este suelo, procura que logremos la victoria.
Eteocles.- ¡Zeus, Dios de esta tierra! no dejes que esta ciudad sea destruida. (Sale Eteocles, entra el coro formado por mujeres asustadas).
Espero que hayas disfrutado esta historia tanto como yo disfruté al escribirla, no puedo agradecerte lo suficiente tu apoyo. Ser un escritor sin lectores no tiene sentido.
Coro.- Alzo mi grito de dolor sin medida. El ejército viene hacia acá, es una oleada de guerreros que nos invade. Se acercan arrasando todo, están listos para atacar la ciudad ¿quién nos salvará? ¡Dioses de la ciudad! ¡Zeus, aparta este peligro! ¡Atena, salva tu ciudad! ¡Ay, ay de mí! escucho a los guerreros contra los muros ¿qué será de la ciudad? ¿hasta qué extremos la van a empujar?
Eteocles.– (entrando) a ustedes les pregunto ¿creen que con esos gritos y alaridos animarán a nuestro ejército? ahora mismo, con ese llanto y esos gritos estridentes han acabado con el valor de los que defendemos la ciudad. Están ayudando al enemigo así que quietas y no quiero más lamentos ¿me escucharon?
Coro.- Lo sentimos, escuchamos los ruidos de los guerreros y nos llenamos de pavor, por eso pedimos ayuda a los dioses.
Eteocles.- No te impido que invoques a los dioses, pero no infundas el miedo a los ciudadanos. Si llega a ustedes la noticia de muertos, nada de lamentos ni gritos.
Coro.- Se escucha el relinchar de los caballos, sollozando está la ciudad desde sus fundamentos.
Eteócles.- ¿Te vas a callar o no?
Coro.- ¡Dioses de esta ciudad, no permitan que nos conviertan en esclavas!
Eteócles.- ¡Oh Zeus, qué don nos diste al crear a la mujer!
Coro.– ¡Hemos perdido el ánimo!
Eteócles.– Si se los pido ¿me harían un favor?
Coro.- Dilo y lo haremos.
Eteócles.– ¡Callen! infelices, no infundan miedo a los que las defienden.
Coro.- Callo, con los demás me rindo a mi suerte.
Eteocles.- Bien, ahora voy a enviar a cada puerta seis valientes capitanes, a la otra iré yo mismo. (Sale)
Coro.- ¡Quiero obedecer tu mandato, pero el temor invade mi corazón! Las turbas enemigas están cercando nuestros muros. ¡Dioses, linaje de Zeus, salven la ciudad! Sería lamentable que los dioses consientan el triunfo de los aqueos, reducirán todo a gélidas cenizas, las doncellas serán atadas y arrastradas por los cabellos, la ciudad será asediada y destruida. Aquí llega un heraldo desde el campo de batalla y nos trae un mensaje.
Entra el Heraldo por un lado, Eteócles por el otro. Se encuentran.
Heraldo.- Cada jefe ha tomado su puerta por asalto. Tideo está gruñendo furioso ante la puerta Proitídica, ruge con ansias de combatir, su escudo tiene un emblema atrevido y orgulloso ¿quién lo va a enfrentar?
Eteócles.– ¿Estás asustado por la armadura de un guerrero? Melanipo, hijo de Astaco, irá a enfrentarlo, él no se asusta ni retrocede y defenderá a su tierra y a su madre contra las lanzas enemigas.
Heraldo.- ¿Y quién enfrentará a Capaneo? ni Zeus mismo podrá oponérsele, dice que los rayos y los relámpagos son para él como el sol a mediodía. Su lema es “quemaré la ciudad”
Eteócles.- Capaneo amenaza, se burla de los dioses, pero es un mortal infeliz, altanero y fanfarrón. Polifante se le enfrentará, es fuerte, decidido y de voluntad de piedra.
Heraldo.- Eteoclo está en la puerta Neista…
Eteócles.- Megareo lo enfrentará.
Coro.– Ruego que los dioses nos den la victoria!
Heraldo.- ¿Quién enfrentará al enorme Hipomedonte?
Eteócles.- Hiperbio, hijo valiente de Inopo.
Coro.- Confianza tenemos en él.
Heraldo.- Sea como dice, pero el quinto jura que hará estragos esta ciudad quiera o no Zeus. Partenopeo, se llama, viene con ojos enfurecidos de rabia.
Eteócles.– También hay alguien para él, Actor, él no dejará que franquee nuestras puertas.
Heraldo.– En la sexta puerta está el hábil y valeroso Anfiarao.
Eteócles.– El azote divino caerá sobre él de la mano de Lastenes.
Heraldo.– El séptimo es tu mismo hermano. Quiere escalar el muro, quiere ser proclamado rey de esta tierra, quiere medir sus fuerzas con las tuyas y arrojarte de esta ciudad como tú lo lanzaste al destierro. Eso viene gritando Polinice.
Eteócles.– Ciega progenie, linaje enloquecido, por los dioses odiado… ¡linaje de Edipo, mi propia progenie! contra Polinice iré yo, un rey contra otro rey, un hermano contra otro hermano, un enemigo contra otro enemigo.
Coro.– ¡Los hermanos que uno a otro se dan la muerte! ¡Es la más fea mancha que jamás envejece! no dejes que la ira enloquezca tu mente. No derrames una sangre que para ti es sagrada.
Eteócles.– ¡La maldición del destino comenzó con mi padre! ¡Venganza, primero: muerte, después!Si morir es mi destino ¿para qué estoy demorando su cumplimiento?
Coro.– Hoy te empuja, es verdad, hoy eres furia desatada.
Eteócles.– Y ¿quién la desató? las maldiciones de Edipo.
Coro.– No tomes ese camino, no vayas a la séptima puerta.
Eteócles.– No me conmoverán tus palabras.
Coro.- ¿Quieres recoger la sangre de tu propio hermano?
Eteócles.– ¡Inevitables son los infortunios que marcan los dioses!
Coro.- Me estremezco de espanto ante esta contienda donde los hijos de Edipo van a perderse uno a otro en la venganza. Cuando hayan muerto, uno a manos del otro, desgarrados, sangrientos, cuando el polvo del suelo haya bebido su sangre negra y oliente a crimen ¿habrá alguien que ofrezca ritos purificatorios para expiarla? ¡Nuevas desdichas llegarán a aumentar los infortunios de otros tiempos! Tres veces le dijo la vidente a Layo “muere sin hijos si quieres conservar tu ciudad”. Pero Layo ignoró al oráculo, engendró su propia muerte y dejó para nosotras una estela de infortunios. ¡Ay de la ciudad va a perecer al par que sus reyes!
Heraldo.- Tengan confianza, la ciudad queda libre ¡pero sus reyes, ay, sus reyes! ¡y eran hermanos!
Coro.- ¡Ay! ya lo adivino…
Heraldo.- La tierra bebió ansiosa la sangre de los dos. Ellos se dieron muerte, la ciudad ha ganado, pero esos dos hermanos…
(entran con los cuerpos de Eteócles y Polinice)
Coro.– Lancemos a los vientos nuestras lamentaciones, allá viene Ismenene con Antígona, doloridas, sin consuelo, a cumplir el oficio de llorar a sus hermanos. De sus almas saldrá el lamento de un consolable dolor, su canto será el preludio del nuestro. Un gemido doloroso invade la ciudad. Las murallas mismas se estremecen. El suelo lamenta la suerte de los que amó. Ahí están sus cadáveres hechos trizas ¿qué les espera ahora? Tal es el fruto de la paterna maldición ¡se acaba la progenie como un río que se pierde!
Entran Antígona e Ismenene
Antígona.– ¡Te hirieron, pero heriste!
Ismenene.- ¡Tú, a morir, mataste!
Antígona.– Mató tu lanza
Ismenene.– Por lanza pereciste.
Antígona.– Desdichas procuraste
Ismenene.– Desdichas recibiste.
Antígona.– Yaces tendido.
Ismenene.– Has matado.
Antígona.– ¡Ay de mí!
Ismenene.– ¡Ay de mí!
Antígona.- ¡Oh, tú, digno de muchas lágrimas!
Ismenene.- ¡Y tú, totalmente infortunado!
Antígona.– ¡A mano de un hermano has perecido!
Ismenene.- ¡Y a un hermano has matado!
Antígona.– ¡Doble desgracia de decir!
Ismenene.– ¡Doble desgracia de contemplar!
Antígona.– Doble mal que está cerca de nosotros
Ismenene.– Desdicha de dos hermanos junto a dos hermanas.
Antígona.- ¡Todo se perdió!
Ismenene.– ¡Infortunado hecho!
Antígona.- ¡Doble mal, a todos lamentos!
Ismenene.- ¡Doble dolor, a todos preñado de infortunio!
Antígona.- ¿Dónde ponerlos bajo tierra?
Ismenene.- En el lugar más digno.
Las dos.- Su desgracia irá a compartir la misma tierra que a su padre cubre.
Sale el cortejo funeral y queda el teatro en silencio.